Carmen Bartolomé (Santander, 1976) es una cantante y compositora de folk-rock cántabra más conocida por su nombre artístico, Mehnai. Con dos discos en su haber, Grab it while it is hot (2011) y Trust freebird (2014), ambos producidos por Fernando Macaya en los estudios Moon River, cuenta con una de las propuestas más hermosas e interesantes de la escena musical santanderina. Tras superar una grave enfermedad que la mantuvo apartada del circuito por más de un año, ha regresado rebosante de vitalidad, optimismo y ganas de seguir ofreciendo su música allí donde le den la oportunidad.
Nos citamos en el mítico Rvbicón de Santander para hablar de su trayectoria, de sus discos, de esta nueva fase que ahora afronta y de otras muchas cosas. De fondo, un silencio solemne sólo quebrado levemente por el rugido lejano de la máquina de palomitas que Marcos prepara antes de abrir las puertas. Precisamente aquí, Mehnai dio uno de los primeros conciertos tras su regreso, en el que desgranó algunos de sus temas más conocidos en un formato Trio que, según nos cuenta, será la manera más habitual en que la veremos próximamente.

 

Empecemos por el principio, por tus primeros recuerdos musicales. ¿Qué sonaba en tu casa cuando eras pequeña?

En mi casa había muy poca música más allá de la radio. Mi madre escuchaba copla; me acuerdo de Marifé de Triana. Luego, cuando nos hicimos con nuestro primer radiocasete, recuerdo que mis hermanas escuchaban sobre todo música española, especialmente flamenco. Yo era la más rara, iba por otra onda: mi primer casete fue de Sinèad O’Connor. En mis inclinaciones musicales pesaron más las influencias de compañeros de clase o vecinos, que me hacían llegar cosas muy diferentes a lo que se escuchaba en casa. Recuerdo también un disco de Depeche Mode y de los Smiths.

Háblame de tus primeros pasos en la música. ¿Fue primero la guitarra y luego la voz, o al revés? ¿Recuerdas tu primera vez en el escenario?

Hasta donde me alcanza la memoria, yo he cantado siempre, pero la clave fue el coro de la iglesia. Yo fui acompañando a mi prima y coincidió que ensayaban una nueva canción; en la ronda me pidieron que cantase, canté y, acto seguido, me apunté al coro. Con el paso de los años me fui quedando sola, porque las niñas iban abandonando y el conjunto iba perdiendo fuelle. Esto fue lo que me llevó a aprender a tocar la guitarra, para poder acompañarme.

Después de esa primera experiencia tuve un grupo en el instituto, también canté en una orquesta durante un año para sacar algo de dinero y poder marchar a Madrid. Allí estudié teatro musical, que era genial porque lo englobaba todo: música, interpretación, baile… Pasé brevemente por un coro de música clásica, y luego estuve un buen tiempo sin proyecto musical. Tocaba en casa, sacaba alguna que otra canción, pero no participaba en ningún grupo.

¿De dónde y cómo surge Mehnai?

Cuando nacieron mis dos hijas tuve algo así como una depresión post parto, estaba muy triste, muchas cosas carecían de sentido para mí, no me sentía realizada. Hay un cambio hormonal muy brusco después de dar a luz. Asistí a varias terapias, me recetaron medicación, aunque yo sabía que no era para tanto. La cosa es que en una de esas sesiones la terapeuta me dijo: «encuentra algo que te guste, agárralo y materialízalo». Eso me llevó a hacer una reflexión profunda y me di cuenta de que lo que soy, como me siento, es cantante. Soy más cosas, por supuesto: madre, profesora o camarera si hace falta. Pero en mi fuero interno más profundo me siento músico. De ahí me propuse montar un grupo de versiones, ya con 35 años. Esto me llevó a contactar con Quique de la Verde, un bajista muy bueno. A él le gustó mucho cómo pintaba el tema y me dijo, muy motivado, «lo que tenemos que hacer ahora es componer nuestros propios temas». Y yo pensaba «claro, claro, ahora con 35 años me voy a poner a escribir canciones y me van a salir». La cuestión es que nos pusimos a ello, Quique y yo nos escindimos del grupo de versiones y nos juntamos con el baterista Nacho Miralles, y así plantamos la primera semillita de lo que sería Mehnai.

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FOTO: Alejandro Rebollo Roldán.

