«En medio de todo está el Sol. Pues, ¿quién en este bellísimo templo pondría esta lámpara en otro lugar mejor, desde el que se pudiera alumbrar todo?»

Nicolás Copérnico (1473-1543)


Los mitos polacos

Polonia es un país con mucha historia y un desarrollo muy complejo. Su posición estratégica en pleno centro de Europa, atrajo muy pronto el interés de las naciones vecinas, que a lo largo de incontables generaciones han intentado apropiarse de su territorio. Las invasiones sufridas han marcado profundamente el rostro del país y sus cicatrices aún perduran. Sin embargo, Polonia se ha levantado una y otra vez y ha reivindicado con éxito su identidad a pesar de las evidentes dificultades. No es casualidad que la religión y la tradición se hayan convertido en pilares esenciales de su supervivencia. Estas características son consecuencia directa de su pasado. Un pasado inclemente que sus habitantes, incluso los más jóvenes, se resisten a olvidar.

Pero hubo un tiempo en el que la magia y la superstición colmaban la vida diaria de la gente de esta región. Un tiempo en el que los dragones, las sirenas, los enanos y las hadas poblaban sus bosques, sus ciudades, sus ríos y sus cuevas. Una época de leyenda en la que nadie había oído hablar aún de Nicolás Copérnico o Fryderyk Chopin.

La odisea de Polonia, según el folclore, se inició en torno al año 500 a.C. y comenzó con el viaje de tres príncipes eslavos llamados Lech, Czech y Rus, procedentes de las montañas de Croacia.

Como no podía ser de otra manera, la historia comenzó con una traición. La hermana de estos príncipes, Welinda, se enamoró de un jefe enemigo y con ello provocó la derrota de los príncipes eslavos. En venganza, estos acabaron con la vida de su hermana y se dieron a la fuga.

Tras cruzar el Danubio, se separaron y Lech se asentó con su gente a las orillas del río Varta, donde se unieron a una tribu eslava local, los Polán, dando lugar al reino de Polonia. Sus hermanos fundaron Chequia y Rusia respectivamente.

Muchos años después, se creó la que ahora es la capital, Varsovia, (anteriormente la capitalidad la ostentaba Cracovia), pero su origen se pierde en la leyenda. Se cuenta que el nombre Warszawa (nombre polaco de la ciudad) es la unión de dos nombres propios: Wars y Sawa; pero existen muchas versiones distintas sobre quiénes eran los miembros que conformaban esta célebre pareja. La más interesante es una que habla de dos hermanas sirenas. Una nadó hasta Copenhague y la otra, Sawa, navegó por el río Vístula hasta una aldea de pescadores. Al principio los aldeanos, debido a los estragos que esta causaba, intentaron atraparla, pero acabaron enamorándose de su canto y le permitieron quedarse a cambio de que todas las tardes la sirena entonara melodías para ellos.

Un día, un mercader la vio y decidió atraparla, pues deseaba hacer fortuna exhibiéndola en las ferias. Su llanto, sin embargo, atrajo a un joven pescador llamado Wars, que consiguió liberarla y devolverla al Vístula. Como muestra de agradecimiento, ella les prometió que a partir de entonces defendería aquella aldea con su escudo y su espada.

En Varsovia, no obstante, existen varias leyendas más, como la del basilisco, la del pato de oro o el oso de piedra, todas ellas con evidentes influencias de leyendas clásicas o centro europeas.

Dragón de Wawel
Dragón de Wawel

Cracovia, por otro lado, también es sede de numerosas leyendas, pero entre palomas hechizadas, canciones interrumpidas y competiciones arquitectónicas, destacan en concreto dos leyendas, una es la del Dragón de Wawel, escrita en una crónica del siglo XIII. Según la versión más antigua de la historia, había un dragón en la colina de Wawel al que los habitantes de la ciudad debían pagar tributo en animales si no deseaban que el monstruo devorara a más personas. El rey Krakus, harto de una situación que ya amenazaba con destrozar sus nervios, decidió enviar como último recurso a sus dos hijos con la misión de derrotar al dragón. Estos eran muy astutos, e idearon una treta para engañar a la bestia y librarse de semejante amenaza de una vez por todas. Mataron una oveja y en su interior vertieron un sulfuro incendiario. Cuando el dragón se comió la oveja, el sulfuro penetró en su estómago y le destrozó las entrañas.

Lejos de dar el problema por solucionado, se generó uno mayor, pues el hermano pequeño quiso aprovechar la misión para asesinar al heredero al trono sin levantar sospechas. No obstante, sus intenciones fueron descubiertas y finalmente fue desterrado del reino.

