«Il est difficile aujourd´hui d´évoquer la liberté de la presse […] ». Así comienza el artículo de Albert Camus que debía aparecer en el diario argelino Le Soir républicain el 25 de noviembre de 1939, tres meses después del inicio de la II Guerra Mundial. El texto, un manifiesto en favor de la libertad de prensa, fue censurado por las autoridades francesas y no sería publicado hasta 73 años después, tras ser descubierto en los Archivos de Ultramar de Aix en Provence.

Partiendo del manifiesto de Camus, el periodista, filósofo y escritor Albert Lladó propone ahora una nueva reflexión sobre el periodismo: En La mirada lúcida. El periodismo más allá de la opinión y la información (Anagrama, 2019) el autor reivindica un periodismo hecho por y para la mirada humana, un trabajo inherentemente creativo que se ha dejado llevar por la inercia mecánica que rige Google y las redes sociales, así como por la influencia de las fake news y el sensacionalismo del clickbait.

Albert Lladó | Foto cedida por el autor
Albert Lladó | Foto cedida por el autor

El periodismo no se enfrenta a la censura ni a la propaganda propia de los tiempos bélicos, pero los abusos de poder y las dificultades para acceder a una información al margen del dogmatismo y la narrativa oficial (la era de los plasmas y la comunicación corporativa, en medio de una obsesión por lo último, por la inmediatez), están tan presentes como entonces y sus consecuencias nos afectan a todos: “el mundo digital nos vuelve inflexibles, tozudos, sectarios, porque los algoritmos detectan nuestros prejuicios y los alimentan todo el tiempo”. ¿Cómo salir de esa burbuja y hacer frente a la distorsión de la realidad que nos ofrece el panorama actual?

Albert Lladó rehúsa caer en el catastrofismo: la tecnología no es el problema, sino la inercia. «Cada vez que nos sometemos a la inercia nos parecemos más a los robots, y si no queremos ser sustituidos por robots, lo mejor es no actuar como ellos». Cuando el redactor se convierte en técnico de SEO, cuando la portada del diario se decide conforme a la palabra más buscada en Google, cuando la actualidad viene marcada por el impacto de una publicación en redes sociales, cuando otorgamos credibilidad a una información en función del número de likes o de los seguidores de la página, cuando renuncia a la creación de contenido y se convierte en mero taquígrafo del relato que escriben otros, el periodismo pierde todo su valor.

Contra esta inercia, Lladó rescata los cuatro puntos cardinales del periodismo libre, planteados por Albert Camus ya en 1939: lucidez, desobediencia, ironía y obstinación. Se trata de una revisión actualizada de unos principios que, por otra parte, mantienen toda su vigencia.

La lucidez nace de la voluntad de mirar la realidad activamente, de leer entre líneas y recordar que la credibilidad del periodista se basa no en la objetividad sino en su honestidad, en un pacto con el lector que reclama veracidad por encima de todo. En este sentido, la amenaza de las fake news, responde no sólo a los intereses de partidos políticos y grandes corporaciones, sino a exageraciones, medias verdades o directamente mentiras que nosotros mismos compartimos o validamos muchas veces de manera inconsciente, especialmente en las redes sociales. Verificar las fuentes y desmontar los eslóganes, prejuicios y tópicos camuflados en la red debe ser uno de los objetivos del periodismo, y la lucidez su herramienta.

En este proceso, la desobediencia es parte fundamental: ¿ofrecemos a los lectores lo que realmente quieren consumir? Basta con echar un rápido vistazo a cualquier web de noticias: el último zasca, qué ha sido de los actores de aquella serie de televisión, el cambio físico de algún famoso, detalles sobre sucesos trágicos, apartados dedicados específicamente a contenidos virales o tendencias de moda en las redes sociales y, en general, morbo y suspense sin más trasfondo que captar la atención del usuario y arañar un puñado de visitas y likes.

¿Es esto lo que de verdad demandan los usuarios, o son los medios los que se han sometido a un sistema basado en el entretenimiento rápido y fácil que ya ofrecen las redes sociales?  El periodismo debe desobedecer y dudar del relato impuesto, prescindir del sensacionalismo del clickbait y proponer otros temas, creando y defendiendo una agenda propia. Para ello, recuperar el control de los tiempos y liberarse de la imposición de la actualidad es imprescindible. No se trata de ser el primero en dar una noticia (algo que puede hacer cualquiera, sea periodista o no), sino de saber contextualizarla, interpretarla y proporcionar al lector las herramientas para que pueda forjarse su propia opinión.

La ironía es el camino: «Gracias al mecanismo irónico, creamos distancia (nos alejamos de la forma directa de presentar los hechos), pero, al mismo tiempo, ganamos complicidad con la audiencia (el lector capta el guiño, y compartimos un código en común)». La ironía es también la mejor forma de escapar al lenguaje cerrado y unidireccional de la semántica web. Se trata de no adaptarse constantemente a las exigencias de los motores de búsqueda, que nos dictan qué palabras debemos utilizar atendiendo a un sistema robotizado, que no entiende de sarcasmos ni metáforas.

Al fin y al cabo, el algoritmo busca y encuentra, pero no interpreta: no es capaz de detectar lo que va más allá, de dar sentido a una frase o comprender significados más profundos, algo que es instintivamente humano. En el arte por ejemplo, ¿quién le explica al algoritmo que la emblemática obra de Magritte no es una pipa?

La traición de las imágenes (René Magritte, 1929)
La traición de las imágenes (René Magritte, 1929)

Finalmente, la obstinación sería la última consigna de Albert Camus para el ejercicio del periodismo libre. Para Albert Lladó, la obstinación es la mejor herramienta para no dejarse llevar por la inercia. El diario en papel trata de imitar la viralidad del digital mientras las redes sociales no paran de escupir enlaces y notificaciones pero, ¿hacia dónde nos lleva todo eso?

Incomprensiblemente, el periodista ha adoptado la inmediatez en lugar de la intermediación como forma de trabajo, proponiendo una información efímera, que se encierra en el postureo y no ve más allá del instante, que se diluye con la misma rapidez con la que nace.

Frente a la inercia, el periodismo debe aportar una experiencia cualitativa, no como producto de Wonderbox u Oferplan sino como catalizador de una perspectiva más amplia, que permita al lector acceder a historias que le ayuden a comprender los temas que lo afectan, como individuo y como comunidad. Historias que impactan, que agitan, que hacen reflexionar. Cuando faltan las palabras. Cuando sobran los motivos.

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