Me llamo Mercedes Trueba, pero todos me llaman Merche. Pronto espero cumplir los cincuenta y dos años. Estoy casada y tengo dos hijos, Nuria y Hugo, que ya no viven con nosotros. Mi marido se llama Esteban. Es un hombre bueno, callado y con cierta debilidad de carácter. A pesar de su general gentileza y buen trato, a veces tiene súbitos arranques de mal genio. Pienso que es porque no ha conseguido realizar en la vida sus sueños y ese fracaso le llena de amargura. No se lo tomo muy en cuenta, creo que algo de eso nos pasa a casi todos. Hace tiempo que en nuestra relación desapareció la pasión, pero cuando vuelvo del trabajo y entro en casa siento que llego al hogar. Aunque hablemos poco y llevemos vidas muy independientes, me gusta sentirlo ahí, cerca, en la casa, y oír sus pasos por el pasillo y sus carraspeos en el salón. Para mí su presencia es como el agua que permite al pez nadar.

Todos los veranos, a principios de agosto, nos vamos a pasar una quincena de vacaciones. Siempre vamos al mismo sitio: una zona de bungalós, rodeada de pinos y a un kilómetro de la costa. Este año hemos ido con los padres de Esteban, dos personas adorables que me hubiese gustado tener como padres. Con los míos, que en paz descansen, nunca me llevé bien. A mí me encanta la playa. Me gusta tumbarme y sentir cómo el sol va llenando mi cuerpo de un peso dulce como una caricia, hasta que de pronto me parece que me desprendo de él y comienzo a flotar al compás del rumor de las olas. También me gusta jugar con la arena y pasear por la orilla con los pies en el agua. Pero lo que más me gusta es nadar adentro, muy adentro, tan adentro que, cuando vuelva la mirada a la tierra, sólo pueda ver la playa como una estrecha cinta rubia ribeteando el verde oliva de los pinos. Entonces, también me siento en el hogar.

Cuando volvimos de vacaciones se estropeó el coche. Nos quedamos tirados a mitad de camino. Tuvimos que llamar al seguro. La grúa tardó en llegar unas dos horas. Fue muy molesto esperar en el arcén de la carretera, en medio de aquella llanura sin una sola sombra. La avería resultó grave. Hubo que llevar el coche a una ciudad a unos cincuenta kilómetros. Allí el seguro nos prestó un coche para poder continuar el viaje. Decidimos que Esteban y su padre se quedasen en aquella ciudad hasta que al día siguiente el coche estuviese arreglado. Mi suegra y yo reanudamos el viaje en el coche del seguro. Llegamos sin novedad y, tras dejar a mi suegra en su casa, me fui a la mía. Esteban no tardo en llamarme por teléfono. Bromeamos un buen rato sobre la ocasión que se nos presentaba a los dos para tener una aventura. Nos despedimos casi como cuando éramos novios. La verdad es que aquella oportunidad de pasar una noche a solas en casa me gustaba mucho. Deshice las maletas y me preparé una comida ligera. La noche era calurosa y cené en el balcón. Muchos vecinos hacían lo mismo. Por todo el barrio se oía a la gente pasándoselo bien. Cuando terminé de cenar me repantigué en el asiento y cerré los ojos. Mi cuerpo empezó a pesar agradablemente hasta que, poco a poco, dejé de sentirlo y las voces y risas de los vecinos se convirtieron en el rumor del mar y los pasos de mi marido. Me despertó un doloroso pinchazo. Pensé que la cena me había sentado mal y tomé una pastilla. Me fui a la cama a eso de las dos. Tardé en dormirme por el dolor que no acababa de irse.

 Cuando me desperté al día siguiente vi que sangraba. Me asusté y fui a urgencias. Me miraron y me hicieron unas pruebas. Esteban y mi suegro tardaron dos días más en llegar. Me han diagnosticado un cáncer de ovarios.

Hace un mes que volvimos de vacaciones. Dentro de una semana terminará el verano. Creo que tendré que hacer del otoño que se avecina un hogar. Quizás pueda dejar de sentir este peso nuevo en mi cuerpo y volver a flotar.

Y esta ha sido la experiencia más importante que he tenido este verano.

Un relato de Ramón Qu ilustrado por Carmen Gutiérrez Somavilla para Revista Amberes.

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