1ª Parte: de la partida de Sevilla al descubrimiento del paso hacia el Mar del Sur

El seis de septiembre de 1522 llegaba al puerto de Sanlúcar de Barrameda la desvencijada nao Victoria. A bordo iba una tripulación harapienta de dieciocho hombres con apariencia de cadáveres: un alemán, dos italianos, cuatro griegos y once castellanos, entre ellos el cántabro Juan de Santander, natural de Cueto.

Tras tres años y veintiocho días de navegación, aquellos hombres habían vuelto de su misión cumpliendo apenas en parte uno de los tres objetivos que se les había encomendado. Por suerte para los dieciocho afortunados, habían sobrevivido, y en su periplo lograron otra hazaña un tanto fortuita pero intuitiva para la época: dar por primera vez en la vuelta al mundo.

Pero más allá de la épica y cierta mistificación que ha venido suscitando este acontecimiento a lo largo de la historia, nos encontramos con un periplo que aúna las miserias y la codicia de las clases sociales más pobres, la ambición de riqueza y poder de otras más altas, el afán por el saber y el conocimiento científico pero también por el reconocimiento y la fama, así como el racismo e imperialismo que se convertirá con el tiempo en la ley de los países de la llamada Europa moderna y civilizada.

La Expedición de Magallanes y Elcano, como es conocida, se gestó por coincidencia de rivalidades monárquicas, intereses económicos, aspiraciones y resentimientos personales, todo ello encarrilado por el saber científico de la época.

Fernando de Magallanes, quien sería nombrado Capitán de la Armada del Maluco, era un portugués nacido en Oporto. Militar y navegante de sobrada experiencia, había partido en 1505 a la India con la Armada portuguesa que expulsó a los otomanos y venecianos del comercio en el Índico, permitiendo sentar las bases del imperio portugués en Asia. A su vuelta a Europa, con suficiente botín y un esclavo de Malaca, fue acusado de apropiación indebida de bienes y tráfico ilegal con el moro. A su fama de hidalgo de carácter temperamental y modales toscos se sumaron los desencuentros con el rey Manuel I de Portugal, por lo que el marino portuense decidió buscar mejor fortuna al servicio de Castilla.

Retrato de Magallanes, anónimo siglo XVI. Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Retrato de Magallanes, anónimo siglo XVI. Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El plan que Magallanes expuso ante el emperador Carlos I reunía muchos puntos a favor y alguna que otra golosina. Para empezar lo presentaba un navegante portugués que ya había estado en la India, no había mejor candidato. Los conocimientos navales de la época y los cosmógrafos consultados avalaban y veían factible el viaje. Tenía en cuenta el interés de la Monarquía Hispánica al buscar un paso a las Indias por occidente y sugería que las islas Molucas, que producían las deseadas especias, podrían caer en demarcación castellana. Contaba con el apoyo de los grupos económicos sevillano y burgalés, este último liderado por Cristóbal de Haro, a la sazón prestamista de la corona y traficante de esclavos africanos. Finalmente, salvo que todas las naves se hundieran, bastaba la llegada de un único barco cargado de especias para que la expedición saliese rentable.

Con las capitulaciones de Valladolid de 1518 se establecieron los principales objetivos de la expedición a las Islas de la Especiería:

-Establecer la línea de meridiano, siguiendo la demarcación del Tratado de Tordesillas, al otro lado del mundo.

-Reclamar las Molucas si quedaban en territorio de la Monarquía Hispánica.

-Comprar y cargar los barcos de especias, en concreto del codiciado clavo.

Se armaron cinco embarcaciones, sufragadas en un setenta por ciento por la corona y el monto restante por Cristóbal de Haro y otros comerciantes. En cada una de estas naves iban entre treinta y sesenta hombres, contando la expedición con una dotación total de 239 hombres de diverso origen: portugueses, italianos, genoveses, griegos, africanos, asiáticos y castellanos.

¿Pero qué clase de individuos componían esta tripulación? ¿Quién estaba dispuesto a embarcarse en un viaje por rutas y duración desconocidos, sin seguridad de volver y arriesgándose a la muerte?

En primer lugar aquellos que poco o nada tenían que perder, los más pobres. A los tripulantes de Magallanes se les dio cuatro pagas por adelantado en moneda, algo poco común, pero además se les ofrecía otro cobro más en espacio o quintales que podrían llenar de especias. Éste era el auténtico aliciente monetario: “Y como cada marinero quería llevar a España, cambiaron todos hasta sus ropas por clavos”, nos dice el cronista Pigafetta. Elcano volvió con hasta quinientos mil maravedíes en las llamadas quintaladas.

