Según Camus, el mundo carece de sentido: ni está encaminado a un fin, ni responde a destino manifiesto alguno. El mundo, la vida, no es por ello absurdo, como muchos creen. Es la confrontación entre la perpetua búsqueda de significado del hombre y la indiferencia del universo lo que convierte a este último en algo absurdo, es decir, en algo arbitrario, en algo que violenta la razón.

Pero ¿qué razón contradice la falta de sentido de la vida? Aquella que susurra al ser humano que sus desvelos responden a la consecución de un fin y que los límites de su libertad son el reflejo de un orden moral objetivo. El hombre confía en las promesas de esta razón susurrante. Ella ha sido su maestra, lo ha educado, y ha dado forma a una sociedad de sujetos amamantados por idénticas lecciones. Así, el hombre arranca a caminar cual lechera ensimismada, convencido de que la experiencia ratificará sus convicciones. De hecho, no siente la necesidad de confirmarlas, pues no le han enseñado a dudar de ellas. Pero la duda es innata en el ser humano, para surgir solo precisa un detonante, y la vida, tarde o temprano, se lo proporciona. Llega el día en que el hombre descubre que no existe un orden objetivo que insufle sentido a la vida, y que la moral es un vacuo nudo de palabras, palabras, palabras.

¿Qué puede hacer el hombre cuando el cántaro de sus fantasías se rompe? En esta tesitura se encuentra Calígula al comienzo de la obra homónima de Albert Camus. Tras la muerte de Drusila, su hermana y amante, que no amante hermana, Cayo César descubre lo inútil del amor y del esfuerzo humano en un mundo cuya única certeza es la muerte. Incluso él, primer ciudadano del Imperio, con todo su poder y su autoridad, es incapaz de alterar el curso de la vida. Todo es en vano. Comprende que cualquier propósito es estéril y toda lógica, absurda. La existencia le abruma, como confiesa con la metáfora de esa luna que adora y ansía, pero que jamás poseerá.

¿Qué hacer? ¿Cómo seguir viviendo si todo carece de sentido? Camus, en su obra, ofrece tres alternativas, que son encarnadas por los personajes de Quereas, Calígula y Escipión. Todas ellas beben de lo que el autor francés había planteado dos años antes en uno de sus ensayos más conocidos: El mito de Sísifo.

La primera alternativa es el suicidio filosófico. Es el camino de Quereas, prefecto del pretorio y, a la postre, asesino de Calígula. Como el emperador, Quereas ha cobrado conciencia de la futilidad de la vida, pero es incapaz de asumirla sin caer en la desesperación. Le da, pues, la espalda a esa verdad desagradable y se entrega al orden ficticio que finge seguir creyendo auténtico, al trampantojo de ideales cotidianos con que la muchedumbre embota sus sentidos. Quereas se suicida filosóficamente porque llevar la razón hasta las últimas consecuencias supone hacer de la vida un insoportable erial de sinsentidos. El suicidio filosófico es renunciar a la razón y abrazar el dogma para apaciguar el corazón.

De este modo, Quereas se dibuja como un Sísifo que llega a la cumbre y contempla horrorizado cómo el pedrusco que tan costosamente ha empujado ladera arriba se despeña y, de nuevo al pie de la colina, lo aboca a un eterno retorno al tormento. Sísifo no puede creer que su destino sea cargar con la roca por la roca misma, ha de confiar en que su castigo responda a algo superior, que al empujar la roca está actuando en pro de una finalidad. No le importa cuál; querría comprenderla, pero asume la ignorancia, que es el precio del consuelo de su alma.

Sísifo, pues, se dirá: «Confiaré en lo que sea con todo mi corazón, y no me apoyaré en mi propio entendimiento». Y hace bien. ¿Acaso no ha estado su entendimiento a punto de costarle el juicio? Empujará la piedra, y cada vez que corone la cima y vea marchitarse su empeño se repetirá: «No me apoyaré en mi propio entendimiento», y acabará creyendo que su percepción le engaña, que existe un sentido superior que la razón no percibe, y que debe desconfiar de esta última.

Como Sísifo, Quereas llena su vacío existencial con la creencia, con la renuncia al conocimiento. Así, cierra filas con la sociedad y camina al borde del abismo, sin preguntarse qué aguarda en su fosa más oscura.

