La ciencia ficción ha sido uno de los géneros más recurrentes en la historia del cine desde que Georges Mélliès estrellase su cohete en el ojo de la luna, creando así una de las imágenes más icónicas, no sólo de la ciencia ficción sino de la historia del cine. La ciencia ficción es la heredera de la literatura fantástica de autores como Julio Verne o H. G. Wells y se basa en los mismos postulados que este género literario, es decir mostrarnos una realidad alternativa o una visión futurista, ya sea de nuestro mundo como de otros planetas, todo ello apoyado en datos científicos. Sin embargo, este género cinematográfico ha sido glorificado y maltratado a partes iguales a lo largo de su existencia. Antes de entrar en materia, he de señalar que solo me voy a referir a la ciencia ficción producida en Hollywood, dejando de lado otras producciones no occidentales, como la japonesa o la rusa, donde tenemos grandes ejemplos y referentes de la ciencia ficción como Akira (Katsuhiro Otomo, 1988) o Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972).

Desde finales de los años sesenta hasta la primera mitad de los ochenta, la ciencia ficción vive su edad dorada. Durante esta época, un puñado de jóvenes directores y otros no tan jóvenes revolucionaron la escena creando películas que son, hoy en día, reconocidas obras maestras y referencias dentro del género y que permanecen en el imaginario colectivo de todos los amantes de la ciencia ficción. Cómo olvidar el discurso final del replicante en Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o el terror que provocaba aquel octavo pasajero de la nave Nostromo, o las naves espaciales danzando en el espacio al son de Richard Strauss en una de las obras maestras de Stanley Kubrick. Estos son sólo unos pocos ejemplos de cómo en este lapso de tiempo se cambió por completo la imagen del género. Quizás alguno se pregunta por qué no he mencionado la trilogía original de La Guerra de las Galaxias (1977, 1980, 1983), y es porque, aunque dicha trilogía sí se adscribe dentro de la ciencia ficción, considero que la obra de George Lucas ha pasado a ser un género en sí misma. Todo esto toma más importancia, si cabe, si se tienen en cuenta los escasos recursos con los que contaban los directores en esos años para crear todos esos mundos que sólo existían en sus cabezas.

Encuentros en la tercera fase
Llegada de la nave nodriza en Encuentros en la tercera fase| Columbia Pictures, EMI Films, Phillips Productions

Pero no todo puede durar siempre. Y así, durante la década de los noventa, los directores decidieron dar al traste con todo un legado y desaprovechar los recursos y la tecnología con la que contaban para hacer de la ciencia ficción un género mediocre en el que la línea entre la ciencia ficción y el género de acción era casi inexistente. El argumento era fácil y recurrente: una invasión alienígena o un asteroide que amenaza con destruir la Tierra y, recurriendo al orgullo patrio como herramienta y a hazañas heroicas de sus protagonistas, la humanidad conseguía salvarse milagrosamente, todo ello, cómo no, liderado por los estadounidenses, como sucede en Armageddon (Michael Bay, 1998)   o en Independence day (Roland Emmerich, 1996). También funcionaba al revés, de modo que era la Tierra la que invadía otros planetas para destruir una raza alienígena de insectos, como sucedía en Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997). Y por si todo ello no fuese suficiente, estos sádicos directores nos obligaron a ver como Christopher Lambert, en Fortaleza Infernal I y II (Stuart Gordon, 1992, y Geoff Murphy, 1999), escapaba, no sólo de una, sino de dos fortalezas infernales, una de ellas en el espacio, algo que ni el mismo Dalí hubiese imaginado en sus delirios surrealistas. En definitiva, lo que buscaban estas películas era enganchar al gran público y hacer la mayor caja posible con propuestas insustanciales carentes del mínimo rigor científico, porque ¿qué importaba el rigor científico o la profundidad del guion mientras los que ganáramos fuésemos nosotros? Pero, como en todo, hay excepciones que confirman la regla, y también encontramos a finales de los noventa y principios del nuevo milenio una serie de películas como la trilogía de Matrix de los hermanos Wachowski (1999, 2003), Minority Report (Steven Spielberg, 2002), Gattaca (Andrew Niccol, 1997) o El quinto elemento (Luc Besson, 1997) que se separan de la estética de sus contemporáneas y empiezan a abrir un nuevo camino.

Por suerte, en los últimos años el panorama de la ciencia ficción ha variado y se comienza a recuperar es espíritu de los años setenta y principios de los ochenta, con más densidad y ya descargada de la testosterona y adrenalina características de las películas predominantes de la década de los noventa.

