I

La preocupación del hombre por el vestido no es un asunto intrascendente ni frívolo: anuncia el espíritu. También revela su ausencia.

II

El hombre de la era digital ya no se viste: se cubre. Su único Dios es la comodidad, es decir, el conformismo. El arte de vestirse demanda tiempo y esfuerzo, estudio y observación, autoconocimiento y ensayo. No plegarse a la estética del rebaño, que algunos llaman discreción, pasa por la determinación de encontrar nuestra propia voz, lo que nos librará, además, del ridículo de parecernos hasta en la intención de ser diferentes (Borges).

III

En la arena política, tanto los representantes de la “izquierda” como los de la “derecha” se conducen como enemigos del común y se cubren con una negligencia hiriente. Enarbolando la causa de la “regeneración” política han incorporado todas las lacras éticas y estéticas de nuestro tiempo; se olvidan de un detalle: no se puede regenerar lo putrefacto.

IV

Asociando la belleza con lo superficial, la distinción con la altivez y la elegancia con la jactancia, la “izquierda” ha despreciado el arte de vestirse como un asunto propio de señoritos ociosos. Basta contemplar el constante homenaje que sus representantes rinden a la ordinariez para hacerse una idea de su ignorancia. Pueden estar seguros de que nadie los acusará de aspirantes a “profesores de belleza” (Wilde). Continúan sin comprender una verdad elemental: ética y estética son indisociables. Tampoco se les ha ocurrido pensar que el arte de la presentación pública tenga algo que ver con el respeto, el decoro y la consideración por el amor propio de los demás, dominios naturales, según ellos, de la “reacción”.

V

Encastillada en sus risibles ínfulas, en sus filibusteros discursos sobre el señorío, en su repugnante defensa de los privilegios y la desigualdad, la pasta fecal conocida como la (extrema) “derecha” se ha revelado estéticamente tan chabacana y vulgar como la “izquierda”. Sus cofrades ya no pueden jactarse de ser “ladrones de guante blanco” porque ni siquiera usan guantes, prueba de su inexistente sentido de la fantasía. Sólo les queda, como en el tango, la “vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.

VI

En las últimas décadas el canon simbólico de las élites se ha degradado de forma irreversible. Bravucones orgullosos, los nuevos amos del mundo se tapan con harapos y se aferran al credo utilitarista: desde la zafiedad y el abandono indumentario arremeten contra la sensibilidad estética porque no reparte beneficios. A simple vista podrían pasar por contestatarios o “anti sistema”. Las redes sociales son su paraíso; Zuckerberg es su profeta.

VII

Cada vez son menos los poderosos que aúnan medios y sensibilidad educada. Los más tornadizos han caído en las redes del streetwear; los más necios, suspirando por el ridículo prestigio asociado a marcas reputadas, se dejan timar por productos vergonzosos que no valen ni una centésima parte de lo que pagan por ellos. Entre los profesionales liberales la claudicación ha sido completa; si en tiempos de Balzac se veían “lacayos trajeados como ministros”, hoy es imposible distinguir un médico de un excursionista, a un profesor de un ropavejero; ni siquiera los dueños del dinero han sabido honrar su tradición: los banqueros se confunden fácilmente con sus guardaespaldas. En los restaurantes lo mejor vestidos son los camareros, en los grandes hoteles los botones.

VIII

El arte de vestirse es una cuestión de códigos. Ignorar, en las dos acepciones del término, las dúctiles e imprescriptibles reglas del vestuario masculino es abandonarse al criterio de cada uno, esto es, a la moda, a la arbitrariedad, al desatino. Que hayamos creído solemnemente en la soberanía de nuestro gusto personal mientras nos cubrimos como todo hijo de vecino constituye el triunfo incontestable de la publicidad. Los estragos de esta ilusión son fácilmente reconocibles en nuestras calles, deprimentes pasarelas donde reinan la mediocridad, la mansedumbre, el seguidismo y el esperpento.

