Marcos (Salamanca, 1965) es el gerente del Bar Rvbicón, un local emblemático de la escena cultural santanderina. Con una programación mensual de música en vivo, por su escenario pasan o han pasado algunos de los músicos de jazz más importantes de España. Cada septiembre promueve el ciclo Raqueros del Jazz, una cita imprescindible para los amantes del género, que pueden disfrutar de una muestra heterogénea de lo que actualmente se hace en el país. A propósito de la cuarta edición del ciclo, conversamos sobre los orígenes, enfoque y finalidad de la propuesta. Sin embargo, hemos querido aprovechar la ocasión para preguntarle por la vida cultural de la ciudad, las abundantes iniciativas que hay en marcha, la nueva-vieja Ley de Espectáculos y, cómo no, por el recién inaugurado Centro Botín y lo que se puede esperar del coloso que ahora adorna la bahía.

Nos reunimos en el mismo Rvbicón antes de la hora de apertura. Resulta grato comprobar que el sitio no pierde su magia a puerta cerrada. Todavía es pronto para percibir el olor a palomitas habitual, pero Marcos corre tras la barra y en un par de movimientos se ha servido un gin-tonic y ha puesto Mezzo, donde echan un concierto de música clásica apacible. «Después de la comida, el gin-tonic es lo mejor», dice con aires de veterano que atesora experiencia y conoce remedios y pócimas para todo tipo de males.

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Foto: Pablo Lobo.

Con 30 años a su espalda, hoy el Rvbicón es un punto de referencia a nivel nacional, pero ¿cómo surgió la idea de apostar por la música en vivo? ¿Estuvo el jazz desde el principio?

El bar lo abrió mi socio, Moncho, pero yo me incorporé en el año 2000. Desde el origen ha pervivido una misma idea: buscar alternativas al tradicional bar de copas. Y en ese sentido, la música en vivo siempre tuvo un lugar destacado. Sin embargo, ha habido años en los que eso no se pudo hacer, porque estuvo prohibido y prácticamente perseguido.

Al principio, en la programación destacaba la música de cantautor y folk, de hecho, durante un tiempo se reunían en el bar grupos de danza tradicional, que ensayaban antes de abrir. ¿Cómo llegamos al jazz? La verdad es que no fue algo premeditado; tanto a Moncho como a mí nos gustaba mucho y, cuando entras a programar en esa línea, los mismos músicos te van llevando a otros músicos. Y cuando te quieres dar cuenta, tienes una programación en la que predomina el jazz. Y todavía nos siguen llamando músicos de Barcelona, Madrid o del País Vasco, que es una referencia fundamental gracias a Musikene. No obstante, siempre tratamos de dejar espacio a otras músicas, aunque no puede ser mucho teniendo en cuenta la frecuencia de la programación y la cantidad de gente que nos llama para venir a actuar aquí. Hay que decir que, a pesar de que el jazz es habitual en la agenda, el Rvbicón no es un «club de jazz» en el sentido general del nombre, porque aquí ponemos diariamente música de todo tipo y, sobre todo, porque para tener un local de jazz que sea sostenible hace falta una base de público muy fiel. O, sencillamente, porque nos gustan otras muchas músicas, como puede ser la llamada world music, que aquí la ponemos desde hace años.

¿Desde el punto de vista tanto organizativo como administrativo, es fácil desarrollar una programación mensual como la del Rvbicón?

Es cierto que, cuando aquí se empezaron a organizar conciertos, a principio de los noventa, existían menos trabas, sobre todo si compara con lo que pasó a principio de los dosmil, cuando desde el Ayuntamiento se comenzó a perseguir este tipo de actividades. Hasta hace muy poco no existía una normativa clara que las amparase; antes de esto, se pasó por una fase en la que se hacía la vista gorda, pero, como te digo, hasta este mismo año no hemos tenido una ley que dé cobertura a quien quiera organizar conciertos en su espacio.

Por eso mismo te iba a preguntar a continuación: ¿qué podemos esperar de la nueva Ley de Espectáculos Públicos y Actividades Recreativas de Cantabria y cómo crees que afectará a los cada vez más establecimientos que organizan música en vivo?