En segundo lugar, marinos por tradición familiar. Éste era el caso del propio Elcano, natural de Guetaria. No es de extrañar pues el Cantábrico era región de gran tradición marítima y la mayoría de los castellanos embarcados eran marinos vascos y guipuzcoanos, por ello hubo también tres cántabros.

En tercer lugar, personajes inquietos, con afán de conocimiento y aventuras. El italiano Antonio Pigafetta corresponde a este caso, gracias a su Relación del primer viaje alrededor del mundo conocemos buena parte de la expedición, no tanto en cuanto a datos geográficos y de navegación sino antropológicos. A Pigafetta le interesaban especialmente los idiomas y las palabras, la religión, las costumbres y formas de vida de los pueblos que encontraban.

Vista del Puerto de Sevilla, anónimo, siglo XVI.
Vista del Puerto de Sevilla, anónimo, siglo XVI.

La expedición partiría de Sevilla el diez de agosto de 1519. Tenía un rumbo y trayectoria claros: primero las Canarias donde se aprovisionarían, después Cabo Verde, que dejarían a un lado para luego virar al suroeste en dirección a Brasil, desde donde comenzaría el viaje hacia el sur. A partir de ahí todo era nuevo, pues el objetivo era encontrar el paso occidental al conocido como Mar del Sur, mar descubierto por Núñez de Balboa en 1513.

En realidad, el principal problema para Magallanes siempre fue la vuelta. Desde que comenzase la exploración del Atlántico a finales del siglo XIV, los marinos se habían cerciorado de que la ruta de ida de un navío no podía ser la de vuelta, ello era debido a las corrientes y vientos circulares que regían los océanos. Los portugueses pronto aprendieron a volver desde el Golfo de Guinea e incluso desde el Cabo de Buena Esperanza hasta Europa a través de la denominada Volta do mar. Pero de alcanzar el nuevo océano ninguno de sus vientos y rutas se conocían. Una buena muestra del interés y necesidad por la orientación en el mar era el equipo que llevaba la expedición a bordo: doce pieles de pergamino para hacer las cartas de mar, seis cuadrantes, un astrolabio de palo, seis astrolabios de metal, agujas magnéticas, compases y buena cantidad de libros en blanco.

Entretanto, la vida de aquellos marinos en los primeros meses de navegación transitaba entre la curiosidad de la novedad, la mala fe y la avaricia propia de los conquistadores castellanos y europeos. En Brasil, Pigafetta se jacta de cambiar con los indios algunos alimentos por el naipe de una baraja: “Por un rey de oros me dieron seis gallinas, y aún imaginaban haber hecho un magnífico negocio”.

Al llegar al sur de la actual Argentina descubren a una tribu de hombres tan altos que les parecen gigantes, son los patagones que darían nombre a la región de la Patagonia. Magallanes no duda en tomarlos como esclavos para llevarlos a España:

“Pero viendo que era difícil prenderlos por la fuerza, se valió de la astucia siguiente: les dio una gran cantidad de cuchillos, espejos, y cuentas de vidrio, de manera que tuvieran las dos manos llenas; en seguida les ofreció dos grillos de hierro, de los que se usan para los presos, y cuando vio que los codiciaban, y que, además, no podían cogerlos con las manos, les propuso sujetárselos a los tobillos para que se los llevasen más fácilmente; consintieron […] En cuanto se dieron cuenta de la superchería se pusieron furiosos”

Pero cuando comenzó a llegar el frío, la falta de provisiones y de esperanza, las tiranteces y la hasta entonces disimulada antipatía emergieron. Durante la invernada al sur de Argentina, en la Bahía de San Julián (marzo-septiembre de 1520), un grupo de cuarenta y cuatro castellanos liderados por sus oficiales Juan de Cartagena, Luis de Mendoza y Gaspar de Quesada, se rebelaron. Parte de la excusa fue el carácter autoritario de Magallanes, quien jamás consultaba sobre sus decisiones y que, para colmo, era un portugués. La sublevación acabó con un audaz golpe de mano del capitán portuense, quien apresó a los amotinados y los sentenció a muerte para luego ser perdonados. Y es que pese a la severidad del castigo se necesitaban brazos para gobernar las cuatro naves, pues de las que habían partido de Sevilla una ya se había estrellado contra las costas.

El veintiuno de octubre de 1520 hallaron el estrecho, un paso por el continente que unía el océano Atlántico y el Mar del Sur hallado por Núñez de Balboa. A dicho estrecho dieron el nombre de Magallanes. Se había logrado el primer paso en el largo viaje hacia las Molucas.

[CONTINÚA EN 2º parte]

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