Sonó la campana a tiro de piedra, su cabeza quería pero el inconsciente tenía otros planes. Se le desdibujó la sonrisa de una boca reflectante y abandonó el lugar. Los ricos nunca escuchan pensó, mientras se alejaba de sus compañeros de fiesta. No es que la ciudad no fuera lo mismo, sino que había acabado por desnudarla. Los transeúntes habían perdido la nariz romana, el silencio noble, y ahora parecían camuflarse con la piedra vieja gracias a su tez ferrosa, quemada por la tierra, de campesino. Todos iban con la cabeza baja, y sus mujeres, forradas de plástico y charol barato, con melenas cardadas y oxigenadas, sombras de ojo color arcoíris y hedor a cigarrillo y carmín.

Los antros, de cortinas rasgadas, seguían luciendo como en la posguerra, barras y espejos de chapa y latón, pantalones de camarero remendados hasta la extenuación.

Jóvenes encorvados como viejos sirviendo licores rancios y mirando siempre de reojo eran el futuro de la ciudad.

Las ambiciones y los deseos de los que nunca se habían ido acababan con el amanecer, hacían de la noche un campo de pruebas plagado de pequeñas explosiones que nunca acabarían en revolución.

Llegó el verano, y el río también se conformó con estar sediento. Los pequeños pueblos que en algún momento gozaron de flores y canciones se tornaron de yeso y barro, los niños fueron encerrados en cuevas de rocas polimorfas y los perros debieron ser asesinados. Todo amarillo, flotando el tiempo, sin historia ni acontecimiento.

Un relato de Marta Gutiérrez Calderón. Chica que escribe, planificadora estratégica, estadista frustrada, amante de la semiótica y de lo fractal.

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