Creo que es una ley que nace muerta. En muchos casos está generando más problemas de los que había antes y traslada el problema a los ayuntamientos, así que también dependerá de las ordenanzas municipales. Pero lo que pensábamos que iba a ser una ley con vistas al futuro, del siglo XXI, ha terminado siendo una ley que vuelve a mediados del siglo XX. En algunos casos, es peor que el decreto de 1982 (en cosas como las entradas, el acceso a menores, por ejemplo). Aquellos que pudimos hacernos oír se lo dejamos muy claro, tanto al Gobierno de Cantabria como a los distintos partidos políticos con los que nos pudimos reunir. Parece que cayó todo en saco roto, así que lo mejor que pueden hacer es volver al principio. No se puede esperar ninguna solución de esta nueva ley y, como te digo, en algunos casos, agrava algunos problemas. Y es muy triste que pocos meses después de ser aprobada ya estemos pensando en cómo se puede reformar. ¡Una ley que se ha retrasado 20 años! El problema de quien legisla es que no tiene ningún conocimiento de la realidad de estas cuestiones.

¿Qué posibilidades tenéis de ser escuchados quienes os involucráis activamente en estos temas?

Bueno, cuando te digo «nosotros», me refiero a tres o cuatro personas, las que fuimos a hablar con el Gobierno y los partidos. El resto de la gente a la que afectaba directamente tampoco ha estado muy interesado, especialmente en esa fase previa a la publicación de la ley, que era cuando más importante resultaba estar ahí. Por otro lado, no hubo implicación desde la Asociación de Hostelería, porque ellos lo ven desde una óptica puramente sectorial y no desde lo que significa poder organizar estas actividades. Así que, por lo pronto, creo que se dan por satisfechos. Por otro lado, los que sí nos implicamos y asistimos a reuniones propusimos un montón ideas, algunos cambios sobre el borrador… Pero, como te decía antes, reuniones e intercambios, sí, pero que te escuchen y que sirva para algo, pues parece que no.

Foto: Pablo Lobo.
Foto: Pablo Lobo.

¿Qué supone para un bar como el Rvbicón o similar mantener una programación sostenida durante todo el año? ¿Además del negocio evidente, aunque no garantizado, qué te motiva a embarcarte en todo lo que conlleva la organización de actividades recreativas?

¿Por qué lo hago? Realmente porque creo que tener un bar de copas es un trabajo bastante aburrido, salvo en algunos momentos muy puntuales. Así que lo mejor que puedes hacer es tratar de convertirlo en algo atractivo e interesante para ti mismo. A mí la música en vivo me encanta y, si me preguntas, es de lo que estoy más satisfecho en mi trabajo, porque el resto es, en fin, más rutinario. Y esto realmente no lo hago con el fin de buscar negocio, más allá de que, evidentemente, sea sostenible. De hecho, la mayoría de los sitios que lo hacen con ese fin terminan por abandonar, porque los conciertos no son rentables, salvo, quizás, que lo plantees como una actividad secundaria, como música de fondo, algo que nunca hemos hecho. Siempre hemos dicho que aquí venimos a escuchar un concierto, por lo que lo primordial de esa hora y cuarto u hora y media es el concierto. Cuando te lo planteas de esta forma y, como hablamos, la mayoría de las propuestas son de una música no mayoritaria como es el jazz; cuando te planteas unos estándares de calidad más o menos alto, con grupos que vienen de fuera, incluso de Estados Unidos, de Francia, Dinamarca o Alemania; entonces, lo que sacas es la satisfacción de organizarlo y escucharlo y, claro está, la publicidad que supone para el bar.

Antes de pasar a hablar de Raqueros del Jazz, quiero plantearte otra cuestión que es, hasta cierto punto, polémica. Me refiero a las «bandas tributo» y grupos de versiones frente a la música original. ¿Qué criterio manejas a la hora de elegir quién viene a tocar a tu local?