Problema: Calígula contempla también el absurdo, pero, al contrario que Quereas, asiente a él. Se asoma al borde del abismo y escudriña las tinieblas. En ellas reconoce la Verdad. Frente a la Verdad —fútil fatalidad y fatal futilidad— sus creencias palidecen, se resquebrajan. Él lo acepta: renuncia a ellas y se zambulle en el abismo. Su caída conmueve a cuantos le rodean, también a Quereas, que se tambalea y teme caer junto al emperador, pues no puede ignorar el abismo mientras Calígula da testimonio de su existencia y de su inmensidad. Intenta seguir caminando sobre el borde, cual funambulista que hace caso omiso de un vendaval, pero sus pies tiemblan: el foso reclama su alma, le llama con la voz de Calígula. La pugna no puede prolongarse: o Quereas pierde la «cordura», o Calígula la recupera.images

La segunda opción de Camus es, por supuesto, la de Cayo César, la de Calígula: el nihilismo.

Si la vida carece de sentido, ¿por qué buscarlo? Si el mundo no está gobernado por un orden objetivo, anterior e inmutable, ¿por qué habría de estarlo la humanidad? Si no hay una moral verdadera, si ni el bien ni el mal existen, ¿por qué habría uno de restringir su libertad? No, es preciso tumbar todos los muros que aprisionan al ser humano. Nada importa; por tanto, nada limita.

Calígula, imbuido del inmenso poder de la púrpura, se entregará a la expansión de su voluntad hacia el infinito. Puesto que nada le está vedado, ha de desearlo todo; y ya que su poder y su libertad no conocen límites, desear y poseer han de ser una misma cosa. Y si no es el todo, será la nada. ¡Nada se interpondrá en su afán de infinitud! Pero «siempre se es libre a costa de alguien». Calígula no puede dar rienda suelta a su ambición sin afectar a sus súbditos, que, a causa de las excentricidades del soberano, ven amenazados sus valores y su forma de vida. Peor para ellos. El mundo ha de arder para que nuevos brotes florezcan. Calígula abrirá los ojos a la humanidad cual filósofo que vuelve a la caverna para liberar a sus hermanos de las sombras.

El Sísifo nihilista presencia la caída de su roca y renuncia a arrastrarla de nuevo. Rehúsa formar parte del ciclo de repetición y permanece inmóvil en la cumbre. Anima a los otros Sísifos a seguir su ejemplo. Les grita: «¡No confiéis en nada con un ápice siquiera de vuestro corazón! ¡No hay nada en que apoyarse, ni entendimiento ni ignorancia!».

Armado con esta sentencia, Calígula es espíritu puro arrojado a la naturaleza. Sin embargo, de la unión entre la naturaleza y el espíritu nace la duda, pecado que puede hacer del loco un hombre y del hombre, un loco. Así ocurre con Calígula. Como Sísifo, cae en la cuenta de que el sufrimiento no tiene sentido y de que no vale la pena someterse a las normas de la sociedad. ¿Por qué hacerlo si nada importa y, en el fondo, tales normas no son más que papel mojado y leyes arbitrarias? La vida se convierte, entonces, en el laboratorio de sus deseos. Decide consagrar sus días a la realización de sus pasiones, y hace bien.

El Sísifo nihilista se comporta de forma similar. Una vez comprueba que no consigue nada empujando la roca, que su conducta resulta indiferente, elige no sufrir: abandona su condena. Permanece en lo alto de la colina mientras observa cómo la roca que tan dificultosamente había arrastrado se despeña ladera abajo. Decide dejarlo estar, no fingir que puede alterar lo inalterable. Sigue siendo un esclavo, por supuesto: sigue atado a esa colina, pero, al contrario que el Sísifo que opta por el suicidio filosófico, no se engaña a sí mismo.