IX

Esto nos conduce a la apasionante e inagotable discusión sobre el gusto. Aquí pisamos terreno pantanoso; todos poseemos un gusto, y con frecuencia consideramos que el del vecino sólo es admirable en la medida en que se ajusta al nuestro. “Los hombres creen que su gusto es el buen gusto”, observó Jean Baptiste du Bois, mientras La Rochefoucauld se burlaba de que todos se quejasen de su memoria y nadie de su juicio. ¿Quién es consciente de la diferencia entre el gusto refinado y el mal gusto? La pregunta es ofensivamente personal: “por supuesto, todos creemos saber”, dice La Capria. Incluso el refranero nos advierte de que sobre gustos no hay nada escrito, una autorización explícita para que cada uno haga del suyo doctrina. Sin embargo, sobre gustos se han escrito bibliotecas enteras. Hubo un tiempo en que los filósofos debatían encarnizadamente sobre los fundamentos del juicio estético. Hoy, únicamente el precio marca el valor del talento. ¡Hagan juego!, se escucha en el mercado del arte. Los trompeteros de la sociedad digital se han desentendido sin remordimientos de los debates sobre el gusto y su juicio y lo han considerado un progreso.

X

Aunque no todos han puesto los ojos en blanco ante el péndulo del progreso, el interés por los objetos materiales de la vida cotidiana se ha convertido en una especie de sub categoría del pensamiento por la que ningún intelectual se aventuraría sin arriesgar su reputación. Mario Praz lo vi antes que nadie: “Imaginamos al filósofo en el acto de preguntarse qué alimento pueden ofrecer al espíritu las casas de muñecas y de responderse: ninguno”. Substituyamos las casas de muñecas por el vestido masculino y obtendremos la misma respuesta.

XI

Relegada a un coro de resentidos pasadistas que denunciaron la fealdad del mundo industrial, la discusión sobre la calidad de los objetos que producimos corrió la misma suerte que la del gusto. Este desprecio tuvo, sin embargo, excepciones. T. S. Elliot subrayó la estrecha relación que desde tiempos remotos han mantenido el gusto y la calidad: “La noción de calidad fue oscurecida por la idea de que ‘todo es cuestión de gusto’ y que el gusto sin formar del individuo se encuentra sólo moderado por el temor de ser excesivamente excéntrico o excesivamente vulgar”. Así pues, en relación a la indumentaria masculina, la pregunta que debemos hacernos es esta: ¿a qué clavo ardiente podemos asirnos aún cuando casi todo resulta “excesivamente excéntrico” o “excesivamente vulgar”? ¿Cómo hacer ver a una civilización que ha renunciado a la dimensión pedagógica de las artes decorativas la superioridad de prendas artesanas que combinan lo bello con lo útil, el juego con la auto afirmación?

XII

Otorgarles a los artesanos el papel de jueces de la calidad nos ahorraría buena parte de los fraudes comerciales que hoy pasan desapercibidos para el gran público; esto nos conduce a otra cuestión capital en la discusión sobre lo que una sociedad produce y cómo lo produce: el arte de apreciar. Christopher Lasch consideraba que uno de los rasgos más preocupantes de la sociedad moderna es haberles atribuido un carácter inferior y poco noble a las actividades artesanales. Es cierto: tras habernos rodeado de objetos descartables y vulgares, no es ni mucho menos evidente que sepamos apreciar la calidad.

XIII

Un maestro sastre es un artesano que confecciona a mano prendas de calidad a partir de un patrón individualizado. Su orgullo de artesano encuentra en la satisfacción del cliente su mayor reconocimiento; durante el proceso, el maestro y el cliente entablan una relación personal que se refleja en el resultado final. En su taller no hay margen para la aceleración del ritmo de trabajo o el incremento de la producción mediante la introducción de maquinaria. Se paga por un producto exclusivo, fruto de la colaboración de dos seres humanos.