Yo lo tengo clarísimo: valoro la creación en sí misma, por lo que siempre tienen prioridad en nuestra programación las propuestas originales, y que te puedan gustar más o menos ya es otra cuestión. Yo no tengo nada en contra de las bandas tributo, pero para mí es como si admirásemos a quien copia muy bien a Velázquez. Yo creo que hay que potenciar a las personas que tienen esa capacidad creativa, aunque no pinten tan bien como Velázquez; hay que valorar a los creadores por encima de quien sepa copiar muy bien. Pero ojo, que ser un buen intérprete también es importante, pero me interesa más la creación, la originalidad en las piezas. Así pues, a la hora de elegir entre las ofertas que me llegan, con muy pocas excepciones, suelo rechazar a grupos de versiones. Otra cosa que hago es animar mucho a la gente del mundo del jazz de Cantabria para que se lance a hacer cosas propias, que repetir los estándares está muy bien, más todavía si le das la vuelta, que es, por cierto, una cosa que está en la historia del jazz, pero si pueden sorprenderte con algo propio y original es mejor, aunque después te guste poco o mucho. Además, creo que eso es más factible en un género como el jazz, sobre todo si lo comparas con la música clásica, donde parece que hay menos margen y muchas veces se limita a un nivel interpretativo.

Pero, por otro lado, está la respuesta del público hacia ese tipo de eventos.

Ahí entra el factor mercado. Como eso es un buen negocio, se potencia mucho más que la música original y sí parece que a ese tipo de concierto de bandas tributo y demás acude bastante gente. Pero insisto, es que la creatividad tiene valor en sí misma. Y, vaya, apostando por música original puedes contribuir a abrir horizontes entre la gente que se anima a venir a los conciertos, porque, en caso contrario, terminas escuchando siempre lo mismo. Eso es un juego muy interesante y muy divertido. Aquí hay que apuntar el cambio que supuso internet, porque hasta ese momento era difícil abrir vías diferentes a las que marcaban las emisoras de radio y, por extensión, las grandes compañías discográficas. Pero sí es triste que obtengan más repuestas quienes hacen versiones y tributos que quienes están desarrollando su propia obra, con su lenguaje, su mundo…

Hay muchos músicos que, aun teniendo sus propias composiciones originales, tienen que tocar versiones o en bandas tributo, que es lo que finalmente les permite vivir de su profesión.

Claro, a los músicos hay que entenderlos, porque hay que pagar las facturas, ¿no? Por ejemplo, en el mundo del jazz, que es lo que más conozco, la mayoría de los músicos tienen que meterse en bandas tributo o tocar para otra gente porque no pueden vivir de su propia música. Aquí tenemos el caso de Juan Carlos Calderón, a quien le encantaba el jazz, se marchó a Madrid y desarrolló su carrera musical por otra senda, pero por las noches se iba a tocar a garitos de jazz, que era lo suyo, pero no le daba para vivir. Por eso es importante apostar por dar espacio a quien está creando cosas nuevas.

Foto: Pablo Lobo.
Foto: Pablo Lobo.

Sin alejarnos mucho de lo que venimos hablando, quiero preguntar por el festival Raqueros del Jazz, que se organiza desde el Rvbicón cada septiembre desde hace cuatro años y que también incluye conciertos en la calle.

Bueno, yo prefiero llamarlo ciclo de jazz, porque festival me parece algo pretencioso [risas]. Es una cosa pequeña, este es un local pequeño y manejamos un presupuesto muy modesto. Porque, claro, en un sitio de este tipo, en el que los conciertos son deficitarios, se paga muy poco a los músicos y la única forma de hacer algo así es con ayuda de subvenciones, que en este caso salen de la Fundación Santander Creativa. Hacía tiempo que me rondaba la idea de dedicar una semana al jazz que se hace en España y, después de varios años organizando conciertos, uno cuenta con muchos contactos y conoce a muchos músicos, de mucho nivel y que lo hacen muy bien. Convocar a toda esa gente y luego poder pagarles con un mínimo de decencia supone involucrar a más agentes. Además de la Fundación, también colabora en el ciclo Cerveza Dougalls; lo mismo que la Guía Go y El Diario Montañés, si bien con aportaciones distintas. Se trata de eso, de ir generando el compromiso no sólo con el local, sino con una propuesta musical específica. Sin ese patrocinio no sería posible montar el Raqueros, porque tienes que lidiar con uno de los problemas claves: los músicos de jazz en España no son nada conocidos. Hay muy buen nivel, gente muy preparada. Ahora hay una generación más joven, que ronda los veinte pocos años, que ha estudiado aquí, luego en Amsterdam, en Nueva York… y vienen con otras influencias, de estar en contacto con otros músicos, y montan sus propios proyectos, etc. Es un momento creativo muy interesante, pero ¿cuál es el problema? Que no los conoce nadie. Y si pones una entrada para alguien que no es conocido es más difícil que el público responda. Eso supone que un evento de esta naturaleza no sea sostenible por sí mismo y sean necesarios el patrocinio y las colaboraciones de las que te hablo.

