Hitler, durante su juventud, quiso formar parte de la Academia de Bellas Artes de Viena. Se sabe que no fue admitido. Quizás fue este el germen de su odio contra los judíos. Culpó al arte, culpó a las aristocracias, a los profesores, directores, colegios de arte y quiso hacer su propia gran obra, al margen de la estética reinante o de los patrones comerciales que entonces se vendían. Fue así como decidió diseñar una gran obra artística política enfocando sus gustos estéticos sobre el poder y la muerte. Diseñó toda una estética nazi, soldados con abrigos largos al estilo romántico, mausoleos, incluyó la biología para crear la perfección y quiso llevar el arte dórico a los soldados, los cuales deberían morir por el estado y la patria. Un modelo de soldado semejante al soldado espartano. El individuo entonces desapareció. Cualquier objetivo en la vida debía dirigirse hacia la raza perfecta. Se debían erradicar todas las enfermedades o fealdades, la locura no existía, la libertad tampoco.

Un tiempo antes, en un pequeño cabaret de Zúrich, un grupo de artistas jugaba al ajedrez con Lenin. Charlaban sobre la situación del arte, se burlaban de los gustos burgueses, escupían, pensaban en meaderos y un día decidieron ir en contra de todo. Decidieron crear un arte de la nada, pintar un bigote a la Mona Lisa, escribir lo primero que se les pasara por la cabeza, burlarse del racionalismo, recuperar el sentido primitivo, ¿y todo para qué? Dadá no significa absolutamente nada.

Los dadaístas, queriendo ir en contra de todo, acabaron por desmontar cualquier principio estético anclado en el cerebro, y cualquier duda es peligrosa para un dictador. Hitler utilizó el poder para modelar unos principios estéticos y, como si de una escultura se tratase, fue recortando aquello que le sobraba para su gran obra en Alemania, utilizando el terror para deshacerse de las partes sobrantes. Los dadaístas querían hacer ver cómo lo tenido por bello es fruto de un poder dominante. Sus libros fueron quemados. Ellos, perseguidos.

El dadaísmo nace en 1916. Entre los fundadores estuvieron Tristan Tzara y Hugo Ball, (propietario del Cabaret Voltaire) en Zúrich. Duchamp y Picarelli desde París, estuvieron estrechamente relacionados con el grupo. Llevaron a cabo una serie de obras con planteamientos parecidos. Utilizaron máquinas para desmontar la imagen de genio romántico, llevaron a cabo películas y fotografías que deshiciesen el sentido común y la lógica, por ejemplo, la maquinaria de un reloj impregnada de pintura negra o un conocido retrete pintado con grafiti en un museo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los dadaístas fueron olvidados. Quedaron sepultados bajo la etiqueta de la incomprensión. ¿Por qué hicieron lo que hicieron? Fue en Mayo del 68 cuando sus textos, ya dentro de la post-modernidad, cobraron otra vez sentido, y es que una corriente así siempre es peligrosa para cualquier poder (sea el que sea) que pretenda imponer un estilo de vida o un gusto estético. Si se compara el objetivo individual de la Alemania Nazi, es decir, un individuo dirigido siempre hacia el bien del imperio, con la actualidad, el bien de un individuo dirigido hacia la producción económica, se puede justificar el porqué siempre han aparecido los héroes de la imperfección, los enemigos de lo correcto o del orden moral. Los anti-arte, anti-poesía, que pretenden demoler todos esos valores. Hacer dudar a las mentes y al espíritu si existe la perfección y hasta qué punto ésta es necesaria o perjudicial para el ser humano.

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