Dos películas son claro ejemplo de este cambio. Por un lado, Interstellar, dirigida por el genial director Christopher Nolan en 2014. Esta película guarda muchas semejanzas con 2001: Una odisea en el espacio (1968), sobre todo en su estética. La película de Nolan no es sólo buena en el aspecto visual, lo que es fundamental en este tipo de largometrajes, sino que también la historia es original,  y está bien asentada en los aspectos científicos, de los cuales el guion no abusa demasiado para no abrumar a los espectadores que no tienen sólidos conocimientos de astrofísica, por no hablar de las interpretaciones que también son dignas de mención, cosa que hasta este momento no había primado en casi ninguna película del género, ni siquiera en las mejores. En definitiva, una película redonda.

Interstellar
Matthew McConaughey en Interstellar| Warner Bros, Syncopy, Paramount Pictures, Legendary Pictures, Lynda Obst Productions.

La otra película a la que quiero hacer mención es La llegada, dirigida por Dennis Villeneuve y que se estrenó a finales de 2016 y que, al igual que Interstellar, guarda relación con 2001, pero también con otra de las películas icónicas de la edad de oro de ciencia ficción, Encuentros en la tercera fase, de Steven Spielberg (1977). En ambas películas se aborda el reto de la comunicación a través de métodos distintos a la palabra con unos alienígenas que llegan a la tierra.  Mientras que en la cinta de Steven Spielberg se hace mediante la combinación de lenguaje musical y cromático, en La llegada se trata más de descifrar el lenguaje alienígena, un complejo método de comunicación formado por un abanico de símbolos, y de interpretar el sentido que estos seres dan a las palabras. Además, en ambas películas, sus protagonistas, interpretados por Richard Dreyfuss y Amy Adams, están relacionados con los extraños visitantes, lo cual añade un punto de intriga y tensión que hace que la historia cobre más fuerza.  La cinta de Villeneuve fue tan alabada por la crítica que, tras su éxito le encargaron hacer la segunda parte de Blade Runner, nada más y nada menos, cuyo estreno está previsto para este año. Y si bien no será, seguramente, igual que la película dirigida por Ridley Scott en 1982, se puede esperar que Villeneuve haga un gran trabajo,  vista su trayectoria como director, en la que destacan películas como Prisioneros (2013) o Sicario (2015).

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Amy Adams en La llegada| Paramount, FilmNation, Lava Bear Films, 21 Laps Entertainment.

Los dos largometrajes son más que dignos sucesores de las cintas de Kubrick y Spielberg, y son claros ejemplos de que la ciencia ficción ha cambiado totalmente y ha abandonado los pretextos argumentales de las películas de los años noventa para fijarse en los referentes clásicos. Sin embargo, no son los únicos ejemplos del nuevo rumbo que está tomando el género. Películas como Moon (Gary Shaw, 2007), Ex Machina (Alex Garland, 2015), The Martian (Ridley Scott, 2016), o reinterpretaciones de series míticas e icónicas de la ciencia ficción como Star Trek (Gene Roddenberry, 1966) en su nueva adaptación cinematográfica en forma de trilogía, Star Trek, Star Trek: en la oscuridad (J.J. Abrams, 2009, 2013) y Star Trek: Más allá (Justin Lin, 2016). En este caso se mantienen sus clásicos personajes, pero se le ha dado un nuevo enfoque argumental que ha supuesto la revitalización de la franquicia. Estas y otras referencias ponen de manifiesto que la ciencia ficción se está reinventando y que evoluciona hacia una nueva etapa.

Esta nueva fase no sólo se ha aprovechado de los avances tecnológicos en el diseño de efectos especiales para hacer que estas películas sean visualmente impresionantes, sino que, a la vez, se ha revolucionado la temática del género, centrándose cada vez más en argumentos cercanos a las preocupaciones y temas actuales. Las consecuencias de las acciones humanas en el cambio climático en un futuro no tan lejano forman la base sobre la que se desarrolla Interstellar; La llegada trata el miedo a lo desconocido, las distintas maneras de afrontarlo, además de la cooperación entre países para lograr objetivos comunes. Distrito 9 (2009) o Elysium (2013) de Neill Blomkamp, son también ejemplos de largometrajes en las que se abordan temas tan actuales como la inmigración y las desigualdades sociales, o los problemas tanto tecnológicos, morales y éticos que suponen los avances en inteligencia artificial y en materia de clonación que se tratan en Ex Machina y Moon respectivamente.

Todo esto me hace pensar que la ciencia ficción de hoy ha entrado en una nueva edad dorada que puede que supere a su predecesora, no sólo visualmente (a través de los efectos especiales y la ayuda de la tecnología), sino porque es una ciencia ficción más cercana y creíble, donde se cuidan todos los aspectos que afectan a la película desde el guion, pasando por el asesoramiento científico, hasta las interpretaciones de sus protagonistas. Por ello y como amante de este género, le deseo a esta nueva etapa larga vida y prosperidad.

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