¿Cuál es el planteamiento de base en la programación del ciclo?

Lo primero es que sean músicos de España o que estén haciendo jazz en España. Por ejemplo, en esta edición tenemos a Bob Sands, saxofonista que lleva viviendo aquí muchos años; también estuvieron Jerry González y Michael Olivera, que también llevan tiempo viviendo y produciendo su música en España, aunque luego es cierto que trabajan internacionalmente. Lo bueno es que, como conviven varias generaciones de músicos, hay bastante variedad, incluso dentro de la misma generación. Te pongo por caso a dos pianistas jóvenes, como Juan Sebastián Vázquez, que trabaja combinando su formación clásica con el jazz, y Marco Mezquida, que se mueve en un terreno de mucha improvisación, muy de vanguardia. Lo que está claro es que no puedes hacer un ciclo en el que todas las propuestas sean del mismo palo. Yo creo que el jazz es como un idioma, que aún no conoces, pero que en sucesivos diálogos te vas familiarizando con su lenguaje. Eso no significa que luego te guste algo más clásico o que vibres con lo más sofisticado. Por eso tratamos de ofrecer variedad, para que la gente pueda descubrir o acercarse a estilos a los que quizás no podría llegar de otro modo. Por ejemplo, al cantautor Pedro Martínez, un buen amigo, no le gustaba el jazz y ahora no puede entender cómo a la gente no le gusta, y eso que él se aficionó después de ver el concierto de Moebius, una propuesta compleja que se sale del concepto más clásico del género. Porque, claro, es que la música en vivo es algo único, con un sonido concreto, un público concreto en un momento concreto, durante una hora y media en la que se genera un clima especial. Hay propuestas que la escuchas en vivo pero que en igual en casa no te la pones ni de coña. Por eso es tan importante la música en vivo. Recuerdo que al final del concierto de Moisés Sánchez, el año pasado, se hizo un silencio increíble…

Entonces, volviendo a la pregunta, son siete conciertos, cinco en el local y dos en la calle. A la hora de elegir grupos, siempre trato de que haya un representante del jazz que se hace en Cantabria; a partir de ahí, lo que busco es que se toquen distintos estilos dentro del género o que sean diferentes los instrumentos solistas (viento, piano, guitarra…). Si vienes a los siete conciertos te vas a encontrar cosas muy distintas, que te pueden gustar más o menos, pero que al mismo tiempo son propuesta muy bien trabajadas y originales.  Este año seguimos la misma filosofía y está dando resultados, creo, satisfactorios. Porque, si te das cuenta, en el mundo del jazz en España hay dos o tres nombres conocidos que sean capaces de mover gente, pero esos ya cuentan con espacios en los festivales más importantes, si bien creo que en dichos festivales se les da muy poca cancha los músicos de jazz de aquí. Y eso que en tales casos se manejan unos presupuestos muchísimo más elevados, como en San Sebastián o Vitoria, donde superan el millón de euros. Pensar en algo así en Santander es imposible, porque ¿de dónde vas a sacar un millón de euros? Nosotros tratamos de hacer una muestra de gente que está produciendo su trabajo aquí, pero con un presupuesto muy modesto, lo cual nos obliga a escapar de los nombres más conocidos. Así con todo, debo decir que, por distintas razones, hemos conseguido que a Raqueros venga los músicos por unos cachés que no son los habituales.

Foto: Pablo Lobo.
Foto: Pablo Lobo.

¿Qué tal ha sido la respuesta del público en la trayectoria del ciclo?

