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Mi padre es de Chaouen, que está en Marruecos, y mi madre de Madrid, que es la ciudad en la que nací y en la que vivimos. Ahora tengo trece años, pero lo que voy a contar -porque la profesora nos ha pedido que escribiéramos sobre la primera vez de algo importante que nos haya sucedido en nuestra vida– me pasó cuando tenía diez. Fue en un campamento de verano. Nunca había ido a uno y tenía muchas ganas. Mi madre me compró una mochila, unas botas de las de andar por el campo y unos pantalones del color que llevan los soldados. Lo que más me gustó fue la mochila porque tenía muchos bolsillos y podías meter dentro todo lo que te viniese en gana. El campamento estaba cerca de unas montañas hechas de roca, y de un bosque y de un río. En el bosque jugábamos a explorar, y el río tenía unas pozas donde nos bañábamos. Había cuatro profesores, pero mi favorito era Juan. Cuando nos llevaba a explorar nos enseñaba un montón de cosas, pero no como en clase, sino como si estuviésemos en una película de aventuras. Sabía el nombre de todos los árboles, plantas, animales y bichos. Nunca había imaginado que hubiese tantas cosas que ver en un bosque. Además, sabía hacer juegos de magia, y una noche hicimos una hoguera y nos estuvo contando historias sobre los antiguos habitantes de aquel sitio. Cuando me fui a dormir soñé con caballeros y batallas.

También había un niño que se llamaba Edu y que no estudiaba en mi colegio. Era dos años mayor que yo, y el más alto y fuerte de todos nosotros. Sabía nadar muy bien y buceaba como las ranas. Un día estuvo tanto tiempo debajo del agua que Juan se asustó y se tiró a la poza para rescatarlo. Pero Edu nada, apareció en la otra orilla tan contento. Otro día, jugando al fútbol, él solo metió siete goles. Y otro día se subió a un árbol tan alto, que no se le veía entre las ramas. Dijo que allí arriba había encontrado un nido de águilas y que se había comido uno de los huevos. Todos le creímos, pero cuando Juan le dijo que le iba a crecer la nariz como a Pinocho, empecé a dudar. Yo me fijé en él desde el primer día. Quería ser su amigo y en las exploraciones por el bosque me ponía a su lado, cuando nos bañábamos le decía los segundos que había aguantado debajo del agua y jugando al fútbol siempre le pasaba el balón. Una mañana, antes de salir a explorar, le dije que si quería que le llevase algo en mi mochila que tenía muchos bolsillos, pero él ni siquiera me contestó y se fue con Pedro, un niño de mi clase con el que me había peleado al final del curso porque se había reído de lo moreno que soy. La verdad, ahora me da mucha rabia pensar lo tonto que fui.

El último día, hicimos una excursión hasta un montón de piedras que estaba en lo alto de un monte. Juan nos dijo que eran las ruinas de un castillo por el que habían luchado hacía muchísimo tiempo y durante muchísimos años árabes y castellanos. Al principio, pensé que Juan nos estaba tomando el pelo. Me costaba más creer que aquel montón de piedras hubiese sido un castillo, que lo del huevo de águila que Edu se había comido. Pero al final me lo creí, porque Juan es Juan, sabe de todo y lo dijo muy serio. Volvimos a la tarde, caminando junto al río. Edu, de vez en cuando, daba un salto, se colgaba de una rama y se levantaba a pulso. Yo iba detrás de él y contaba las veces que llevaba la barbilla a la rama. Siempre eran más de diez y una vez llegó a veinte. En una de esas la rama se rompió y Edu se dio una gran culada. Se oyeron unas risas y yo corrí a ayudarlo, pero Edu desde el suelo me dio un empujón y se levantó solo. Cuando se puso en pie ya nadie se reía. Se quedó mirándonos unos segundos. De pronto, se lanzó sobre mí, me quitó la mochila y la tiró al río. Todos se rieron. Yo me quedé unos segundos paralizado, luego me metí en el río para coger la mochila. Estaba lleno de piedras y no cubría, pero resbalé y me caí al agua. Todos se rieron otra vez. Me levanté, cogí la mochila y, chorreando, traté de salir del río. A cada paso resbalaba y estuve a punto de caerme dos o tres veces. Edu se acercó. Yo pensé que se había arrepentido de la broma y quería ayudarme. Le sonreí. Edu se paró frente a mí y miró a todos; luego me miró, me sonrió y posó su mano en mi hombro. Yo ya me iba a apoyar en él, cuando agachó la cabeza, la acercó a mi cara y me lo llamó, gritándomelo al oído. Se apartó de mí. Todos volvieron a reírse. Yo me eché a llorar. Las risas continuaron un rato, pero cuando llegó Juan se pararon de golpe. Juan me preguntó cómo estaba, me cogió la mochila, me dio la mano y dijo que aceleráramos el paso no fuera a coger un resfriado. Me daba mucha vergüenza que Juan me llevase de la mano, pero no me atreví a soltarme. Llegamos al campamento al atardecer. Ya no lloraba, pero a la noche, en el saco, las lágrimas volvieron a mis ojos. A la mañana siguiente, volvimos a casa. A Edu no le he vuelto a ver, pero por fin el otro día me he enterado de dónde vive. Lo he apuntado en mi libreta, para que no se me olvide.

No se lo he contado a nadie, ni siquiera a mis padres, sólo ahora a la profesora porque nos lo ha pedido, pero esa fue la primera vez que me llamaron “moro de mierda” en mi vida.

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