Cuando ya teníamos unas cuantas canciones, programamos un concierto en la fiesta de unos amigos, pero, por motivos que no vienen al caso, tuvimos ciertos desacuerdos y me quedé sin banda. A pesar de ese percance, mi amigo Jaime Colsa me insistió para que subiese yo sola a dar ese concierto. Así que para allá fui y, después de varios años sin hacerlo, me subí a un escenario acompañada de mi guitarra ante el público más complicado, tus amigos con tus propios temas. La verdad es que salió muy bien, tanto que Jaime me dijo «oye, con esto hay que hacer algo». Me puso en contacto con Fernando Macaya y ahí sí que empezó a cuajar el proyecto.

En 2011 ve la luz tu primer disco Grab it while it is hot, producido por Fernando Macaya en los estudios Moon River. ¿Qué tal fue esa experiencia?

Para mí era todo muy novedoso, porque nunca me había enfrentado al estudio de grabación. Fue maravilloso encontrar a alguien que le gustara lo que haces, que se interesase, y más alguien como Macaya, que es un referente en Cantabria. Yo lo viví como un sueño, como un subidón, porque, imagínate, estás rodeada de gente haciendo cosas para arropar tus canciones. La verdad es que tuve mucha suerte.

Cuando ya tuvimos todo listo sólo faltaba ponerle nombre al proyecto. Dándole vueltas al asunto decidí usar un alias que ya tenía en internet y que, por lo demás, es como llamamos a mi hija pequeña en casa. La niña se llama Jimena, pero siempre nos referimos a ella como «Mena» o «Menita» o «Menai». Para mí significa «luz» y fue así como la recibimos cuando nació, por eso la quería llevar siempre conmigo. Ahora estamos con un proyecto de música electrónica que se llamará «Lullaby», en referencia mi hija mayor, Olivia, a la que en casa llamamos «Lula».

Hay dos canciones de ese disco que quiero que comentes: Red, que siempre triunfa en tus conciertos; y Storm, primer single, que fue acompañada de un vídeo clip.

Red es la canción más moñas que he escrito nunca, pero es muy instantánea y sencillita. Siempre hago la broma de que la están estudiando en Berklee por la complejidad armónica. Y la letra… no te lo puedo contar [risas]. Digamos que trasciende más allá del color [más risas]. Y Storm, bueno, es una canción que grabé una noche de tormenta. Cuando empecé a componer no tenía grabadora, pero me habían regalado una cámara de vídeo, que acabé utilizando para acordarme de lo que había tocado. Hacía tomas muy largas, como buscando algo, improvisando. Todo esto por la noche, en el porche, después de acostar a las niñas. Estaba en una de esas cuando empezó a caer una tormenta de verano terrible, con rayos y truenos. Me moría por salir a mojarme y a saltar de un lado para otro, pero no podía. De repente me di cuenta de que no podía hacer ya esas cosas, así como otras, por haber adquirido mayores responsabilidades. La canción es una especie de oda a ese momento en el que hay cosas que te apetece hacer pero que ya no puedes, o no puedes de igual manera. Eso es lo bueno de las canciones, que te liberan en cierto modo de esas cargas y tensiones que te acucian y que a veces sientes que te atrapan. Es algo terapéutico.

¿Cierto que Quique González grabó los pianos del disco?

Sí, eso fue tremendo. Macaya, claro, se lo iba poniendo a todos sus amigos. Me decía «ya verás, esto se lo voy a poner yo a Quique [González] y, si le mola, vendrá a hacerse unos pianos». Recuerdo que me escribió un mensaje con un «está aquí, escuchándolo»; luego, otro «está aquí y está grabando, baja». Yo estaba en casa, comiendo unas lentejas, dejé todo y cogí el coche. Creo hay alguna foto mía mirando a través de la pecera, alucinada. Fue increíble.

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Imagen del videoclip de “Storm”. FOTO: Maxi del Campo.

Tres años después ve la luz Trust Freebird (2014), donde repite Macaya como productor y arreglista. ¿Qué supuso este trabajo respecto del anterior? ¿Hablamos de un álbum conceptual?

Hay que partir de la base de que en el anterior las canciones salían en cualquier momento. Red la escribí mientras hacía una tortilla [risas]. Parece que tenía tanto que decir, que fluían. Con este disco una va perfilando la técnica a la hora de componer. Yo hablo siempre de amor y mis canciones más o menos siempre siguen un patrón. Lo que en este caso hice fue coger una serie de cortes que en conjunto reprodujesen el proceso que vive una relación, desde los primeros momentos, con sus incertidumbres y esperanzas, el paso por la euforia, las crisis y tiranteces hasta el desenlace… Yo reuní esas canciones mientras estábamos en la presentación Grab it while it is hot, me acompañaban los Chick Tones, un flipe, a la espera de ver qué pasaba dentro de lo complicado que está el tema discográfico. Le dije a Macaya que me apetecía grabar otro disco, pero él empezaba a estar más liado con el cambio de estudio y cada vez tenía más cosas que hacer. Entonces, recuerdo que nos fuimos a ver a Richard Hawley, que fue un concierto increíble. De ahí salimos los dos como «joder, esto es lo habría que hacer». Un par de días después me mandó un mensaje diciéndome algo así como «te vamos a hacer un disco que va a partir la pana». Lo típico, nos vinimos arriba y con esa perspectiva nos pusimos a grabar. Fue complejo, porque él usa muchas capas, además de que contamos con un cuarteto de cuerdas. Pero yo creo que quedó muy bien, muy fino.