Desde el primer año, la respuesta ha sido muy positiva, casi siempre se llena. Sin embargo, ten en cuenta que hay un aforo limitado a cien personas y que para controlar ese aforo se cobra una entrada que incluye una consumición, con lo cual es prácticamente gratis. ¿Por qué te digo esto? Porque desde hace tiempo se habla en ciertos ambientes de hacer un festival de jazz y no sé si estos datos son suficientes como para creer que tendría éxito algo de mayor envergadura. Además, esto requeriría mayor implicación de las instituciones públicas y del sector privado. Pero que hay una base de público estable, tanto para Raqueros, como para los conciertos de jazz habituales del bar, eso está claro. Los músicos de jazz se sorprenden cuando vienen porque tienen siempre unas cuarenta o cincuenta personas como mínimo y que, además, les están escuchando. Por eso muchos músicos vienen a tocar desde Madrid, Valencia o Sevilla, porque saben que cuentan con ese espacio y no tanto por lo que vayan a cobrar toda vez que yo realmente les puedo ofrecer muy poco.

Entonces, ¿qué proyección auguras para Raqueros?

La posibilidad de que esto vaya más allá depende, como te decía antes, de la implicación de instituciones y del sector privado. Y luego está el problema de siempre: si es gratis, hay respuesta. Aquí la hay; el Centro Botín programa gratis, además trayendo a históricos del jazz, y también obtiene respuesta. Ahora bien, que la gente esté dispuesta a pagar 20, 30 o 40 euros por ver un concierto de este género… no lo sé. Porque aquí ha calado mucho eso de que tiene que ser gratis, pero luego los músicos tienen que cobrar, tú no tienes que perder dinero, etc. Como te decía antes, en la mayor parte de estos conciertos yo pierdo dinero, no es que dé para cubrirlos, sino que pierdo pasta. Para lanzarte a organizar algo más grande, más complejo y que no sabes si habrá respuesta del público hay que pensárselo mucho. Por otra parte, está la cercanía del País Vasco, que cuenta con grandes festivales que arrastran a un montón de gente, pero es un trabajo de décadas, con muchos sectores implicados. Lo que está claro es que para llevar a cabo algo en lo que crees hace falta inversión, que con la sola suma de voluntades no se realizan las cosas.

Se habla cada vez más de la «burbuja de los festivales». ¿Está garantizada la continuidad del Raqueros? Por otro lado, ¿cómo afecta al ciclo la reducción drástica del presupuesto de la Fundación Santander Creativa de la que tuvimos noticia a finales del año pasado?

Sí, últimamente esto también está afectando al mundo del jazz, ya que cada pueblo quiere que tener su pequeño festival, porque además, frente a otras propuestas musicales, parece que el jazz da cierto pedigrí. Sin embargo, los que realmente terminan siendo sostenibles son los que tienen grandes presupuestos, apoyo institucional serio y una organización consistente.

Respecto a la segunda cuestión, Raqueros del Jazz sigue manteniendo la misma financiación por parte de la Fundación desde el principio. Esa ayuda se consiguió a través de un concurso entre distintos proyectos y, desde que se nos concedió, el ciclo ha pasado a formar parte de la programación estable de la Fundación, lo mismo que otras iniciativas, como la de danza Gracias, por favor.  Por esa razón se ha mantenido, y creo que desde la Fundación lo han planteado bien: en lugar de reducir las aportaciones y mantener muchos proyectos con partidas mucho más bajas y quizás de menos calidad, han optado por mantener programas mejor financiados y que ya han dado resultados reseñables. Es que si no, terminas organizando cosas cada vez más pequeñitas, que tiene menos impacto y más dificultades para consolidarse. Y es inevitable no volver a lo que te decía antes: sin inversión, sin un presupuesto claro, no se sacan las cosas adelante con unos mínimos de calidad y solvencia.

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Foto: Pablo Lobo.

¿Hemos dejado atrás el tópico típicamente santanderino de «aquí no se hace nada»?