Problema: «Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo», todo lo que hace afecta a cuantos lo rodean y, como decíamos, «siempre se es libre a costa de alguien». Calígula lo es a costa de su pueblo, víctima perenne de sus extravagantes arrebatos. Él se justifica: pretende que sus arbitrariedades inspiren a sus súbditos y les conduzcan a aceptar el absurdo, tal y como ha hecho él. Quiere, o dice querer, liberarlos, pero la emancipación se anuncia traumática. ¿Aceptarán ellos la verdad fría y descorazonadora de Calígula? ¿La aceptará Quereas? No, claro que no. No aceptaron los prisioneros la esperanza luminosa del filósofo platónico, menos aún aceptarán las lecciones de un tirano que les promete una libertad de sangre y fuego. Bien porque ha nacido ciego, bien porque ya ha abrazado el suicidio filosófico, el hombre común, émulo de Quereas, no puede asumir sin más ni más el nihilismo. Este hombre, empero, no es un necio: hace bien, pues ¿acaso hay sinsentido mayor que una vida carente de sentido?

Este hombre empleará su razón atrofiada en conjuras que salvaguarden sus leyes. La sociedad no tolera a quien no es compatible con ella, ergo, Calígula debe morir: o su cabeza, o el caos.

¿No le ocurre lo mismo a Sísifo? Pensemos en él, quieto en la cima del mundo, sentado, ocioso, mientras sus iguales empujan sus rocas con la resignación de un Cristo camino del Calvario. La pasividad del Sísifo nihilista es una burla para quienes sufren. El Sísifo que se suicida filosóficamente ha de cruzarse con él cada vez que asciende y escuchar de sus labios: «Tu dolor es inútil». El Sísifo laborioso, al principio, tomará al nihilista por un bufón, pero el bufón pronto se convierte en un loco, y el loco siempre acaba siendo un peligro. Como tal, habrá de reformarse o será expulsado, eliminado, porque el Sísifo suicida no puede vivir mientras sus valores son permanentemente escarnecidos.

El desenlace de este conflicto no se hace esperar. Llega el día en que el Sísifo suicida no puede tolerar otra afrenta. Desesperado el corazón, furioso el semblante, aplastará al nihilista con su roca y esparcerá sus restos por la ladera de la montaña. Solo entonces podrá vivir en paz, ajeno a las mentiras que arbitran su vida.

Del mismo modo, Quereas y sus secuaces ejecutan a Calígula. Él, coherente hasta el final, no trata de impedirlo, y muere con una última duda caminando de puntillas por sus labios.

¡Qué panorama desolador! ¿No tiene el ser humano otro camino que la mentira o la desesperación? ¿Está destinado a cerrar los ojos al abismo o a precipitarse en él, a zozobrar sin rumbo hasta la única certeza, que es la muerte? No, para Camus hay una alternativa: la rebeldía.

«¿Qué es un hombre rebelde?», se pregunta, y concluye que «es un hombre que dice no; pero si niega, no renuncia». Escipión es el hombre rebelde del drama: niega el nihilismo, pero también la mentira, la creencia. Al igual que Quereas y Calígula, presencia el absurdo; pero, al contrario que ellos, se rebela contra él. Asume con gran dolor el sinsentido, pero no claudica ante él. No se deja vencer por el sentimiento trágico de la vida, como le ocurre a Calígula, ni le puede el temor, como a Quereas. Elige vivir, elige la justicia, aunque sabe que no existe un orden objetivo que la inspire. Elige el amor, aunque sea efímero. Elige la razón, aunque la oscuridad lo envuelva.

Al encarar el abismo, Escipión no lo evita. Tampoco se arroja al vacío. No es un nihilista, pero tampoco es el caballero de la fe del hermano Kierkegaard. ¿Qué puede hacer? Seguir caminando, vivir; sin esperanza, con convencimiento, pero vivir al fin y al cabo. Su caminar es el más difícil, es un caminar sobre la nada, sobre el abismo infinito, sin ignorarlo, pero sin doblegarse a su atracción. Comprende que tras el nihilismo aguarda la destrucción, por eso se rebela contra él. La vida carece de sentido, cierto, pero, aun así, la escoge. El mero hecho de vivir, señala Camus, es una decisión, es el primer paso de la rebelión. Escipión tratará de completar el vacío de la existencia con el sentido de sus decisiones. No le importa fracasar, aunque tema, pues no concibe otra forma de existir. Bergman, en El séptimo sello, grita al mundo por medio de Antonius Block que «Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada». Se equivoca: Escipión lo hace, Camus lo hizo, el hombre rebelde no tiene más remedio que hacerlo. Todos lo hacemos, lo admitamos o no.

