Leonore Carol Israel, más conocida como Lee Israel, fue una autora neoyorquina cuya producción más destacable fue de más que dudosa licitud, pero de innegable calidad: en poco más de tres años falsificó alrededor de 400 cartas de personalidades, actores y escritores, ya entonces fallecidos. Entre ellos Noël Coward, Louise Brooks, Dorothy Parker o Ernest Hemingway.

Un pequeño ejército de viejas máquinas de escribir en una buhardilla alquilada de Manhattan era todo lo que necesitaba para hacer magia; Royals, Adlers y Olympias, cada una cuidadosamente etiquetada con el nombre de la personalidad suplantada: Edna, Dorothy, Noël, Eugene O’Neill, Hellman, Bogart, Louise Brooks…

Para lograr una mayor autenticidad, realizaba visitas furtivas a ciertas librerías, en las que, disimuladamente, arrancaba las últimas páginas en blanco de las revistas más viejas, de forma que la edad del papel no la delatara. Un proceso artesanal que involucró robo, suplantación de identidad, inventiva y un profundo conocimiento de los personajes emulados. Pero, por encima de todo, talento.

Israel nació en Brooklyn en 1936, donde acudió al instituto, y donde más tarde completaría su formación universitaria. Se graduó en 1961 en Brooklyn College, y durante los 60 comenzó su carrera literaria como periodista independiente y crítica. En los 70 publicó sus dos primeros libros, biografías sobre la actriz Tallulah Bankhead, y la periodista y personaje televisivo Dorothy Kilgallen, respectivamente. Estas publicaciones tuvieron un notable éxito, y la llevaron a ser best seller del New York Times.  Su tercer libro, la biografía no oficial de Estée Lauder, fracasó de la peor manera posible. Pero supo reinventarse, y en los 90 desplegaría todo su potencial, esta vez como falsificadora literaria.

En su autobiografía declaró no sólo no estar arrepentida, sino, además, enorgullecerse profundamente de su trabajo: «Aún considero las cartas mi mejor obra». Y no es de extrañar. Sus falsificaciones eran de tal calidad, que algunas firmadas bajo el nombre de Noël Coward, se colaron en la colección de cartas del autor, publicada por Alfred A. Knopf en 2007, y descritas como  «primera y definitiva colección de cartas de Coward».

Lee utilizó su experiencia previa como biógrafa para estudiar e interiorizar los personajes. En una entrevista para Npr, comenta en tono jocoso: «Yo era mejor Coward que el propio Coward. Coward no tenía que ser Coward. Yo tenía que ser Coward y medio».

Sin embargo, fue el propio Coward quien la delató. Lee Israel pensaba que había perfeccionado la esencia del autor británico. Se sentía tan cómoda en su piel, que fue demasiado lejos. Las alusiones a su homosexualidad en las cartas eran demasiado explícitas. Teniendo en cuenta que Coward vivió en una época en la que la homosexualidad estaba penada con cárcel, hubiera sido muy improbable que el autor hiciera todas estas alusiones de forma abierta en su correspondencia. Israel cuenta en la misma entrevista para Npr, «supongo que no lo pensé mucho, pero alguien más lo hizo (…) Alguien se dio cuenta, algunos de mis compradores hablaron entre ellos, se advirtieron… y ése fue el final de mi carrera». Más bien, sólo fue el principio del fin. Pero, hasta que esto ocurrió y Lee cayó, sucedieron muchas cosas.

En 1980, tras haber conocido el éxito con sus dos primeras biografías publicadas, Lee Israel recibió un encargo que la catapultaría al desastre. Fue contratada por la editorial Macmillan para destapar los trapos sucios de Estée Lauder, magnate de la cosmética. Querían editar una biografía no oficial. La propia Lauder trató de evitarlo en numerosas ocasiones, ofreciendo a Lee Israel generosas sumas de dinero, siempre en vano. Ante la tozuda negativa de Lee, Lauder decidió contraatacar, escribiendo y publicando su propia autobiografía y haciendo coincidir su salida al mercado con la de Lee Israel. ¿El resultado? Una derrota demoledora para Israel, que fue tratada duramente por la crítica y tuvo que hacer frente a un gran fracaso.