XIV

Además de artesano, el maestro sastre es un artista. Esta verdad ha dejado de ser evidente; nuestro tiempo no les reconoce esa doble condición. En la Francia del siglo XVI, Henrique III agrupó a un ramillete de oficios y les otorgó el título de “Maestros sastres de trajes”, cuyos miembros poseían la potestad de “hacer trajes de hombres y de mujeres sin excepción”. El ilustrador, zoólogo y botánico François Alexandre Pierre de Garsault, uno de esos sorprendentes acumuladores de talentos de los que rebosa el siglo XVIII, vio en el arte de vestirse uno de “los más esenciales al género humano”. En tanto que artistas, los maestros sastres contribuían al embellecimiento de las formas del hombre y la mujer.

XV

Pero, atención, conviene no llamarse a engaño: por más artista que sea, un sastre jamás proporcionará estilo. Como ocurre con el conocimiento, el estilo se forja, no se compra. Un maestro sastre es un artificex, fusión ejemplar de artista y artesano, no un dispensador de gracia y distinción. Tampoco reparte probidad. Un canalla no deja de serlo por un exhibir una elegancia cegadora. De Sir Lumley Skeffington, el más amable de entre los beaux, se decía que “bajo todas sus chaquetas y chalecos de doble botonadura nunca hubo otra cosa que un alma honesta”; y Lord Chesterfield, uno de esos hombres que “estimaban que la forma de la hebilla del zapato, la calidad de los fulares o el corte exacto del traje estaban entre las cosas más importantes de la vida”, nunca juzgó la valía de un individuo por su aspecto. A su muerte, legó dos años de salario a sus criados, a quienes consideraba “amigos desafortunados; mis iguales por naturaleza y mis inferiores sólo por la diferencia de nuestras fortunas”.

XVI

Charles F. A. Voysey escribió: “Valoramos la facilidad por encima de la belleza, la utilidad por encima de la inspiración y, en consecuencia, no nos resulta fácil reconocer las ‘ideas que forman parte de los objetos”. Una de estas ideas, y no la menos importante, es la relación afectiva que nos vincula a las cosas materiales de la vida cotidiana. 

XVII

Los objetos que nos rodean constituyen un repositorio de memoria; procedentes del pasado, mantienen vivo el recuerdo de los que ya no están y evocan episodios de nuestra vida que nos ayudan a entendernos; son, además, una tabla de salvación en momentos de inestabilidad emocional, proporcionándonos consuelo y orden. Cuando todo cambia, ellos permanecen. Sus efectos benéficos dependen de la perdurabilidad en el tiempo. La condición de la perdurabilidad es la calidad. También en el caso de las ropas.

XVIII

La desigualdad y la opresión son elementos indisociables del sistema industrial. Sin embargo, la explotación del hombre por el hombre caracteriza una fase superada. En nuestros días, los hombres y las mujeres no sirven ya ni para ser explotados; los robots nos están suplantando entre el regocijo general. El ojo del alma ya no guía la punta del dedo (Ruskin). Tampoco lo que un día fue juego se ha librado de esta locura: se necesita un ojo electrónico para señalar un penalti. Anders lo vio antes que nadie: el ser humano se ha vuelto obsoleto.

XIX

La transformación permanente ha afectado de lleno al mundo de la sastrería. En aras de su supervivencia, los catequistas del liberalismo subvencionado llaman a los maestros sastres a acompañar el espíritu del tiempo. No obstante, pasan por alto que nuestro zeitgeist es la culminación de la ideología del dinero que ha transformado a los artesanos en una reminiscencia al servicio de unos pocos. Es absurdo lamentar los suburbios, las reatas de inmigrantes, la criminalidad, el egoísmo, la corrupción, la creciente marginalidad o el consumo enloquecido de fármacos y no condenar su matriz industrial. Entrar en trance con impresoras 3D y enfundarse trajes artesanales constituye una apología de la esquizofrenia. Proclamar la viabilidad de la sastrería sin salir de la economía competitiva es defender el privilegio.