Sí, pero te digo más: para una ciudad del tamaño de Santander puede que haya un exceso de propuestas. Pero prefiero eso a que haya poco, lógicamente. Realmente, creo que hay pocos sitios que tengan tantas iniciativas en marcha, con un montón de gente haciendo cosas muy interesantes, que para mí es lo más importante. Y claro, en esto me repito: el apoyo institucional es muy pequeño, dado que se hace mayoritariamente a través de la Fundación Santander Creativa y con esto te remito a lo que comentamos hace un momento. La gente que está haciendo cosas en Santander y en Cantabria, además en campos diversos (música, teatro, danza, fotografía, poesía, etc.), es muy activa y tiene mucho potencial.  Luego, si lo comparas con otros lugares de España, alucinas, sobre todo si no pierdes de vista que esta es una comunidad muy pequeña. Otra cosa fundamental y que echo de menos es la posibilidad de poner en relación a todas esas personas, ya que parece que cada uno va por su lado, que a veces ni nos conocemos entre nosotros y no sabemos lo que está haciendo cada cual. También creo que, si desde las instituciones se lo creyeran realmente, se lo podría sacar mayor partido a todas esas iniciativas, pero, como siempre, la sociedad va por delante de los políticos.

¿De dónde tendría que venir ese instrumento catalizador que sirva para conectar gente e iniciativas?

Creo que esa función la podría cumplir perfectamente la Fundación, pero, otra vez, con presupuesto tan bajo no puedes llegar aquí y querer abarcar todo. Por eso siempre hay quejas, además de que, como en todo, a veces el trabajo no se desarrolla bien. Pero, como te digo, creo que podría hacer muy bien esa labor; si ha habido un cambio en esta ciudad para los que nos movemos en estos ámbitos, ha sido desde que se puso en marcha la Fundación, que aun con sus limitaciones ha sido capaz de pegarle una vuelta a todo esto y ha animado a mucha gente a hacer cosas, dando la posibilidad de subirse a un carro de actividades.

¿Qué papel crees que cumplirá el Centro Botín en todo este entramado?

Depende como se aproveche. Puede ser muy positivo para la ciudad o puede ser una anécdota pintoresca de tal o cual que viene a la ciudad y pasa por el Centro, pero sin repercusión real. Si no va a tener una repercusión en la vida de la ciudad, no tiene sentido, y para eso tiene que haber una colaboración entre el Centro y las instituciones. Por lo que estoy viendo, aunque es pronto todavía, va cada uno por su lado. Por ejemplo, el Guggenheim lo ha conseguido porque, en buena medida, fue una apuesta de la ciudad de Bilbao con vistas a suplir otras carencias. Allí veían venir la crisis industrial tremenda y entendieron que tenían que darle una vuelta a la ciudad, así que asumen que tienen que hacer una inversión general y ahí el Guggenheim es el símbolo. Todo está sometido a crítica, claro, pero ahí por lo menos hay una iniciativa clara y nadie puede decir que eso no ha repercutido en la ciudad.  Así pues, considero que si no hay esa colaboración es complicado que un proyecto como el Centro Botín repercuta más allá de las bonitas vista de la bahía desde su azotea. Y sería una pena, porque es algo que ya está hecho y que, siendo irreversible, lo ideal es que por lo menos se le saque partido. Por otro lado, creo que el Ayuntamiento, por las vías que sea, no debe dejar de organizar otras actividades y dar salida a otras iniciativas que hagan atractiva la ciudad, sobre todo para los ciudadanos en su vida diaria y luego, si también lo es para los turistas, mejor todavía. Pero la colaboración, insisto, es necesaria, pero me temo que no lo tienen claro y cada uno irá por su lado. Digo todo esto, no obstante, con precaución, porque ciertamente es muy pronto y habrá que esperar a que pase más tiempo para hacer valoraciones mejor fundamentadas.

¿No crees que hay cierto riesgo de que un coloso como el Centro Botín termine absorbiendo o ahogando otras iniciativas menores?

Ese es otro de los peligros, claro, que todo se quiera o pretenda canalizar a través del Centro. Como te comentaba, hay mucha gente haciendo cosas y creo que podría ser frustrante que eso se quedara en nada por falta de facilidades. Te pongo un ejemplo propio: para nosotros es muy complicado hacer conciertos de jazz en el bar cobrando una entrada cuando tienes a la Fundación y al Centro Botín programando gratis. Entonces, si queremos hacer los conciertos sostenibles y cobramos una entrada, se hace muy difícil si esas grandes instituciones van a su aire, porque obviamente, no podemos competir con ellos. Pero me temo que pedirles que tengan en cuenta el entorno en el que están es pedir demasiado.

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Foto: Pablo Lobo.

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