En su reciente libro La tiza envenenada. Co-educar en tiempos de colapso (Textos (In)surgentes, 2016), Vicente Gutiérrez Escudero se revela como un ensayista capaz de adentrarse en el manido tema de la educación, asunto que ha preocupado a tirios y troyanos. Sin embargo, la mayoría de los títulos publicados recientemente se enmarcan bajo las coordenadas establecidas por las instituciones del Estado y el Mercado. A lo sumo, la crítica más feroz es aquella que combate, con razón, la mercantilización y privatización de la enseñanza. Pero poco más. En cambio, Vicente Gutiérrez se atreve a ir más allá y, en la estela de la tradición libertaria contra la escolarización, propone la abolición de la Escuela por ser un instrumento de dominación de los sujetos.

Por tanto, La tiza envenenada ni puede ni debe ser relacionada con la literatura de denuncia contra los recortes educativos o con la de la defensa de la Educación Pública, ya que el propio autor se encarga de aclarar, de manera muy acertada, la interesada confusión que existe entre lo público y lo estatal. Quede claro, entonces, lo que el lector encontrará entre sus páginas: una apuesta decidida y valiente por un aprendizaje colectivo y convivencial, por una enseñanza no reglada y horizontal o por un intercambio de conocimientos azarosos e inconscientes… una cultura, en fin, al margen de credos, estados y mercados.

La gran virtud del libro reside en su utopismo, en su defensa cerrada y vehemente del poder de la imaginación, esa facultad tan humana que nos debería permitir evocar otra forma de crear, enseñar y compartir conocimiento. Para ello, el autor lleva a cabo un análisis profundo e informado, como se comprueba en las múltiples lecturas que asoman en estas estas páginas.

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Cartel promocional con título completo. | La Vorágine Cultura Crítica.

Además, es de agradecer que Vicente Gutiérrez desafíe al lector a plantearse cuestiones tan cruciales de manera tan radical, sin ventajismos ni tapujos. Pocas veces se presentan estos asuntos de forma tan diáfana en el territorio español, ayuno de estas propuestas. En otras palabras, muchos de los docentes entenderán este texto como un ataque a su profesión, que lo es; pero, sospecho, se quedarán en esta lectura superficial. Es preciso, por tanto, seguir leyendo, aunque nos disguste, para recordar el placer de imaginar mundos alternativos a este.

Por otro lado, es conveniente constatar que La tiza envenenada no es un texto apresurado, publicado al albur de acontecimientos recientes como la contrarreforma educativa de la LOMCE. Su génesis llega más atrás, pues se engarza con los fuertes movimientos antipedagógicos del anarquismo y de la contracultura. Y su futuro salta hacia más adelante, pues constituye una impugnación y superación de todo el sistema educativo vigente que nace con la Ilustración.

La obra, insistimos, ha sido un fruto reposado y pensado por su autor que ha tardado en destilar sus reflexiones un par de años, por lo que uno tiene la agradable sensación de que lo que tiene entre sus manos no es una faena de aliño, ni tampoco un libelo para sentar cátedra. Es, más bien, una lúcida reflexión que nos debería invitar a imaginar otras maneras de ser y estar en este mundo.

Una lectura atenta nos alerta acerca de los poderosos e invisibles entresijos que organizan el sistema educativo (Escuela) y sus vínculos con el sistema político (Estado) y económico (Mercado). No obstante, las tesis de Vicente no son originales (lo avala toda una prístina tradición arriba citada); y no deberían serlo, pues, en puridad, la originalidad no es el propósito del ensayista sino la denuncia informada y movilizadora.

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“¿Sabrá más el discípulo?”, Francisco de Goya | Wikimedia Commons.

El autor parte, como recalca en las presentaciones de su libro, de la advertencia de que vivimos en una situación de colapso, por lo que debemos prepararnos para vivir en un mundo muy diferente al conocido. Es algo inevitable. Tal colapso afectará a todos los órdenes de la sociedad. Por tanto, es preciso y urgente que pongamos en marcha algunos tipos de aprendizaje: el aprendizaje de adaptación a escala local y el aprendizaje de anticipación a escala global. Por supuesto, estos aprendizajes serán liberadores, o como dice el autor, prácticas de libertad.

Quizás la tesis fuerte del libro consiste en la denuncia de la pedagogización de la vida. Vicente Gutiérrez denomina a este fenómeno con la expresión rizoma pedagógico. El rizoma pedagógico (lo suponemos emparentado con el concepto deleuzeano, aunque el autor no lo aclare) consiste en la metáfora que representa el circulo vicioso de instrucción-prueba-calificación que envuelve cada una de nuestras vidas y que doblega nuestra libertad. Si todo es aprendizaje, todo puede ser pedagogizado y, por ende, controlado por expertos pedagogos.

Posiblemente, el cinismo de las mentes biempensantes despache el libro de un plumazo y, con un gesto de superioridad moral, lo prejuzgue por contener especulaciones imposibles de llevar a la práctica. Es posible, además, que castigue al autor con argumentos ad hominem por desempeñar la profesión docente. Ahora bien, el problema no está en las contradicciones presentes en estas páginas, que las hay, sino en la mirada de los críticos. En la emasculación de su capacidad para imaginar. No teman estos malos augures, sus ojos nunca verán la utopía, pues no están invitados al paraíso.

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