En el fondo de nuestros libros de textos de bachillerato yace la oposición Modernismo-Generación del 98. En alguna parte de nuestra mochila literaria reside esta contraposición lejana: evasión, exotismo, erotismo y delicadeza de la literatura modernista hispanoamericana opuesta al casticismo, a lo grave, serio y solemne de la Generación del 98. En este artículo, voy a apoyarme en las palabras de Eduardo San José, profesor experto en literatura hispanoamericana de la Universidad de Oviedo, para expresar la idea de que, en realidad, Generación del 98 y Modernismo, la España profunda y la Latinoamérica más cromática, comparten una tendencia estética y de espíritu en la que el canon es marcado por los escritores latinos. Os prometo que no será aburrido.

Vamos a remontarnos por unos minutos a 1898, un año clave en la historia de España, el año de «El desastre»: España pierde sus últimas colonias de ultramar (Cuba, Puerto Rico y el archipiélago de las Filipinas), y entra en guerra con Estados Unidos (guerra hispano-cubano-norteamericana). Cuba y Filipinas se independizarán a la larga y Puerto Rico se convertirá un Estado Libre Asociado, un protectorado de los EE.UU. Estando así las cosas, nos encontramos con que los hispanoamericanos se sienten más vinculados a España que en tiempos anteriores a la independencia. Ahora España e Hispanoamérica tienen un enemigo común: Estados Unidos. La presencia estadounidense, que amenaza equilibrio continental y la unidad panhispánica, les hace añorar y querer reivindicar su raíz hispana; España, lo que fuera el gran imperio, ya no da miedo, sino lástima, y ahora la búsqueda de una soberanía común se hace más necesaria que nunca (algo cercano a la realización del proyecto de «la Gran Colombia» de Bolívar). Por primera vez, las repúblicas de América del sur se han unido y han elegido llamarse Hispanoamérica: estamos siendo testigos de una rehispanización sentimental. Así, José Martí, principal revolucionario, pensador y poeta cubano, dice que la lucha contra España no le aborrece, que él sí que ha estado «dentro de Goliat» (refiriéndose a su exilio en Nueva York), y sabe lo que no quiere para su patria: insta a la lucha por una independencia cubana sin la ayuda de EE.UU., nación que sabe se adueñaría de Latinoamérica.

El acorazado Maine entrando en el Puerto de la Habana en 1898.
El acorazado Maine entrando en el Puerto de la Habana en 1898. La explosión de esta embarcación dio la excusa a EE.UU. para entrar en la guerra de Cuba.

Europa y América son en este momento continentes de dos velocidades: Francia, Italia  España por un lado y América del sur por el otro se resisten a la modernidad industrial de los países del nórdicos y de los EE.UU., respectivamente, replegándose en una resistencia basada en la moralidad. Se recuperan clichés nacionalistas para crear un autorretrato de estos pueblos inferiores en lo material pero superiores en lo moral, un autorretrato cohesionado que refleje el orgullo de los vencidos, que no se suman a la fe ciega en el capitalismo que se les está tratando de imponer. Veremos que el Modernismo, por tanto, no puede clasificarse como un movimiento meramente estético, apolítico, un ars gratia artis ajeno a lo que estaba ocurriendo, sino, muy al contrario, como un movimiento literario en el que la mitología, lo simbólico, melancólico y pagano vienen a reclamar una espiritualidad necesaria en momentos de crisis geopolítica y económica. El mundo modernista de los tonos pasteles y las formas caprichosas estaba, en realidad, acusando un desinterés latino frente a la modernidad, y no solo evadiéndose de ella; era una respuesta de introspección frente al industrialismo anglosajón, el modelo estadounidense que también se estaba tratando implantar en Europa: Theodor Roosevelt y su proyecto de política panamericana basado en la unidad económica.

En la literatura, como en la arquitectura, el Modernismo más temprano sí que puede definirse como un arte preciosista, preocupado ante todo por la elegancia de la forma, pero veremos que esta corriente va más allá de los cisnes y princesas al estilo de Rubén Darío, existe una reivindicación de las raíces hispanas, aunque el indio aún no esté presente en estas literaturas. Se trata de una corriente paradójica, que no puede definirse por oposición a la generación del 98, pues no difiere tanto del afán por regenerar de la generación literaria española. Juan Ramón Jiménez diría que el Modernismo no es cosa de forma ni de escuela, sino de actitud,  «un movimiento de entusiasmo y libertad en busca de la belleza».

Ruben Darío.
Ruben Darío.

En 1892, Rubén Darío es recibido en España como un gran maestro, reconocido por los jóvenes escritores: Antonio Machado, Ramón María del Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez… Pío Baroja, parece que por ir a la contra, aborrecía abiertamente a Rubén Darío. En una ocasión, el escritor nicaragüense se refirió a Baroja como un escritor «de mucha miga», a lo que añadió: «ya se conoce que es panadero». En realidad, Baroja era dueño de una panadería algo exquisita, que aún existe en Madrid.

