Durante el primer tercio del siglo XVIII, la construcción del Palacio Real de Madrid marcaría un hito en la formación de la identidad nacional. A partir de este surgirían una serie de instituciones cuya intención no era otra que la creación del sentimiento nacional, español, mediante una imaginería clara y precisa.

La Academia de Bellas Artes de San Fernando (1752) fue el organismo clave en el desarrollo de la imagen de España, pues los artistas que allí se formaban tenían la obligación de realizar obras cuya temática fuese acorde a las directrices marcadas por la institución. De este modo, la temática religiosa, que siempre había ocupado un lugar primordial en el arte español, pasó a un segundo plano, y fueron los acontecimientos relacionados con las grandes gestas del pasado los que coparon la producción artística. La Historia se convertirá en el motor de la educación relegando al universalismo religioso y exaltando la particularidad española. Ya no es interesante la vida de Cristo, sino el glorioso pasado español.

Palacio Real de Madrid | Patrick Guenette
Palacio Real de Madrid | Patrick Guenette

Pero no fue la Academia la única encargada de encauzar a los artistas, sino también las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Estos concursos, celebrados entre 1856 y 1968, fueron una forma de premiar la excelencia y calidad de los artistas otorgándoles prestigio y beneficios económicos, ya que los realizados en la Academia no les reportaban más que experiencia, y así lo señalaba Eugenio de la Cámara (secretario general de la Academia de 1855 a 1888):

«Desde hace muchos años, se celebraban ya en las salas de esta corporación Exposiciones periódicas de obras de pintura, escultura y arquitectura; pero es fuerza confesar que, celebradas con aquellas condiciones, podían ser de poquísima utilidad para los progresos de las artes, y no tenían otro efecto sensible que el débil estímulo de la comparación, y el que pudiera producir la publicidad en la reputación de los artistas (…)»

Y, en efecto, todas las obras premiadas con medallas de primera clase (rango más alto) fueron aquellas que cumplían los requisitos exigidos por los Borbones. Pinturas como Cristóbal Colón en el convento de la Rábida, de Eduardo Cano; Últimos momentos del príncipe don Carlos, de Antonio Gisbert; Educación del príncipe don Juan, de Salvador Martínez Cubells; Doña Isabel la Católica dictando su testamento, de Eduardo Rosales, o La rendición de Bailén de José Casado del Alisal, fueron algunas de las que recibieron la más alta condecoración por contribuir al conocimiento de la Historia de España.

Doña Isabel la Católica dictando su testamento | Eduardo Rosales, Museo del Prado
Doña Isabel la Católica dictando su testamento | Eduardo Rosales, Museo del Prado

No obstante, la imagen del país tenía que ser exportada, y estos mismos artistas que un día participaron en estos concursos acudieron al gran acontecimiento del siglo XIX: la Exposición Universal. Aunque estas habían comenzado a celebrarse en torno a 1798, la de París de 1889 — con motivo del aniversario de la Revolución — estaría destinada a marcar un precedente y tendría especial relevancia. Como señala Manuel Viera de Miguel:

«Y es que, entonces como ahora, estaba en juego la construcción oficial de una identidad propia. Sólo participando se forma parte del orden internacional y la imagen proyectada se convierte en cuestión de capital importancia, tanto desde un punto de vista político o económico, a la hora de consolidar hegemonías y relaciones de dependencia, como cultural y turístico»

Con anterioridad, las Exposiciones Universales habían tenido un carácter puramente comercial, muy orientadas al conocimiento de los avances tecnológicos en materia productiva. Ahora serían el vehículo para la interculturalidad, y fue aquí donde los estereotipos españoles vieron la luz para todo el mundo.

Si la pintura se iba a encargar de resaltar acontecimientos clave de la historia del país, la arquitectura haría lo propio. El pabellón de Arturo Mélida tenía que mostrar visualmente la estética típica de los edificios españoles — del pasado —, y para ello se decantó por el uso del plateresco con componentes del gótico isabelino, además de añadir franjas de ladrillo rojas y amarillas.

Pabellón español de productos alimenticios | Daniel Canogar, Pabellones españoles en las Exposiciones Universales
Pabellón español de productos alimenticios | Daniel Canogar, Pabellones españoles en las Exposiciones Universales

En su interior, como apunta Daniel Canogar, «un conjunto de monumentos toledanos», por haber aglutinado las tres grandes culturas de época moderna (cristianismo, judaísmo e islam), completaron la construcción. No obstante, esto generó en las mentes de los visitantes una idea errónea: España formaba parte de Oriente.

Por su parte, la pintura llevada a París otorgó una imagen del país demasiado oscura. Bajo la sombra de la Torre Eiffel, que suponía el eje de la modernidad, España mostró una retahíla de obras sangrientas, llenas de elementos rebosantes de castidad, catolicismo y personajes patrios. Grandes pinturas como La conversión del Duque de Gandía, La expulsión de los Judíos, La campana de Huesca o el Fusilamiento de Torrijos llevaron a los críticos franceses a denominar la sala en la que se exponían como «la del suplicio», y Emilia Pardo Bazán, como corresponsal en la feria, cargó contra los franceses de este modo:

«No comprendo tan crasa ignorancia respecto de una nación que se tiene inmediata, y que las más elementales nociones de la prudencia y del sentido común aconsejan conocer á fondo, hasta par a cometer la injusticia de abrumarla con sistemático desprecio. (…) No puedo fiarme de cuanto escriben los franceses (…)»

España se había empeñado en mostrar la tríada patria: fanatismo religioso, imperialismo y autoridad monárquica.

La campana de Huesca o La leyenda del Rey Monje | Casado del Alisal, Museo del Prado
La campana de Huesca o La leyenda del Rey Monje | Casado del Alisal, Museo del Prado

En el ámbito puramente cultural París se tiñó de rojigualda. Casi como si de un freak circus se tratase, grupos de gitanos fueron expuestos ante la mirada de millones de personas. Las guitarras, el baile, los vestidos de volantes y las voces desgarradas llenaron los ojos y oídos de los allí presentes; las piezas del repertorio folclórico inundaron París. ¡Hasta corridas de toros! Llegaron a construirse hasta cuatro plazas de toros en las que se simulaba la muerte del animal.

Para los visitantes (algo más de 28 millones) España estaba de moda. ¿Pero cuál había sido la imagen que el país les había otorgado? Una parodia de la rica cultura del mismo al servicio del incipiente capitalismo español, y los restos del cadáver de un imperio inexistente plagado de súbditos rebeldes, ultras religiosos y nombres que un día fueron alguien.

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