De esto, Lee Israel opinaría más adelante «Cometí un error (…). En lugar de aceptar una buena cantidad de dinero de una mujer tan rica como Oprah, publiqué un libro malo e irrelevante, escrito de forma apresurada, simplemente para intentar ganar al mercado [publicándolo antes que Lauder].»

Tras este episodio, comenzó su declive literario. A esto se sumaron sus problemas personales, su alcoholismo, y su fuerte carácter, que, según sus compañeros, hacía extremadamente difícil trabajar con ella. Pronto su nombre se convirtió en algo que toda persona de la industria editorial evitaba. Kathryn Hughes en un artículo para The Guardian comenta  que «no era simplemente mala en cuanto a publicitar su trabajo; se le daba mal la vida en general. Conseguía ofender a todo el mundo, incluso a su agente».

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Carta de Lee Israel en la que pretende ser la poeta estadounidense Dorothy Parker. | Archivo del NY Times. Letters Forged by Lee Israel.

Todo apuntaba a que debía buscar otra forma de ganarse la vida. Pero eso nunca fue una opción; un trabajo de 9 a 5 era impensable. Para Lee Israel, cualquier situación, por muy al borde del abismo que estuviera, era mucho más deseable que encajar en lo que la sociedad hubiera definido como «normal». Nunca ocultó su desprecio por la vida común. En sus memorias escribió: «Miraba con lástima y desdén a los esclavos asalariados de uniforme arremangado que trabajaban en oficinas. No tenía ninguna razón para creer que la vida solo podía ser mejor que eso».

Sin trabajo, con las facturas y recibos acumulándose mes a mes, y sin dinero para pagar el veterinario de su gato enfermo, Lee Israel llegó a una situación límite en la que terminó dependiendo de la beneficencia. Así, las falsificaciones estuvieron motivadas, en palabras de la autora, «más por desesperación que por avaricia».  Entrevistada para Npr, cuando se le pregunta acerca de cómo ideó la trama, Lee Israel cuenta  que «ocurrió poco a poco, gradualmente, como ocurren todas las cosas malas». Continúa contando que

«necesitaba el dinero. Tenía muchos problemas. (…) Fui a la biblioteca, y me facilitaron una serie de cartas que no debían de haberme dado sin la debida seguridad. Tomé un par de cartas de Fanny Brice, las escondí en mis zapatos, y las vendí en un sitio llamado Argosy, al este de la ciudad de Nueva York».

Las vendió por unos 40 dólares la pieza; no mucho, pero suficiente para cubrir sus necesidades. Algunos de sus compradores sugirieron que pagarían más por mejor contenido. Fue entonces cuando el espacio en blanco al final de las cartas, normalmente reservado para una pincelada de última hora en forma de posdata, cobró un especial atractivo. La autora cuenta, en referencia a las primeras falsificaciones, cómo se hizo con una máquina de escribir de segunda mano, y añadió un par de frases controvertidas que «mejoraban la carta y aumentaban su precio». Pronto tuvo toda una colección de máquinas de escribir con las que consiguió perfeccionar su trabajo, imprimiendo un carácter personalizado y genuino con cada firma.

De este modo, la cosa fue escalando. Consiguió pasar inadvertida por un tiempo, pero, con el FBI siguiéndole los pasos, tuvo que refinar todo el proceso. Algunas personas habían comenzado a darse cuenta. Un coleccionista de Nueva York que había comprado varias falsificaciones de Parker llegó a amenazar con testificar en su contra si no le pagaba 5000 dólares. «Aquí terminó mi carrera como falsificadora», cuenta. Pero las cartas le habían proporcionado una buena fuente de ingresos. Demasiado buena como para rendirse así como así. Entonces fue un paso más adelante. Si no podía vender falsificaciones, vendería las cartas originales.

Esto supuso un salto en su historial delictivo. Lee Israel acudía a las bibliotecas de prestigiosos archivos, y estudiaba minuciosamente el documento en cuestión [la respectiva carta], tomando notas y copiándola. Luego, iba a casa y creaba un duplicado mecanografiado. Lo firmaba, volvía al archivo, y daba el cambiazo, dejando su copia y quedándose con la original.  «Entonces, tenía una carta auténtica firmada por algún escritor famoso, y un amigo mío [Jack Hock] las vendía».

