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Su sombra murió de noche. Fue de repente, ante sus ojos, después de pasar junto a una farola. Un resto de humanidad le empujó a reanimarla. Aplicó la boca al suelo, en el sitio donde suponía estaban sus labios; golpeó las baldosas con los puños a la altura en que se dibujaba el pecho; incluso, zapateó sobre ella. Nada de nada. La sombra seguía allí, tendida en la acera, con las piernas y brazos abiertos como aspas.

Entonces se asustó y pensó en salir corriendo, pero otro resto de humanidad le impidió darse a la fuga. Trató de levantarla en brazos, de arrastrarla tomándola de las piernas, hasta probó a quitarse los cordones de los zapatos y atársela a los tobillos. De nuevo, nada de nada: pegada como una calcomanía, era imposible arrancar la sombra de la acera. Viendo que eran inútiles los esfuerzos y agotados sus restos de humanidad, se dio la media vuelta y se encaminó a su casa.

No había andado cien metros, cuando empezaron a revelarse sus verdaderos sentimientos. Iba con la cabeza alzada, la espalda derecha, balanceando rítmicamente hombros y brazos. Su caminar era ágil, ligero y, de vez en cuando, daba un brinco, ensayaba un paso de baile o correteaba un buen tramo como un niño tras un balón. La odiaba, esa era la verdad. La había odiado toda su vida; la había odiado cuando, vigilante, arrastrándose a sus espaldas, le perseguía adonde quiera que fuese; la había odiado cuando se estiraba frente a él, y le marcaba el camino y la meta; la había odiado cuando a los costados, se quebraba y alzaba por fachadas y muros, mostrándole las habilidades y alturas que nunca alcanzaría; la había odiado cuando se emboscaba en la oscuridad, agazapada y presta a saltar sobre sus talones al menor destello. Sí, la había odiado toda la vida, incluso cuando se ovillaba a sus pies como un perro traicionero que fingiera de pronto fidelidad y cariño. Por eso la noche en que murió su sombra fue la más feliz de su existencia.

La policía tardó apenas una semana en detenerlo. Fue fácil: era el único que no tenía sombra. Acusado y juzgado, le condenaron a treinta años de prisión por sombricidio, nocturnidad, alevosía y falta de humanidad. No sólo le condenó el juez, también fue condenado por la sociedad en pleno. Medios de comunicación, instituciones y organizaciones, personalidades famosas, ciudadanos medios, medianos y mediocres, manifestaron su horror y desprecio.

Sin embargo, durante un tiempo y de forma confidencial, recibió muchas visitas de personajes importantes que le ofrecían el indulto y grandes cantidades de dinero si les revelaba cómo había logrado librarse de su sombra. Él siempre les decía lo mismo: que no había ningún método secreto, que simplemente su sombra había muerto una noche, de repente, después de pasar junto a una farola. Por supuesto, no lo creían, y a las ofertas seguían las amenazas; y a las amenazas, su cumplimiento. Pasó el resto de sus días en un calabozo en penumbras, rodeado de sombras. Cuando murió, la Autoridad tuvo buen cuidado de enterrarlo en el mismo nicho donde reposaba su sombra. Llevaba veinte años esperándolo, estirada y tendida cuan larga era.

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