El hombre rebelde es una voz que grita: «¡Confía en ti mismo con todo tu corazón, y apóyate en tu propio entendimiento!». Es la razón lo que le muestra el absurdo, pero también es la razón lo que le permite rebelarse contra él. El entendimiento le hace libre. Por eso se rebela también contra el suicidio filosófico, aunque sus mentiras ofrezcan consuelo. Un alma libre no tolera la mentira, debe lanzarse a la vida con el pecho descubierto. No puede refugiarse en la fe, o, al menos, no en una fe mentirosa, no en un crepúsculo de conceptos vacuos, no en el autocomplaciente trampantojo de los sueños.

El hombre rebelde, pues, parte de cero. No hay nada que lo proteja del vacío. Gracias a ello, es completamente libre. En su libertad, rechaza el nihilismo por el mero hecho de seguir vivo, pues el nihilismo, si es coherente, no respeta la vida propia más que la ajena, y recoge el peso de su destino de los altares de la fe. Construye su propia ética conforme a los dictados de su corazón palpitante y su mente despierta. Es un ser que se forja a sí mismo, una criatura que desafía al universo y se propone hacer un cielo del infierno en el que vive.

"Sísifo", de Franz von Stuck.
“Sísifo”, de Franz von Stuck.

¿Y Sísifo? ¿Cómo se rebela Sísifo? Por desgracia, no puede abandonar el inframundo: está condenado a permanecer en esa colina, toda rocas y ladera, al igual que la humanidad está condenada a vivir. ¿Qué opciones le quedan a su rebeldía? Recordemos lo que hacían los otros Sísifos. El Sísifo que elegía suicidarse filosóficamente sigue empujando la roca colina arriba, día tras día, imperturbable ante el fracaso y la repetición constante, con la esperanza de que sus pesares tengan un sentido que él no comprende,  de que su tormento no sea inútil. Este Sísifo continúa penando con el peñasco a cuestas, alimentado por la firme creencia de que llegará el día en que la roca se detenga sobre la cumbre y no vuelva a caer. El Sísifo nihilista, por su parte, yace muerto en algún lugar que nadie quiere recordar, víctima del rencor de sus hermanos, los suicidas filosóficos. Su muerte no es una tragedia para nadie, puesto que incluso a él mismo la vida le era indiferente. ¿Qué hace, entonces, el Sísifo rebelde? ¿Participará, quizás, en el complot contra el nihilista? Podría hacerlo, desde luego, pero ¿para qué? No tiene creencias, no se siente amenazado por el nihilismo descarnado del Sísifo asesinado; de hecho, puede decirse que su postura es más próxima al nihilismo que a la fe, aunque no coincida con ninguna de las dos. ¿Luchará, pues, contra los suicidas filosóficos? De nuevo, ¿para qué? Él ya ha superado el estadio creyente, el de la negación. Como mucho, sentirá compasión por aquellos que aún moran en las sombras. Podría intentar liberarlos, pero sabe que no serviría de nada. No es posible enseñar a un cautivo a liberarse de unas cadenas que no ve, al igual que no se puede describir la luz a un ciego o calmar el apetito de un hambriento con bellas palabras sobre viandas y manjares.

El Sísifo rebelde está solo, miserable y grandiosamente solo. El suyo es un aislamiento cósmico, terrible e insalvable. En su mundo solo existen el abismo, él mismo, y la eterna lucha que los enfrenta. Empuja, pues, su roca colina arriba, pero no con la esperanza de vencer a los dioses o al destino, ni por la promesa de una recompensa en el acaso de otra vida; sino porque él decide hacerlo. Si su vida ha de ser necesariamente esa colina y esa roca, él no puede menos que recoger el guante de la fatalidad y concluir, con una sonrisa burlona en los labios: «Sea. Parézcame a los que penan a mi lado, pero haga de esta roca mi destino. Si la vida es sufrir, haré del sufrimiento mi alegría, y del infierno, mi paraíso».

Y así seguirá, hasta que no pueda más, hasta que la muerte lo libere de su última prisión. Habrá quien diga que la convicción del Rebelde —su fortaleza le hace merecedor de la mayúscula— no deja de ser otra forma de suicidio filosófico. Tal vez no les falte razón, y la rebeldía sea tan solo otra manera de perder. Pero ¿qué importa? A menudo, la mera insurrección es la victoria.

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