Cualquier consumidor asiduo de la crítica cinematográfica o espectador inquieto que centre anualmente su atención en los repasos de las jornadas del Festival de Cannes y todas esas cursiladas propias del sector, habrá oído hablar de un nuevo enfant terrible quebequense, precoz realizador y director, que ha hecho mucho ruido en el mundillo durante los últimos años. Su joven talento transgresor y provocador -el pasado septiembre se convirtió en modelo para Louis Vuitton, emulando al malogrado David Bowie  y a otros tantos ilustres iconos culturales que han prestado su imagen a la firma- le han llevado a ser considerado el niño prodigio del sector, en el que se inició con tan sólo 4 años en el terreno interpretativo y con 19 años en la dirección.

Ese bautizo como director se produjo en el año 2009 con I killed my mother, película autobiográfica que se convertía en una vendetta contra la figura de su madre y el marcado papel que había asumido durante su etapa adolescente. Sorprendentemente, su ópera prima consiguió una inusitada notoriedad al acudir a la Quincena de Realizadores de Cannes, recibir una ovación de varios minutos en su primera proyección, y lograr distintas nominaciones en certámenes europeos. ¿El nombre de este prematuro triunfador? Xavier Dolan.

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Xavier Dolan | Pousta

Es posible que este éxito tan sobrevenido y a la vez tan sostenido en sus primeros pasos en la dirección y en la producción cinematográfica le hayan dado al irreverente Dolan la habilidad más importante que podía llegar a necesitar para proseguir con su ímpetu por triunfar en este ámbito no comercial: la autoconfianza. Sin ella, y sin esa liviandad que impulsa a cualquier artista al sentir «que puede hacer lo que quiera», el cineasta canadiense quizás no habría sido capaz de continuar, tras esos primeros pasos tan laureados, deshojando en su obra su experiencia interna de manera tan profunda.

Xavier Dolan vuelve a desnudar las profundidades ocultas tras las frías facciones que le parapetan y acierta al ensalzar lo diferente en su última película hasta la fecha, Mommy (2014). Este largometraje se filmó en un «formato-celda» en 35 mm y con una relación de aspecto cuadrada restrictiva (1:1) que, en una pantalla horizontal, crea la desagradable sensación de estar viendo un vídeo grabado en vertical. Este formato singular e irreverente, acorde a la pretendida originalidad y al cuidado en la forma característicos en el cineasta canadiense, tiene como objeto, según palabras del propio Dolan, centrar la cámara y la atención del espectador en los propios personajes.

Insufrible, atrevido, irreverente, pretencioso, brillante, superficial, genial, presuntuoso o apasionante. Todos estos adjetivos le han sido dedicados por la crítica durante el transcurso de su corta filmografía, en la que se le ha señalado especialmente por una razón: la obsesión del director por sobreestilizar el cine. A ese respecto, se le acusa de volcar todo su talento en el cuidado por el continente, haciéndose patente en sus escritos, carentes de trascendencia, su falta de madurez en el desarrollo narrativo. Si ya ante estas objeciones me mostraba relativamente en desacuerdo al ser aplicadas a sus anteriores trabajos, es en Mommy donde discrepo totalmente. El talento visual y sonoro propio del quebequense sirven, en mi opinión, de envoltorio perfecto para una historia redonda que representa pasión pura por el séptimo arte. Sin embargo, muchos siguen apuntando que su ímpetu juvenil y su obsesión por la forma y por abarcar todas las actividades artísticas que rodean a la realización de un filme lastran el desarrollo de sus proyectos. Pero no nos equivoquemos, el cine de este joven talento canadiense no es ni mucho menos vacuo.

En I killed my mother (2009) el primerizo Xavier Dolan nos presentaba la relación abrupta de un adolescente homosexual con su madre sobreprotectora, con brotes de cierta psicosis; en Les amours imaginaires (2010), la relación tormentosa se convertía en un triángulo tragicómico, como resultado del enfrentamiento de una amiga y un amigo por otro chico; en Laurence Anyways (2012), relato épico sobre la sexualidad, se pone de relieve la soledad de la distinción con el cambio de sexo que acomete el profesor protagonista, y el impacto generado por el mismo en los sentimientos que subyacían en la relación que mantenía hasta entonces; vínculos hirientes, amistades corrompidas y amores patológicos son tratados como enfermedades incurables por el director, conformando en torno a ellos la temática principal de su obra: la incomprensión de lo diferente y el amor, en cualquiera de sus expresiones, no sólo no correspondido, sino rechazado y denostado.

Dolan despierta pasión y odio a partes iguales, pero nunca indiferencia. Esta afirmación, tan manida al referirnos a directores que no siguen la corriente marcada por el mercado, cobra especial fuerza al referirnos a Xavier Dolan. Como en I killed my mother, en Mommy nos encontramos con una progenitora que cría en solitario a su hijo problemático, y en ocasiones violento. Sin embargo, en su último trabajo ese vínculo conforma un triángulo de personajes al añadir a una, en apariencia, angelical vecina. Si en su primera película la esencia era representar el relato de una crisis juvenil y familiar, en su última película Dolan extiende su foco a un conflicto existencial que incluye, de manera especial, un dilema educativo materno-filial y, globalmente, un debate sobre el papel del gobierno en la pedagogía y en los trastornos de la conducta. La acción se sitúa, sin ir más lejos, en un futuro cercano en la que el gobierno canadiense se hace cargo por ley de los adolescentes problemáticos.

Sin embargo, y con el desarrollo de la cinta al compás del marcado papel de la música, los encuadres, el amor y la amistad, queda patente que de lo que realmente trata el filme es de la incomprensión de la sociedad ante lo singular, encarnada en la actitud del estado ante un problema social -que no es, en este caso, más que el de una enfermedad mental-. Todo ello mostrado en contraste con el resplandeciente triángulo vitalista que forman los tres protagonistas, unión que cobra especial fuerza en torno a la mitad de la película, coincidiendo con ese cambio en la relación de aspecto de la cinta con la que se funde maravillosamente forma y fondo, al ritmo de los acordes del Wonderwall de Oasis.

La trascendencia no tiene por qué ser distinta a eso: descubrir a cada personaje como un retrato impactante de una lacra social desatendida, que forma también la experiencia de nuestra experiencia vital, y en la que vale la pena de vez en cuando fijar nuestra atención. Según palabras del propio cineasta: “No le veo el sentido a rodar películas sobre perdedores. Tengo animadversión hacia todo documento artístico que retrate a un ser humano a través de sus fracasos. Quería hacer un filme sobre ganadores, aunque al final caigan.”

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