Tal vez sea hora de rendirnos ante la evidencia de que lo verdaderamente auténtico es, con mucha frecuencia, clandestino. No dejaron huella en el ámbito cultural toledano, no dejaron marca de su paso en ningún periódico, no fueron sonados. Pero estuvieron allí: bebiendo de la magia nocturna de la ciudad amurallada, y alimentándola. Fundiéndose, irreversiblemente, con ella.

Hablamos del Toledo de los años 20. Y de un grupo nutrido de estudiantes, escritores, pintores y artistas diversos que conformarían La Orden de Toledo. La ciudad parece guardar en sus entrañas cientos de secretos, adormecidos bajo la pátina del tiempo. Se alojan en cada grieta de las piedras que velan sus calles. De noche parece, además, que quieren despertar. Toledo se yergue, y conserva, majestuoso, cierto halo de intemporalidad.

No es difícil comprender entonces que Luis Buñuel, al descubrirla, se sintiera prendado más que de la belleza turística de la ciudad, de su ambiente indefinible. Tanto fue así, que continuó visitándola a menudo con sus amigos de la Residencia de Estudiantes de Madrid. Fue él quien fundó La Orden, en 1923, bajo curiosas circunstancias que delatan el espíritu de osadía juvenil que sería el principal móvil de este particular grupo:

La decisión de fundar La Orden la tomé, como todos los fundadores, después de tener una visión.

Se encuentran por casualidad dos grupos de amigos y se van a beber por las tabernas de Toledo. Yo formo parte de uno de los grupos. Me paseo por el claustro gótico de la catedral, completamente borracho, cuando, de pronto, oigo cantar miles de pájaros y algo me dice que debo entrar inmediatamente en Los Carmelitas, no para hacerme fraile, sino para robar la caja del convento.

Me voy al convento, el portero me abre la puerta y viene un fraile. Le hablo de mi súbito y ferviente deseo de hacerme carmelita. Él, que sin duda ha notado el olor a vino, me acompaña a la puerta.

Al día siguiente tomé la decisión de fundar la Orden de Toledo.

Buñuel se nombró a sí mismo condestable de La Orden, y estableció la jerarquía en función de los merecimientos, actuaciones, y experiencias de cada uno de los miembros. Por debajo de Buñuel, se encontraba el secretario (Pepín Bello); luego estaban los fundadores, entre los que figuraba Federico García Lorca. Por debajo estaban los caballeros, destacando a Salvador Dalí y Rafael Alberti. Luego estaban los escuderos, los invitados de escudero, y los invitados de los invitados de escudero.

Para acceder al rango de caballero había que amar a Toledo sin reserva, emborracharse por lo menos durante toda una noche y vagar por las calles. Los que preferían acostarse temprano no podían optar más que al título de escudero. De los “invitados” y de los “invitados de los invitados” ya ni hablo.

Mi último suspiro, Luis Buñuel

 Los preceptos de la Orden estaban claros:

  • Cada uno debía aportar diez pesetas a la caja común, es decir, pagar al condestable -Buñuel- diez pesetas por alojamiento y comida.
  • Visitar Toledo con la mayor frecuencia posible y ponerse en disposición de vivir las más inolvidables experiencias.
  • No alojarse en hoteles o fondas de “buen talante”.
  • No lavarse durante la estancia en la Ciudad Santa.
  • Velar el sepulcro del Cardenal Tavera.
ordende toledo
Salvador Dalí, María Luisa González, Luis Buñuel, Juan Vicens, José María Hinojosa y José Moreno Villa en Toledo (Venta de Aires) en 1924.

Solían hospedarse en la «Posada de la Sangre» donde se creía que Cervantes situó La ilustre fregona. La posada tenía, en definitiva, una higiene cuestionable y, por supuesto, nada de agua corriente. Pero esto no tenía una gran importancia, ya que casaba a la perfección con la prohibición de lavarse durante la estancia. Comían en tascas, siendo su predilecta la Venta de Aires donde siempre pedían tortilla a caballo (con carne de cerdo), perdiz y vino blanco de Yepes. Tras comer era obligado una parada en la tumba del Cardenal Tavera:

Unos minutos de recogimiento delante de la estatua yacente del cardenal muerto, en alabastro, de mejillas pálidas y hundidas, captado por el escultor una o dos horas antes de que empezara la putrefacción.

Luego subían a la ciudad histórica para perderse en el laberinto de sus calles. Buñuel también escribió:

A menudo, en un estado rayano en el delirio, fomentado por el alcohol, besábamos el suelo, subíamos al campanario de la catedral y escuchábamos en plena noche los cantos de las monjas y los frailes a través de los muros del Convento de Santo Domingo. Nos paseábamos por las calles leyendo en alta voz poesías que resonaban en las paredes de la antigua capital de España, ciudad ibérica, romana, visigótica, judía y cristiana.

Moreno Villa (Jefe de invitado de escuderos) plasma a la perfección la esencia de La Orden:

No iban buscando en Toledo los detalles de los turistas, sino experiencias fuera de las guías. (…) Cenaban y bebían sin continencia y se lanzaban luego al laberinto de las callejuelas que desde luego estaban menos alumbradas que ellos. Hacían mofa de las cosas consagradas, pero besaban las piedras, porque habían sido pisadas por generaciones y razas entre las cuales sobresalían nombres inolvidables. Buscaban sitios de miedo, caminaban esperando la sorpresa.

La Orden de Toledo funcionó y siguió admitiendo nuevos miembros hasta 1936. Se trataba de un grupo heterodoxo de genios unidos por su incuestionable talento y su amor incondicional por Toledo. Dejaron su impronta en las calles nocturnas, que les observaban en silencio. Toledo dormía, y ellos alteraban su tranquilidad con gracia, embebidos en lo que Alberti dio en llamar la callada irrealidad de la penumbra toledana.

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