“El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu donde no existe el humor, y donde no hay risa, hay cólera y odio.”  

Eugene Ionesco

Notre Dame tardó en levantarse casi dos siglos, ese dato, fácil de decir, implica que hubo varias generaciones que trabajaron en él con la conciencia de no ver el edificio finalizado. Trabajaron por algo más, trabajaron para que otros pudieran contemplar un proyecto infinito a sus ojos. En el gótico, la pericia arquitectónica permitió abrir el espacio, alcanzar una altura imposible hasta entonces gracias a una ingeniosa manera de distribuir el peso a través de bóvedas, pilares, contrafuertes, y arbotantes. Además, el nuevo sistema hacía posible utilizar muros más delgados, y los vanos podían ampliarse hasta lograr enormes ventanales por donde entraba la luz, símbolo divino por excelencia. Las vidrieras fueron el método de filtrar dicha luz para acrecentar el valor espiritual del edificio.

Me gustaría creer que el incendio de Notre Dame, que a muchos nos encogió el estómago, mientras admirábamos el espectáculo brutal de ver arder una pieza de arte única, al menos sirva para concienciarnos sobre la importancia del patrimonio de la humanidad y de las obras de arte, porque en cualquier momento pueden desaparecer. Sin embargo, en las redes sociales, además de chistes y lamentos, ambos válidos, el incendio también reveló una ignorancia manifiesta, un odio fácil contra aquello que para ellos representa el monumento, un desprecio absurdo por lo que no comprenden.

En su teoría sobre la industria cultural de 1947, Adorno y Horkheimer analizaron el sistema de producción cultural moderno, consideraban que las masas engañadas se sienten cautivadas por el mito del éxito, e insisten en la misma ideología que les esclaviza. De este modo, quienes aceptan mantenerse dentro del marco cultural que la sociedad de masas impone, no sólo se abandonan al conformismo de una cultura del entretenimiento, sino que no toleran a quienes destacan de algún modo, así “el conocedor y el experto son el objeto del menosprecio dedicado a quienes tienen la pretensión de creerse superiores a los demás, pues la cultura distribuye democráticamente sus privilegios a todos y cada uno”.

Sí, en su momento fue Dios aquello que guiaba a quienes emprendieron la construcción, y quizá para muchos el edificio siga siendo eso, un símbolo especialmente importante de la cristiandad; sí, sólo son piedras, madera, bronce, hierro, plomo, y cristal tintado; y sí, es cierto, nada es eterno, todo cae, se desgasta, el tiempo arrebata las fuerzas, y una casualidad o una mente malintencionada puede dejar caer la chispa que prenda el incendio. No pasa nada, el universo continuará inmutable después de esto, incluso aunque todo el edificio se hubiera venido abajo nada habría pasado. Ni siquiera nuestra sociedad cambiará, pese a los políticos que aprovechen el drama para hacerse notar.

No, nada cambia, pero algo cambia. Este retruécano no es nuevo, pero eso no le resta veracidad, la destrucción de Notre Dame nos pone de relieve la importancia del patrimonio artístico y cultural. Somos lo que creamos, lo somos como individuos y lo somos como especie. Si una parte arde y desaparece, perdemos un poco de lo que somos, un trocito de nuestra memoria, y, lo más importante, una referencia para quienes vengan después.

El texto de Ionesco citado al comienzo de este artículo es de 1964, ha pasado medio siglo desde entonces, pero sigue siendo muy contemporáneo, es más, el hombre moderno del que habla ha continuado su carrera hasta la insatisfacción por aquello que no puede conseguir de manera inmediata o no resulta útil en su cotidianeidad. No es el hecho de la destrucción lo que aquí más importa, pues los viejos huesos de Notre Dame han resistido y será reconstruida, sino que cabe preguntarse hacia dónde nos encaminamos.

Ovidio consideraba las artes un remedio para calmar su angustia sobre las desgracias mundanas, no simplemente como un entretenimiento, sino como una sanación. Esto no debe considerarse una idea romántica, pues revela cómo el arte nos pone en conversación con nosotros mismos, y nos permite adoptar puntos de vista que de otra manera simplemente no se nos ocurrirían. La belleza hace más transitable este mundo nuestro, tan continuamente al borde del colapso. Quienes no son capaces de apreciar esa belleza, y quienes ante el arte sólo tienen palabras de desprecio, ya son robots o esclavos, incapaces de ir hacia ningún lugar salvo adelante, aunque adelante signifique saltar al abismo. La ceguera de nuestros gobernantes, y la ambición desaforada de los empresarios, responden a intereses tan cortoplacistas que las alarmas han empezado a sonar en muchas áreas, el cambio climático es sólo una de ellas. En todos los estratos de la sociedad podemos encontrar esto, personas obcecadas en una sola dirección, adormecidas por la cultura del entretenimiento de masas tan instaurado.

Somos cada día menos libres, y sería muy pretencioso pensar que la solución se encuentra a unos libros y unos monumentos de distancia. Quizá el lector halle más respuestas en La utilidad de lo inútil, un pequeño manifiesto redactado por Nuccio Ordine, de donde he rescatado algunas de las referencias de este artículo. Por su parte, Czeslaw Milosz consideraba, con cierto pesimismo, que creer en esa solución es una pura cuestión de fe.

Notre Dame no es el templo del saber, y su persistencia o desaparición no cambia gran cosa el rumbo de nuestro mundo, pero su presencia hace más placentero vivir en una ciudad muy dura con el ciudadano medio, puedo afirmarlo porque vivo en París desde hace ocho años. Tengo muchos recuerdos a su lado o en su interior, pero aquí sólo compartiré uno: hace ya unos cuantos veranos entré en Notre Dame con unas amigas, no pretendíamos visitarla, pero llevábamos paseando todo el día y teníamos calor. Nos sentamos y comenzamos a charlar en susurros sobre todo y nada, de cuando en cuando volvíamos la mirada a la catedral que nos rodeaba, comentábamos este detalle o este otro, rescatábamos anécdotas de su historia, o hacíamos las comparaciones inevitables con otras catedrales. Así pasaron casi dos horas, hasta que nos sentimos descansados y decidimos continuar nuestro paseo. En medio del bullicio de la ciudad moderna, Notre Dame se nos aparecía como un rincón ajeno, en gran medida, a ese movimiento perpetuo de su exterior, un ejemplo palpable de otro modo de entender nuestro lugar en el mundo.

Finalizo con una reflexión personal: ante el océano creciente de la cultura de masas sólo cabe la batalla directa, defender el arte es defender espacios de resistencia, tanto metafórica como literalmente.

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