[VIENE DE 1º Parte]

2ª Parte: la llegada a las Molucas y el viaje de vuelta a Europa

Un año y dos meses pasaron desde que la expedición saliese de Sevilla y encontraran el que llamarían Estrecho de Magallanes (octubre de 1520). De las cinco embarcaciones que había al comienzo ya sólo quedaban tres, pues en su navegación por el intrincado y angosto pasaje una segunda nave desertó. Por suerte las tres naos restantes lograron llegar al otro mar al que llamarán, por su aparente calma, Pacífico. En esta travesía por el más extenso de los océanos de la tierra vivirían los marineros las mayores penurias:

“La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda la sustancia y que tenía un hedor insoportable por estar empapado en orines de rata […]. Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación a serrín de madera como única comida, pues hasta las ratas, tan repugnantes al hombre, llegaron a ser un manjar tan caro, que se pagaba cada una a medio ducado”

Tres meses y veinte días duró el trayecto hasta que vieron por fin tierra, un atolón deshabitado en mitad del océano, la Isla Flint (24 de enero de 1521). Dos meses después alcanzan la isla de Guam, a la que llaman Isla de los Ladrones, dado que sus habitantes se sentían libres de quedarse con las provisiones y objetos de los recién llegados. Magallanes realiza aquí su primera carnicería: “quemó cuarenta o cincuenta casas, así como muchas de sus canoas y les mató siete hombres”. El dieciséis de marzo llegan a las Filipinas.

A decir verdad, el propósito oficial de la expedición poco tenía que ver con las acciones llevadas a cabo. Nada más llegar a las Indias, y gracias a su esclavo Enrique de Malaca al que usa como intérprete, Magallanes comienza una extraña política de evangelización y alianzas con jeques locales para asegurar el control del territorio, como emulando la estrategia de la conquista americana. No sólo intercambia regalos —las recurrentes bagatelas a cambio de suministros y comida—, sino que mostrando sus modernas armas de fuego, sus corazas de acero y algunas amenazas, logra que los reyezuelos se hagan súbditos del monarca europeo:

“El intérprete […] añadió que su rey era mucho más poderoso por sus ejércitos y por sus escuadras que el de Portugal […] que era el rey de España y el emperador de todo el mundo cristiano, y que si hubiera preferido tenerle más por enemigo que por amigo, habría enviado los bastantes hombres y navíos para destruir por completo su isla”

¿Qué pretendía Magallanes con este repentino cambio de planes? ¿Asegurar la zona frente a los portugueses? ¿Quizás confiaba en volver en un segundo viaje ya laureado y con los privilegios de ser nombrado adelantado o gobernador de aquellas tierras lejanas? En cualquier caso, la situación geográfica de aquellas islas con respecto al Tratado de Tordesillas todavía no quedaba clara.

Tampoco tenemos respuesta, Fernando de Magallanes muere herido por una lanza cuando, subestimando al enemigo y haciendo honor a una de sus alianzas con un cacique local, es derrotado frente a un ejército de un millar de hombres en la llamada Batalla de Mactán (27 de abril de 1521). Pigafetta le dedica entonces unas bonitas palabras: “Versado más que ninguno en el conocimiento de los mapas náuticos, sabía perfectamente el arte de la navegación, como lo demostró dando la vuelta al mundo, lo que nadie osó intentar antes que él”.

Se nombraron nuevos capitanes al mando para continuar con el viaje. Uno de ellos, Odoardo Barbosa, violó la promesa de manumisión del esclavo de Magallanes tras la muerte de éste, amenazándolo con un castigo de azotes. Enrique de Malaca buscó entonces su propia libertad refugiándose en la corte de un rey de Cebú. Si tenemos en cuenta que había sido tomado como esclavo en algún lugar de Malasia, Sumatra o Filipinas, Enrique había ya dado la vuelta al mundo a lo largo de su vida.

