«Conque, vamos, vuelve tu espada a la vaina y subamos los dos a mi cama, para que nos entreguemos mutuamente unidos en amor y lecho»

Palabras de Circe a Ulises en la Odisea

En otras épocas, los magos y los altos cargos religiosos siempre se reservaban cierta información, accesible solo para un reducido número de iniciados. Este secretismo llevó a muchos a creer (con mayor o menor fundamento) que en aquellos rituales mágicos o religiosos se llevaban a cabo prácticas sexuales prohibidas o desconocidas. La existencia de pócimas de amor, amarres y hechizos para atraer a la persona amada y la búsqueda de sustancias afrodisiacas, así como otras que aumentaran las probabilidades de concebir un hijo estaban muy demandadas, y nadie ponía en duda la relación entre el sexo, la magia o la religión (sobre todo las de tipo politeísta). En la actualidad, estas ideas están bastante extendidas en la cultura popular y aunque muchas se han desligado de su verdadero origen, constituyen un reflejo de la importancia que se le dio en tiempos remotos.

Venus de Willendorf
Venus de Willendorf

Las primeras manifestaciones de estas prácticas mágico-sexuales datan de la Prehistoria, donde los límites entre religión y magia eran muy difusos. La existencia de las Venus, estatuas femeninas típicas del Paleolítico Superior, son un vestigio de estas ideas en su versión primigenia. Nadie sabe con exactitud cuál era su función real, pero casi todos los investigadores coinciden en que estas estatuillas eran la representación de una diosa de la fertilidad, y no un ideal de belleza. También han intentado asociarla a la importancia de la mujer en aquel tiempo, algo que resulta cuanto menos dudoso si se recurre a la etnografía. Las diosas de la fertilidad también existían en civilizaciones patriarcales y en la mayoría de los casos la mujer tenía importancia como madre y esposa, a veces también como sacerdotisa o curandera (pues eran ellas quienes recolectaban frutos y conocían las propiedades de las plantas), pero sus funciones no excedían el plano tradicional.

Valle de Amor, Capadocia (Turquía)
Valle de Amor, Capadocia (Turquía)

En la misma línea de estas estatuas prehistóricas, también se pueden encontrar diversos monumentos fálicos, construcciones o figuras con forma de pene, relacionadas con la fecundidad. Algunos de ellos han sido hallados tanto en Grecia y Roma como en África o la India. También existían representaciones con significaciones fálicas menos evidentes, y algunas crecerían en importancia con el paso del tiempo, sobre todo en lugares como Egipto. Símbolos como las serpientes, los escarabajos o los obeliscos tenían una relación directa con la virilidad.

Las diosas del amor, la fertilidad o la maternidad, como Belili, Ishtar, Isis, Hathor, Venus, Afrodita, o Freyja, son bien conocidas por utilizar sus habilidades para seducir a hombres y a dioses, y demuestran que la relación entre magia, religión y sexo era algo a lo que la población estaba acostumbrada. Algunas de estas diosas también recibían epítetos como el de «la gran maga» o «la gran diosa madre».

Imagen de la diosa representada en el templo de Hathor
Imagen de la diosa representada en el templo de Hathor

En otros lugares del mundo, como Lituania, destacaba la diosa Milda, equiparable a Venus, que era venerada en los alrededores de Kovno, como una diosa del amor y el matrimonio. Y en la India se dice que fue el dios Kamadeva quien inspiró el famoso tratado sobre el amor denominado Kama-sutra. Entre los mexicas, Xochiquétzal era también diosa del amor y estaba asociada a la fecundidad y a la floración. Las prácticas mágicas y sexuales en Egipto incluían sobre todo hechizos, y debido a su inusitada libertad sexual, resulta cada vez más evidente que el acto sexual tenía también connotaciones muy espirituales. De hecho, se celebraban orgías en honor de algunas diosas, al igual que los sumerios durante el Año Nuevo.