¿Presentaste el disco en el Conservatorio, en un concierto con toda la banda?

Te tengo que contar que cuando se terminó de grabar el disco, Fernando [Macaya] me entregó el máster y me dijo que no me podía acompañar, porque estaba muy liado, a mil cosas. Muy comprensible, por lo demás. Y yo me vi sola de nuevo sin saber qué hacer con ello. Al final, me puse las pilas y me dije que al menos había que bautizar al «niño», aunque luego no pase más nada. Con esa ilusión lo hice y lo preparé; me puse a reunir a todo el mundo para hacer un concierto de presentación, conseguí unos músicos excelentes, de mucho nivel, que me ayudaron mucho. Pero claro, yo estaba un poco angustiada, porque, imagínate, quién puede sustituir a Fernando Macaya a la guitarra, por ejemplo. La idea era grabar el concierto y que nos quedara un recuerdo bonito, aunque sólo fuera para la morriña. Todo fue genial, llenamos el auditorio y yo me fui para mi casa con un subidón alucinante. Pero, y siempre hay un pero… A los dos días, alguien me dice «¿ya te has recuperado, no? Se ha perdido el audio de la grabación». No veas qué bajón: se había estado grabando vídeo y audio, pero no sé por qué se había quedado sin sonido. Los chicos a los que había encargado el montaje hicieron un apaño, mezclando un momento del ensayo en el que estamos todos con imágenes del concierto, y eso es lo que al final nos quedó.

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Imagen del disco “Trust Freebird”. FOTO: Margot Sowinska.

Además de tu venerado Sufjan Stevens, ¿cuáles son las principales influencias que han marcado de algún modo tus composiciones?

Ya sabes que he montado una secta en torno a la figura de Stevens [risas]. En serio, si tengo que buscar una influencia global, sin duda Sinèad O’Connor. Mehnai suena a Sinèad O’Connor, se puede decir. Yo aprendí a cantar con ella. Pero hay más, por ejemplo tuve una época en la que escuchaba bossa, con Caetano Veloso a la cabeza; también The Smiths o Depeche Mode, que me marcaron cuando era más pequeña. Y que hayan sido decisivos en lo musical, por decirlo de algún modo, un disco de Caetano, Circuladô Vivo, y Nick Drake, que la primera vez que lo escuché me dejó flipada. Recuerdo que me lo pasó Jesús Bombín cuando vivía en Madrid. Y un poco más tarde Jeff Buckley y su Grace, que también me influyó, ¡como para no! Pero el catacrocker que hizo que todo tuviera sentido fue el descubrimiento, a través de Quique de la Verde, de Joni Mitchell, con sus discos Blue y Hejira.

Curiosamente, en un disco de versiones de Joni Mitchell que me regaló Macaya descubrí a Sufjan Stevens, que tocaba A free man in Paris. Me llamó mucho la atención la orquestación del tema, una cosa muy friki. Me puse a investigar, a escuchar y, bueno, se convirtió en algo así como mi héroe [risas]. Para mí lo engloba todo: una sensibilidad en lo musical que va mucho más allá de lo que yo haya encontrado en otros músicos; por otro lado, sus letras parecen escritas para mí, ¿sabes? Cuando te cuesta poner juntas dos palabras para explicarte y de repente llega este señor y te hace una canción o poema de sesenta versos que te definen con una naturalidad tremenda, es maravilloso. Además tiene una historia vital también muy interesante. Su último disco es una oda a la muerte de su madre, con quien él no tenía una buena relación. Pues eso coincidió con la convalecencia de mi padre. Fíjate, era la historia de mi vida en ese año y Sufjan le había puesto letra y música: «we’re all gonna die». Si a esto le sumas que soy un poco mitómana, pues no hacía falta más.

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FOTO: Alejandro Rebollo Roldán.