Por otro lado, la expedición y sus hombres actuaban ya como comerciantes ya como piratas. La avaricia era tal que a menudo debían ser reprendidos: “El capitán general prohibió que se demostrase demasiada codicia por el oro”. No dudaban en saquear, apresar canoas y embarcaciones si consideraban que las necesitaban. En otras ocasiones secuestraban a algún noble o personalidad importante de los reinos que cruzaban con el fin de obtener  mayor un lucro a cambio de su liberación:

“Encontramos en la ruta un bignadai, barco parecido a una piragua, y nos decidimos a capturarle; pero como hicieran alguna resistencia, matamos siete hombres de los dieciocho que componían su tripulación. Eran jefes de Maingdanao, entre los cuales estaba el hermano del rey.”

Y sus prejuicios, en base a la superioridad de los europeos sobre los habitantes de aquellas tierras, les acompañaban hasta la muerte: “al arrojarlos al mar, los cadáveres de los cristianos quedaban siempre de cara al cielo, y los de los indios, boca abajo, cara al mar”.

El siete de noviembre de 1521, dos años y tres meses después de su partida de Sevilla, llegaban a las Molucas. Descubren que eran falsas las historias que se contaban sobre las islas pues disponen de agua potable, ni están rodeadas de peligrosos arrecifes ni ocultas por la niebla y terribles tormentas. Todo esto no eran más que estratagemas de los portugueses para mantener alejados a otros competidores comerciales.

Para entonces la expedición contaba ya sólo con dos naos, la Victoria y la Trinidad, pues la tercera hubo de ser quemada al no contar con suficiente tripulación para gobernarla. Se cargaron las embarcaciones con hasta seiscientos quintales del preciado clavo y cada hombre hizo acopio propio del mismo. Es en este momento cuando surge el gran problema que tanto inquietara a Magallanes: el viaje de vuelta.

Puesto que eran dos naves las que quedaban, decidieron tomar dos caminos opuestos: la Trinidad debía volver por el Pacífico hacia América y hasta el Yucatán, pero no llegará a cumplir su viaje al ser apresada por los portugueses; la Victoria por su parte cruzaría el Índico sur, para evitar a toda costa los navíos y patrullas portuguesas, en dirección al Cabo de Buena Esperanza. No todos los hombres quisieron volver sin embargo, ya fuese por temor a naufragar o recordando las penurias sufridas en su anterior travesía por el océano.

Tardaron cuatro meses en cruzar el Índico, doblaron el ansiado cabo el seis de mayo de 1522. El nueve de julio intentan aprovisionarse en las islas de Cabo Verde, pero los portugueses los descubren y deben huir abandonando a parte de la tripulación. Aquí nuestro cronista Pigafetta hace una curiosa observación de lógica científica:

“Para ver si nuestros diarios eran exactos, preguntamos en tierra qué día era de la semana, y nos respondieron que jueves, lo cual nos sorprendió, porque según nuestros diarios estábamos a miércoles […] Supimos pronto que no era erróneo nuestro cálculo, pues habiendo navegado siempre al Oeste, siguiendo el curso del sol, al volver al mismo sitio teníamos que ganar veinticuatro horas.”

Como ya sabemos, tras tres años de viaje aquella embarcación que era más un ataúd flotante llegó al fin a Sevilla. No habían logrado cumplir con los principales objetivos de la expedición: ni sabían dónde quedaba la línea de demarcación del Tratado de Tordesillas ni a qué lado quedaban las Molucas. Pero habían logrado traer una sola nave cargada con la codiciada especia. Veintisiete toneladas de clavo que permitieron pagar los gastos de la expedición y hasta dejar beneficios.

La Expedición Magallanes y Elcano, como a menudo ocurre en la Historia, fue una mezcla de la miseria humana con algún destello de valentía y de intelecto convertida en mito o hazaña. Es una pista, una advertencia y un ensayo de un mundo que se inicia y que pronto abarcará todo el orbe. Algunos lo han llamado globalización, otros le colocaron la máscara del progreso y la civilización, curiosamente los que más acertaron en la denominación fueron los orgullosos propagandistas del imperialismo.

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