 Circe ofreciendo la copa a Odiseo, 1981 (Waterhouse)
Circe ofreciendo la copa a Odiseo | Waterhouse (1981)

La región que más influyó en el conocimiento popular de las prácticas mágico-sexuales fue Grecia, pues lograron una gran difusión gracias a textos clásicos, como la Iliada o la Odisea. Algunos de los personajes en los que la relación entre magia y sexo resulta más evidente son, por un lado, la diosa y hechicera Circe, hija del Sol y de una ninfa oceánide llamada Persea y por otro, la ninfa Calipso. En el caso de Circe, sus habilidades mágicas eran inmensas, era una gran conocedora de venenos y pociones, y se decía que podía bajar estrellas del cielo. Asimismo, le ofreció sus servicios sexuales a Ulises, tal y como hizo Calipso.

Por otro lado, la gente común se servía de figuritas llamadas kolossoi, originarias del Antiguo Egipto y similares a los muñecos vudú, con las que pretendían atraer al ser amado. Estas esculturas, no obstante, podían utilizarse para provocar daños y es por ello que, posteriormente, se extendieron también por el Imperio Romano como un método mucho más potente que las tablillas de maldición, de uso más extendido. Los conjuros de amor también eran frecuentes y se escribían en unas tablillas denominadas katadesmoi.

Kolossoi I Museo del Louvre
Kolossoi | Museo del Louvre

A medida que el Imperio Romano ampliaba sus fronteras, también iba creciendo su panteón con la inclusión de dioses foráneos, y las prácticas orientales y místicas se añadieron a la ya de por sí supersticiosa población romana. Que las leyes prohibieran prácticas mágico-sexuales no impedía que se siguieran utilizando, pues se trataba de un negocio muy rentable. En las regiones donde predominaba un estilo de sociedad patriarcal, los hombres sustituyeron a las mujeres en sus funciones de sacerdocio debido al prestigio que conllevaban. En otros lugares, las sacerdotisas comenzaron a ser identificadas con brujas y su consideración social empeoró con el tiempo, sobre todo con la ascensión del cristianismo.

Odín y la Völva, Lorenz Frolich
Odín y la Völva | Lorenz Frolich

En los países nórdicos las völvas o wicce (de donde procede la palabra «bruja» en inglés) eran sacerdotisas, curanderas, profetisas y parteras. Su importancia era muy grande y al igual que las hechiceras griegas también portaban varas mágicas (que se asemejaban a los clásicos símbolos fálicos y ponían de manifiesto el poder de aquellas mujeres en una sociedad principalmente gobernada por hombres).

En las regiones asiáticas, destacaba el sexo tántrico, una práctica de al menos cuatro milenios de antigüedad, que se servía de la energía sexual para potenciar la conexión con uno mismo y con los demás (el sexo tántrico estaba dotado de un fuerte esoterismo, y en él se enfatizaba la relevancia de los chakras o centros de energía. En la actualidad, el protagonismo de los chakras en la meditación, el reiki, el yoga o algunas artes marciales es constante y hay una filosofía muy amplia al respecto).

Todas estas prácticas evolucionaron y fueron exportadas a otros países, de forma que se produjo un sincretismo entre las creencias locales y las foráneas. El cristianismo no logró erradicar estas supersticiones y el resultado de estas actividades está presente aún hoy en día. Para bien o para mal, hay muchas personas que creen firmemente en el poder de estas prácticas. La necesidad instintiva de experimentar el placer físico y mental es permanente en la especie humana y convierte a Eros, uno de los dioses primigenios responsable del amor, la atracción sexual y el sexo, en uno de los pocos seres a los que se sigue venerando de muchas maneras y en muchos aspectos de nuestras vidas de forma inconsciente.

Ester Pablos es historiadora, escritora y Máster en Patrimonio. Amante de la mitología, las religiones antiguas y las artes. Twitter: @Esterpablos0 | Facebook: Ester Pablos | Blog: http://www.mithorya.com/.

No hay comentarios

Dejar respuesta