En el contexto de una democracia etíope pre púber, apenas implantada dos telediarios antes de que sucedan los hechos que recrea la película ‘Difret’, tradición, costumbres y leyes conviven enfrentándose en muchas ocasiones unas con otras. Pero pese a que un nuevo modelo de sociedad busca abrirse paso, las contradicciones culturales que este país del Cuerno de África vive en la segunda mitad de los años 90 no son pocas y de una de las prácticas más bárbaras imaginables es víctima Hirut. Ella corre contenta después del último día de escuela en dirección a su casa, con la alegría de haber promocionado de curso, cuando un grupo de hombres a caballo con los ojos inyectados en sangre y armados con rifles, la raptan para que uno de ellos la tome como esposa sin su consentimiento, con apenas 14 años. Cuesta pensar que aún tenía vigencia en los años en los que se ambienta ‘Difret’ este rito tan violento –veinte años atrás-, pero es así.

Desde este momento aparece el conflicto entre plantar cara a las tradiciones con las leyes que ha traído la constitución en la mano, o claudicar ante ellas. Tras una huida, que termina con la muerte de uno de sus raptores, en defensa propia, la joven Hirut se ve envuelta en dos juicios que discurren en paralelo, el de los ministros de ley y el consejo de sabios de la pequeña población donde suceden los hechos. Al mismo tiempo, en Adís Abeba, la abogada Meaza Ashenafi ha creado una red de ayuda a mujeres y niños pobres que necesiten la ayuda de un letrado. Así entra en juego Meaza, que intentará proteger la vida de Hirut a pesar del hostigamiento constante al que la someten la Policía y el Gobierno por entrometerse en una causa que por sus pocas ganas de colaborar, a su juicio, sería resuelta por la vía rápida.

Con el clamor popular en contra se atreve a defender a Hirut, a la que secuestraron cuando regresaba del colegio y que termina presa por matar a uno de sus raptores cuando estaban abusando de ella y a punto, quién sabe, de ser violada por el grupo entero de jóvenes que la querían desposar. Y es que, a pesar de haber actuado en defensa propia, Hirut puede ser condenada a pena de muerte. Entonces, la ayuda desinteresada de la asociación Ethiopian Women Lawyers Association -en ‘Difret’ ADENET- aparece como agua de mayo para salvarla de la pena capital por parte de ambos tribunales.

El origen de la abogada, Meaza, es similar al de Hirut y pone todo de su parte, incluso hace peligrar la viabilidad y el futuro de la asociación, por defenderla en el juicio con garantías para que, aunque sea un mínimo resquicio, quepa la posibilidad de que sea absuelta. Y eso que no son pocas las vueltas que tiene que dar la niña en la película: de los calabozos pasa a la casa de Meaza, de allí a un orfanato donde la esconden como pueden, y de allí al tribunal que la juzga y le acabará… dando la posibilidad de seguir con la esperanza de retomar sus estudios y proteger a su hermana menor de una situación similar a la que ella ha tenido que vivir. Un brillante final abierto que la pierde entre la gente camino de una casa que no sabemos si es la suya o el futuro de normalidad que se le ha reconocido por derecho propio.

Esta película etíope de 2014, sin dejar de tener ese color, ese sabor de los filmes africanos, hace aflorar los sentimientos más hondos, una reflexión sin edulcorantes de las condiciones de vida desconsoladoras del tercer mundo. Una Malala menos mediatizada, de las que habrá miles. Sin micrófono en la ONU, ni premios Sájarov, ni Nobel en su haber.

‘Difret’ es una recreación fiel de los hechos reales en los que se basa el filme, sucedidos entre 1996 y 1997 en Etiopía. Aquella niña que realmente padeció esta situación de secuestro, violación y juicio, ahora trabaja por los derechos de niños y mujeres en situaciones similares a las que ella sufrió. Un acierto en el haber de Angelina Jolie haber participado en la producción de ‘Difret’, multipremiada en Sundance y Berlín y a un paso de los disputados Oscar a mejor película de habla no inglesa.

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