Y entonces vino «el dragón», como tú misma lo has llamado: te diagnostican cáncer. Preguntar por ello puede resultar grosero, pero ¿cómo te encuentras? ¿Es historia pasada?

Estoy muy bien, la verdad. Ahora hace un año que empezó esa pelea, pero me siento bien. Debo decir que, aunque grave, no era lo peor, porque si me llegan a diagnosticar cáncer de páncreas o algo por el estilo, seguramente no estaría aquí. En mi caso se trataba de cáncer de mama con metástasis en la axila, que era la más habitual en este tipo de dolencia, pero con un pronóstico muy bueno, de un 90% de posibilidades de éxito. Ahí es cuando ya te puedes echar a llorar: tienes 39 años, dos niñas pequeñas, te van a dar quimioterapia y hasta radiación, pero sabes que lo vas a superar. Fue lo que me dijeron, que pasaría un año muy jodido, pero que lo superaría. Y así es. Ahora las únicas secuelas son una cicatriz y el pelo, que lo tengo como el tuyo [señala la tupida mata de pelo rizado del entrevistador; risas]. En lo emocional, la experiencia me ha dejado muchas ganas de vivir, de seguir haciendo lo que me gusta y contando lo que quiero contar. A menos que me digan lo contrario, yo confío en que estoy curada.

Hace un par de meses vuelves a la escena musical. ¿Cómo se presenta el futuro?

Se presenta bastante bien, yo estoy muy ilusionada. Ahora estamos en formato Trio, con Rodrigo Irizábal, que es un fenómeno a la batería, y Quique de la Verde, que después de todos estos años nos hemos vuelto a juntar. Aunque él se ha tenido que marchar y se ha incorporado Carlos Gutierrez Conde al bajo, que es otro crack. Y estoy muy contenta con este proyecto.

¿Hay idea de sacar algún disco, tenéis algo en la cocina?

Sí, la cosa es sacar algo. Tenemos bastantes temas, que ya tocamos en los conciertos y tenemos ganas de grabarlos. Date cuenta de que Trust Freebird tardó casi un año en cocinarse, pero yo seguía escribiendo canciones. De hecho, Cold, cold colder iba a ir en ese disco, pero se dilató tanto el proceso que ya era complicado darle más vueltas que podrían suponer más retraso. Son canciones de esa época en su mayoría. Por otro lado, también es cierto que desde que pasó todo lo de la enfermedad yo no he vuelto a escribir nada y es difícil que me salga sin más. Han pasado muchas cosas en este año que todavía estoy procesando. A ver, tampoco me voy a poner a escribir ahora una oda al cáncer o a la muerte de mi padre, ya que no tendría mucho sentido, quizás sería muy forzado. Hay que esperar y ver cómo se da. Tenemos bastantes canciones como para hacer un EP, pero también está el problema de la financiación. No hay prisa; lo que más me emociona ahora mismo es que mi banda me pide ensayar, estar en la dinámica de tener grupo e ir dando bolos. Si hay posibilidades del EP, ya llegará.

¿Qué es «Muertos de Hambre»?

A ver, después de la presentación en el Conservatorio me volví a quedar sola, así que agarré la guitarra y me puse a dar conciertos. Un día, después de un bolo en Torrelavega, se me acercó un chico del público, Yeyo, al que le había gustado mucho y me propuso hacer algo juntos. Y yo que me apunto a todo [risas]. La propuesta era muy curiosa, él pinta mientras yo canto. Y eso es Muertos de Hambre. El primer concierto fue muy bien, a pesar de los nervios, porque no sabíamos lo que saldría y, sobre todo, porque no nos conocíamos, que era lo más bonito. La cosa es que Yeyo es una persona magnífica y de ahí se ha creado una relación de amistad muy intensa. Recuerdo que el verano pasado, en medio de la vorágine del cáncer y demás, no nos podíamos ir de vacaciones dado que para mi marido es temporada alta en el bar; Yeyo y Nuria (su mujer) cogieron su furgoneta y con mis dos niñas nos llevó a veranear a Tarragona. Imagínate, el momento más bajo de todo el tratamiento, con mi primera sesión de quimioterapia dada, con el pelo cayéndoseme… pero ese no podía ser el verano más triste de nuestras vidas, y el tiró de mí, de las niñas… Así que ahora tocar mientras él pinta es siempre muy especial por esa relación que se ha creado.

Ahora vamos a presentar todo el conjunto, Mehnai Trio con Yeyo Art. Además, últimamente ando jugando con la guitarra eléctrica y una pedalera, evolucionando, que es fundamental para mí. No sé cómo quedará, pero hay un pedal que simula la guitarra acústica del que puedo tirar en caso de que me pierda [risas].