El amigo que Lee Israel menciona y que le ayudaba a vender las cartas robadas era Jack Hock, ex convicto originario de Portland e íntimo amigo de la escritora. No se tienen muchos datos sobre él, a excepción de algunos detalles sobre su apariencia física, y que era realmente bueno negociando. Donde Lee Israel esperaba obtener 600 dólares, él obtenía 2000. Intentó engañar a Israel diciéndole que vendía las cartas por menos dinero del que realmente obtenía. Israel lo descubrió, y comenzó a acompañarlo cuando realizaba las ventas, esperándolo escondida en algún sitio cercano.

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Lee Israel, interpretada por McCarthy con Jack Hock (Richard E. Grant) en la película ¿Podrás perdonarme algún día?| Fotografía: Mary Cybulski, Twentieth Century Fox Film Corporation.

La venta de originales continuó en marcha hasta que un coleccionista de autógrafos en Nueva York, David H. Lowenherz, descubrió que una de las cartas de Ernest Hemingway  que había adquirido era en realidad parte de la colección de la Universidad de Columbia. Lowenherz alertó al FBI, y en junio de 1993 Lee Israel fue declarada culpable en una corte federal. Fue condenada a seis meses de arresto domiciliario, cinco años en vigilancia, y un curso de tratamiento de alcoholismo que, según la propia Israel, nunca llegó a hacer. También le fue prohibida la entrada a la mayoría de las bibliotecas y los archivos, haciendo imposible que pudiera seguir ganándose la vida como biógrafa.

Finalmente, terminó trabajando como correctora de textos para la revista Scholastic Magazines, que, entre otras cosas, ofrecía cobertura veterinaria. Tiempo después, decidió escribir su cuarto y último libro, sus memorias, que llevó por título Can you ever forgive me? (¿Podrás perdonarme algún día?) y que fue publicado en 2008 por la editorial Simon & Schuster. La historia fue llevada a la gran pantalla bajo el mismo nombre. Dirigida por Marielle Heller, se estrenó el pasado octubre, recibiendo elogios por parte de la crítica, que alabó especialmente la interpretación de McCarthy y Grant. La película obtuvo varios galardones, como el premio al mejor actor de reparto (Grant) otorgado por el  Círculo de Críticos de Nueva York; mejor guión, por la Asociación de Críticos de Los Ángeles, mejor guión y actor secundario (Grant) en los Premios Independent Spirit, y fue situada por National Board of Review (NBR) entre las mejores 10 películas del año. Además, contó con varias nominaciones, como la de mejor actriz (McCarthy), mejor actor de reparto (Grant) y mejor guión adaptado, en los Oscar. McCarthy y Grant fueron también nominados a mejor actriz dramática y mejor actor de reparto, respectivamente, en los Globos de Oro. Grant fue nominado a mejor actor en los premios Gotham de cine independiente.

El título, ¿Podrás perdonarme algún día?, proviene de una de las falsificaciones favoritas de Lee Israel, una carta escrita bajo el nombre de Dorothy Parker en la que se disculpa por una supuesta ofensa diciendo «(…) Tengo una resaca que es una verdadera pieza de museo; estoy segura de que [la noche anterior] he debido de decir algo terrible. Para ahorrarme este tipo de trances en el futuro, he pensado en hacer circular tarjetas que digan “¿Podrás perdonarme algún día? Dorothy”».

Paradójicamente, a pesar del título, Lee Israel nunca estuvo remotamente arrepentida de lo que hizo, sino más bien orgullosa. Pero es que, ser capaz de reproducir la acidez, ingenio y personalidad de algunos de los escritores más prominentes del siglo XX, no es baladí.

Lee Israel murió en diciembre de 2014, por complicaciones de mieloma. Vivía sola, no tenía familia ni hijos. En su obituario, Carl Burrell, agente retirado del FBI que lideró la investigación del caso, calificó las cartas como brillantes, y dijo que, aunque la mayoría han sido devueltas al lugar donde pertenecían, más que probablemente, algunas de sus falsificaciones siguen en circulación.

No cabe duda de que, si algo se aseguró Lee Israel a través de sus cartas, fue la inmortalidad.

Imagen de cabecera: Lee Israel en 2008. Fotografía: Andrew Henderson | The New York Times

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