XX

Como en otros oficios artesanos, en la sastrería continua abierta la fisura entre un elitismo avaro, alimentado por un reducido grupo de apreciadores con recursos, aunque también por algunos sastres, y masas sensibles a los tumbos de la moda o indiferentes a la vestimenta. Pero, se me objetará, ¿acaso el fundamento del lujo no ha sido siempre la exclusividad? ¿Se puede democratizar lo excelente sin vulgarizarlo? No, sin duda, dentro de los límites del capitalismo, que apenas deja al artesano otra opción que la ruina o una existencia acomodada.

XXI

Únicamente es posible combatir la indolencia estética situando el gusto en el centro del aprendizaje. Ahora bien, el nudo de la cuestión estriba en distinguir el lujo del gusto del gusto por el lujo. Capaz de permitir la libre expresión de cada uno, el lujo del gusto es condición necesaria para la independencia y la creatividad. Ni querencia por cosas superfluas, “decepción de lo que se adquiere a bajo precio” (Lucano), ni “lujos inútiles que algunos llaman comodidades” (Morris); es, antes, un parámetro de lo mejor que no se pliega al martilleo publicitario ni se deja seducir por logos industriales de prestigio. Este lujo del gusto, incompatible con las Academias de Bellas Artes, el Estado y el mecenazgo, puede y debe democratizarse; su formulación más acabada corresponde al Lujo Comunal reivindicado por el Manifiesto de la Federación de Artistas durante la Comuna de París.

XXII

A contrapelo de lo que pasa por sentido común y de las habituales homilías sobre el crecimiento y la expansión, la solución para la sastrería, y por elevación para los oficios, pasa antes por abolir la división del trabajo que por hacerse un hueco en el mercado global. En otras palabras, por eliminar la separación entre artesanía y arte, trabajo manual e intelectual. Desde luego, esta insinuación resultará inaceptable, motivo por el cual tiendo a pensar que encierra una verdad. La insistencia con la que todos los supuestos especialistas, sin excepción, tratan de convertir a los maestros en expertos en comunicación y hacerlos desfilar por la pasarela de las redes sociales implica la aceptación de la cruel lógica del “mercado”. Aconsejar a los sastres que se adapten a las transformaciones en curso es pedirles que abracen un sistema que los ha convertido en mano de obra suntuosa después de comandar una sangrienta razia contra ellos.

XXIII

Adquirir ropa barata confeccionada por robots o manos infantiles es, para la gran mayoría de asalariados, una necesidad; para los ricos, un vicio. No se acabará con esta colaboración pasiva con la injusticia ni se pondrá coto a la depredación del saber hacer artesano mientras no se transforme de manera radical la organización del trabajo y su único estímulo: la persecución del lucro.

XXIV

Es urgente despertar un profundo desprecio por los productos serializados y rechazar el abaratamiento obtenido mediante la explotación laboral. Para ello, es preciso acabar con el reclamo del precio e incentivar el deseo de productos bellos y útiles derivados de un trabajo saludable y satisfactorio.

XXV

En la impostergable tarea de apegarnos al lado espiritual de la existencia, el “pensamiento manual” juega un papel indispensable. En los escritos de William Morris nos encontramos una y otra vez con su inflexible defensa de lo bueno y lo digno: “nada debería ser hecho con el trabajo de un hombre que no merezca la pena ser hecho, o que deba hacerse por medio de un trabajo degradante para sus artífices”. El único trabajo admisible es aquel que constituye una “fuente de felicidad para el autor y para el consumidor”. Esta ética es incompatible con el ansia de riqueza.

XXVI

Los oficios son una forma de “protección contra el derroche”, pero, sobre todo, “una necesidad educativa”. A poco que ahondemos en la historia de los oficios encontraremos una base firme para reconciliar trabajo, placer y virtud, y recuperar el equilibrio destruido en los últimos siglos por las fantasías humanas de poder y potencia. Ese equilibrio no se logrará hasta que no liquidemos de una vez por todas el perverso sistema que enfrenta a todos contra todos. “Nunca competir”, pedía Gracián. Corramos la voz.

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