 La segunda leyenda, mucho más internacional, habla sobre unas misteriosas piedras mágicas. Se dice que el dios hindú Shiva, lanzó siete piedras mágicas en distintos lugares del mundo. Una de esas piedras, la que simboliza al planeta Júpiter, está en Cracovia y su potencia es tal, que ha mantenido a la ciudad a salvo de los desastres.

Estatua del rey Segismundo III
Estatua del rey Segismundo III

Para terminar con la Polonia mítica, mencionaré una última leyenda. La de la estatua del rey Segismundo III, situada en la Ciudad Vieja de Varsovia, en la plaza del Castillo.

Este rey fue quien trasladó la capital de Cracovia a Varsovia en 1596, lo que le granjeó el afecto de los varsovianos, y el consiguiente odio de los cracovianos (y por increíble que pueda parecer, en la actualidad este tema todavía enciende ánimos). Dicha estatua sostiene una espada en una mano y una cruz en la otra. Según la leyenda, si la espada llegaba a tocar el suelo alguna vez, la desgracia se abatiría sobre la ciudad.

Y ese trágico momento tuvo lugar en 1939, cuando el ejército alemán invadió Polonia. La mayor parte de la ciudad fue destruida y murió un 20 % de la población. La escultura de Segismundo yacía en el suelo, rodeada por las ruinas de los edificios circundantes.

Ni las estatuas ni las sirenas pudieron defender a la ciudad de Varsovia, y el tiempo de las leyendas fue aplastado por una montaña de escombros.

 

La Polonia realista

Muchos testimonios y hechos documentados sirven para mostrarle al mundo la cara más realista y cruda de Polonia, pero quizás una de las manifestaciones más claras y al mismo tiempo más terribles, sean los campos de concentración. Se han rodado muchas películas y se han escrito cientos de libros sobre el Holocausto, pero los horrores que se vivieron en lugares como Auschwitz, a duras penas pueden describirse con palabras.

Entrada a Auschwitz
Entrada a Auschwitz

No es de extrañar que algunos supervivientes se nieguen a regresar para participar en actos oficiales o si quiera a hablar del asunto, pues cada uno lidia con el dolor de formas diferentes.

A pesar de esto, cientos de personas visitan los campos todos los años, y en todas las fechas, para contemplar en persona aquello de lo que tanto se ha hablado y teorizado en los libros y en la televisión.

En Polonia había muchos campos de concentración, pero los más famosos son Auschwitz I y Auschwitz II-Birkenau.

A la entrada de Auschwitz I, se puede apreciar en alemán una frase infame: «El trabajo os hará libres» una mentira más que pretendía apaciguar a aquellos que llegaban al campo y les proporcionaba falsas esperanzas. Y es que todo estaba planeado de tal forma, que nada hacía sospechar a los recién llegados que no saldrían de allí con vida. Habían colocado ganchos en las duchas para que pudieran dejar la ropa, e insistían en que no perdieran los números de identificación, que les servirían para recuperarla después. No les pedían que se quitaran anillos, ni que renunciaran a pertenencias de valor antes de entrar para no levantar sospechas. Todo el campo está repleto de detalles de esta clase. Una tapadera, sin embargo, que no tardaba en desmoronarse.

Y aunque algunos lograban sobrevivir y hacer frente a los trabajos forzados, la sombra de la duda los perseguía desde que se levantaban hasta que se acostaban, lo que hacía su existencia, si cabe, aún más miserable.

Inscripción de un judío sefardita
Inscripción de un judío sefardita

En las distintas secciones de Auschwitz se pueden ver los barracones, tanto para los prisioneros de primera como para los de segunda, el paredón de ejecuciones, las torres de vigilancia, las alambradas, los crematorios, salas repletas de zapatos, de cabello humano, de peines, de botes de crema, de maletas…y por increíble que pueda parecer, Auschwitz I era un campo bastante más higiénico y presentable que Auschwitz II- Birkenau, pues se construyó sobre la base de un antiguo cuartel.

A día de hoy, en Auschwitz II- Birkenau se puede admirar un monumento a las víctimas, y una de las inscripciones, de un judío sefardita, resume en pocas palabras lo que representa este lugar en la actualidad: Una señal y un recuerdo de aquello que jamás debería volver a ocurrir. Porque, por desgracia, la historia tiende a repetirse y nunca podemos dar por sentado que los horrores que se vivieron en los campos de concentración no volverán a producirse de nuevo, aunque sea bajo otra bandera, otro motivo y una generación diferente.

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