Al principio lo único que podía hacer era mirar los edificios; las puertas metálicas; la construcción de los ascensores que parecían fabricados con cartón mojado; las fisuras infranqueables en las aceras; las manos de las babushkas cargadas de historias y  bolsas dirigiéndose hacia los mercados; el baile de los cables en postes de luz; los atardeceres naranjas; las palabras nuevas. Me maravillaba descubrir nuevos portales y olores, papeles de pared y diferentes modelos de alfombras tendidas en los parques de los vecindarios. Acariciaba con mis manos paredes, nuevas hierbas y hundía entre grietas mis dedos. Mi olfato se aclimataba a nuevos olores, aunque fueran rancios; al olor de la kasha por la mañana; a la basura cuando el sol la quema.

Al principio me recuerdo como una niña pequeña con un globo de helio entre las manos. «El primer mes es siempre así, luego te acostumbras», (voz 1). Porque vivir en un país con pasado y presente soviético impresiona, e incluso parece divertido, pero luego duele. Moldavia duele. Moldavia es un país. Un país al que a nadie le importa e incluso cuesta ubicarlo en el mapa. Antes de llegar a Chisinau, la capital, una mujer me preguntó si Moldavia pertenecía a África. Meses después de vivir aquí nadie se acuerda de dónde vivo: ¿qué tal en Mongolia?, ¿o era Macedonia?…. Reconozco que yo tampoco sabía nada y es por eso que aterricé aquí. De Moldavia hay apenas información, y eso lo hace más bello todavía: descubrir un país con tus propios ojos, un país desconocido; abrazado por Ucrania y Rumanía.

Al principio observaba todo desde una nube de felicidad idiota, como si adherir a los objetos, automóviles, alhajas, subterráneos y vestimentas la palabra sóviet, fuera algo guasón. Los turistas que visitan Moldavia al año no sobrepasan los 12.000. Doce mil idiotas vendrán y comprarán “mercancía sóviet”: un ushanka con una estrella roja, matrioshkas con caras de Gorbachov, Lenin, Yeltsin; camisetas de Putin en compañía de un oso. Doce mil idiotas que vendrán y dirán que estuvieron en el último esqueje de la Unión Soviética; que beberán vodka diciendo na zdorovie;  que comprarán cajas de cigarrillos por un euro aunque no fumen. Vienen y se van, pero la gente se queda y la pobreza con ella; y se quedan, esas tan pocas ganas de vivir que producen tantas arrugas en los rostros.

«Todo el mundo se quiere ir de aquí. No hay futuro», (voz 2). Según los datos del último censo Moldavia la habitan unos 4,4 millones de personas. En la capital se concentra el mayor número de habitantes: 671.800. Tras la caída de la Unión Soviética, la República de Moldavia adquirió su independencia en 1991 y desde 1995, está dentro del Consejo de Europa. Después de lograr la independencia, la política exterior del país se ha basado en establecer relaciones con la Unión Europea y buscar su integración. Sin embargo, desde que el prorruso Igor Dodon preside el país, Moldavia está cada vez más lejos de Europa y más cerca de Rusia. La República de Moldavia es el país más pobre de Europa y ocupa el puesto 99 de 169 países de todo el mundo que están en el Índice de Desarrollo Humano. También tiene uno de los niveles más altos de migración: desde 1999 el éxodo se ha producido en dirección a la Federación Rusa y a países de la Unión Europea como Italia, Portugal, España y Francia. Se calcula que desde 1990 hasta el 2005, seiscientos mil moldavos abandonaron su tierra.

«Aquí envejecemos más rápido. El trabajo, la familia, el estrés», (voz 3). Todo influye. Y el alcohol también. Ese olor envasado al vacío que inunda los trolebuses a cualquier hora del día. Esas pequeñas botellas dentro de bolsos, esos rostros más granates, esas chaquetas que envuelven ebrios esqueletos. Esos cuerpos durmiendo en mitad de parques y aceras, esos niños fugitivos y dueños del abandonado Hotel Nacional que esnifan pegamento. Esa mujer que vende gatos a la vez que llora en la avenida principal. Esos perros abandonados, y no solo perros. Salarios de trescientos euros -o menos-, pensiones de ochenta. Ese hombre a la salida del túnel comercial sin brazos ni piernas. Ese miedo a quedarte sin nada, querer partir y no poder. La decadencia. El sin vivir en sus cuerpos, es lo que me duele.

«Años largos/ adolescente en exilio/ cuando mi oído convertía/ el mundo en silencios afilados/ y casi no había sacado ninguna palabra en los primeros años de exilio/ venía al amanecer al borde del Mediterráneo/ con el corazón lleno de trozos de vidrio». Maria Augustina Hâncu, poeta moldava.

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