Cuando estas palabras llegaron a oídos de Baroja, este respondió resuelto, apenas tocado su orgullo: «Rubén Darío, escritor de buena pluma. Ya se conoce que es indio». En este mismo año, 1892, Valera escribe a Menéndez Pelayo: «Darío es natural y espontáneo, aunque primoroso y como cincelado». De estas anécdotas se han servido historiadores de la literatura como Guillermo Díaz-Plaja, autor de Modernismo y 98, que han relatado estos enfrentamientos para crear un mito de oposiciones de dos mitades irreconciliables: la estética frente a la sobriedad, el “fetichismo de la forma” frente al fondo existencial, la evasión frente al compromiso.

«¿De dónde procede, entonces, está oposición rotunda de Modernismo y Generación del 98?» os estaréis preguntado a estas alturas del artículo. Pues bien, es este un contraste heredado de nuestro paisano Menéndez Pelayo, historiador crítico, muy preciso y técnico en sus teorías literarias, pero, al fin y al cabo, un católico tradicionalista con una visión algo limitada de lo que fue este movimiento integrador. Así, en sus palabras, el Modernismo es «caprichoso, afeminado, esteticista, pintoresco», mientras que la generación del 98 es «esencial, viril, profunda, grave». ¡Atención a los adjetivos seleccionados! Algo parecido sugiere Pedro Salinas en su ensayo “Modernismo y 98: una oposición de espíritus”, donde declara que el Modernismo es un movimiento esteticista y la generación del 98 una corriente de pensadores. Un tiempo después, el autor revisaría este escrito y sus contundentes palabras.

Pío Baroja.
Pío Baroja.

Lo que estamos viendo es que a este sistema de oposiciones le sobran piezas, solo se han elegido las muestras más extremas: Azorín, por ejemplo, no encaja en la definición del Generación del 98, pues el léxico que selecciona, así como su imaginario es muy colorista; tampoco Manuel Machado, de verso ingenioso y expresivo, con huellas de Verlaine y de los llamados poetas malditos franceses («Me siento, a veces, triste/ como una tarde de otoño viejo;/ de saudades sin nombre/ de penas melancólicas tan lleno»). Ni siquiera su hermano, Antonio Machado, el poeta más conocido de esta generación, puede considerarse antimodernista con una obra simbolista como Soledades; o Valle Inclán, preocupado por una España esperpéntica en su Luces de Bohemia, pero también poeta místico y formalista: «¿Dónde la verde quiebra de la altura/ con rebaños y músicos pastores?/ ¿Dónde gozar de la visión tan pura/ que hace hermanas las almas y las flores?»; tampoco Miguel de Unamuno, escritor y filósofo noventayochista, que se dirige así a su «Ofelia de Dianamarca»:  «rosa de nube de carne/ Ofelia de Dinamarca/ tu mirada, sueñe o duerma/ es de esfinge la mirada/ En el azul del abismo de tus niñas, todo o nada/ ¿ser o no ser?/ ¿es espuma o poso de vida tu alma?». Esta Ofelia podría evocar a la princesa trise de Darío. «La princesa está triste…/ ¿qué tendrá la princesa? […]/ que ha perdido la risa, que ha perdido el color/ la princesa está pálida en su silla de oro, está mudo el teclado de su clave sonoro…  Amado Nervo, pseudónimo del poeta mexicano, en su poema Via, veritas y vita dice: «Mientras, amarlo todo, y no amar nada, sonreír cuando hay sol y cuando hay brumas;/ cuidar de que en la áspera jornada/ no se atrofien las alas, ni oleada/ de cieno vil ensucie nuestras plumas». Puede apreciarse que la de los escritores del 98 es una mística que encaja con las preocupaciones de los modernistas.

Será Azorín quien le ponga nombre a esta generación de escritores que testifican el desplome de una nación y encuentran en Castilla y en el tradicionalismo católico el depósito de una moralidad, pero nunca para desgajarlos del Modernismo, ya que incluyó a Rubén Darío entre ellos. De esto se desprende el hecho de que la Generación del 98 sería, más bien, una ramificación del Modernismo y no algo que se define por oposición a la corriente hispanoamericana.

El Modernismo conoce una segunda etapa, en la que Darío superará la expresión preciosista y evasionista para buscar otras formas: «yo soy aquel que ayer no más decía/ el verso azul y la canción profana/ en cuya noche un ruiseñor había, que era alondra de luz por la mañana». Los autores de esta segunda etapa ya no están deslumbrados por el «fogonazo del verbo», ahora asoman las preocupaciones íntimas por encima de las galas retóricas. Estamos ante un movimiento amplio que integra todas las corrientes estéticas y de pensamiento finiseculares: impresionismo, irracionalismo, simbolismo, etc. Se le ha llamado «actitud de siglo», una «rebeldía desencantada frente al estado de cosas». Podéis juzgar, lectores, cuan «caprichoso y esteticista» se muestra el fundador del Modernismo en este poema de 1905 dedicado a Theodore Roosevelt:

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría que llegar hasta ti, Cazador!
Primitivo y moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.
Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de energía,
como dicen los locos de hoy.)
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.
Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras».
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
y la estrella chilena se levanta…) Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.
Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida,
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del gran Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,
la América en que dijo el noble Guatemoc:
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de Amor,
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.
Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

Y es que, quizá, sobriedad y delicadeza no son términos opuestos, la evasión y el compromiso se fundieron en un canto modernista; la pureza y la rebelión estrecharon los lazos de estas dos orillas.

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