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Foto: Margot Sowinska.

Hemos pasado del «aquí no se hace nada» a comprobar cómo la vida cultural y musical de Santander es cada vez más viva. ¿Cómo ves la escena musical de la ciudad? ¿Entre los jóvenes, has echado el ojo a alguno/s?

Lo cierto es que por mis circunstancias tampoco conozco a muchos jóvenes músicos, si no es porque he coincidido en algún concierto para tocar juntos o algo así. Te puedo hablar de mis gustos, claro, porque, como una vez le oí decir a Macaya, cuánta gente hay por ahí haciendo cosas que está por ser descubierta. Yo pienso lo mismo, es decir, conozco unos cuantos grupos en la escena cántabra que me encantan, pero estoy segura de que me faltan por descubrir un montón. Uno de esos grupos que me dejó impresionada fue Crayolaser, que ahora son jóvenes, pero los conocí cuando tenían 16 años y recuerdo haberles pedido que me dejaran ir a algún ensayo. Yo aluciné con que hubiese gente de aquí, de esa edad a un nivel musical tan alto. Íñigo [teclista y cantante] ya ha terminado estudios superiores de Composición en el Musikene de Donosti, o sea, que son palabras mayores. Hicimos una colaboración y grabamos un tema que quedó genial. Para mí ellos son lo más top que hay ahora mismo aquí.

Otro grupo que me encanta es Repion. Me acuerdo que Macaya me hablaba de ellas y yo le decía que ya habría ocasión de coincidir. Pues me quedé boquiabierta. Además, tiene el punto femenino, o feminista si quieres, de un trío con dos chicas con esa potencia, una a la batería y otra a la guitarra eléctrica, que hace que las mires con orgullo. No puedo describir cómo toca la batería Teresa, hay que verlo. Y luego una piensa que son tan jóvenes, con tanto margen de crecimiento, que no sabe a dónde pueden llegar. Yo creo que con Repion y Crayolaser va a pasar algo bueno, tienen muchas posibilidades de saltar ese clip, y no sé si vivir de esto, pero si espero que al menos puedan grabar sus discos y seguir dando sus bolos.

Luego está Chico, con Mario de Inocencio, que eso son palabras mayores, es un nivel más consolidado, dentro de que son más de mi quinta. Me gusta mucho lo que hacen. También te podría decir Eyeslandic o Juan Terán, dos proyectos muy interesantes que están a punto de sacar disco. Pero estoy segura de que hay gente haciendo cosas muy buenas fuera de lo que es mi órbita del folk o folk-rock.

¿Cómo ves que cada vez más bares apuesten por la música en directo?

Es una muy buena noticia, sobre todo para casos como el mío, que tienes que tocar en Cantabria, porque es muy raro que te salga un bolo en, no sé, Gijón o Bilbao, por decir lo más cercano. Además, cuando una banda prepara sus canciones y ensaya, lo que quiere es tocar en directo; finalmente, tocas donde te dejen. Ahora estamos aquí en el Rvbicón, que es ideal para el músico; a todos nos gustaría tocar en sitios que se parezcan al Rvbicón. Hay debate sobre esto y yo estoy convencida de que es una cuestión de cultura y, a veces, de educación, ya que el respeto tiene mucho que ver en este asunto. En ocasiones afronto los conciertos como quien va a una plaza a faenar. Seguramente esté tirando piedras contra mi propio tejado, pero hay lugares que o bien porque no hay hábito de tener música en directo o bien porque hay gente que viene a figurar para luego decir «he estado en un concierto en tal sitio», terminan siendo muy incómodos para el músico. Falta cultura de escuchar, creo yo. Pero vamos mejorando. Por ejemplo, tuve dos conciertos seguidos hace un par de semanas; en uno tuve problemas con alguien del público (seguramente confundimos los términos las dos partes), en el otro, al que iba con Yeyo, el dueño del bar nos presentó antes de empezar. Esto fue genial, dado que supone un respaldo importante: efectivamente, nos han traído los del bar, no es que hayamos venido aquí porque nos diera la gana. Pero bueno, es muy positivo que hay cada vez más oportunidad tocar ante gente, y que dure. El resto, se andará.

Para acabar, ¿algún deseo que formular para los años por venir?

Me gustaría, y es a lo que aspiro, seguir así, haciendo lo que estoy haciendo, a este nivel, ni más ni menos. Continuar acompañándome de músicos que me aporten y descubriendo gente maravillosa por el camino. Nada más.

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FOTO: Alejandro Rebollo Roldán

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