Nunca me hablaron de Oriana Fallaci en la Facultad de Periodismo. De hecho, en los cuatro años de carrera, solo me vienen a la cabeza dos mujeres periodistas que mencionaron en clase: Carmen de Burgos y Leila Guerriero. El resto de mujeres que formaron parte de la historia del periodismo se ahogaron en el vacío académico. Solo dos nombres recuerdo en cuatro años. Dos. Hago memoria, recapitulo, y sonaba raro, chispeante, que de repente apareciera el nombre de una mujer en alguna lectura entre tanto espacio dedicado a periodistas como John Reed, Truman Capote, Gabriel García Márquez, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson o Ryszard Kapuściński. ¿Acaso no han existido mujeres periodistas? Me pregunto dónde estaban metidas el resto de mujeres reporteras y grandes fotógrafas, aquellas, que nadie nos mencionó en la facultad.

Mi búsqueda insaciable me llevó a una indagación autónoma para descubrir a esas mujeres que me ocultaron. Buscaba referentes, mujeres con las que pudiera identificarme. Mujeres periodistas para poder decir que me gustaría ser como ellas, que yo también podía hacerlo; quería refugiarme con ellas entre sus reportajes. Oriana Fallaci nunca apareció en esa búsqueda, ella llegó a mi vida a principios de enero. Casualidades del invierno. Una tarde, vi un libro suyo en la mesa del trabajo. Escrito en letras negras sobre un fondo grisáceo, su nombre ocupaba casi toda la portada del libro. Debajo, con un trazado rojo, aparecía el título: Inshallah. Levanté la cubierta principal del libro, y como quien despega el plástico de la parte pegajosa de una tirita, vi su foto y biografía en la solapa. A grandes rasgos, Oriana Fallaci fue la primera mujer corresponsal de guerra en Italia. Como reportera cubrió diferentes conflictos entre India y Pakistán, Oriente Medio y Sudamérica. Realizó entrevistas a grandes personajes de la actualidad política contemporánea y escribió doce libros. Nunca me hablaron de ella, ni de muchas otras.

La misma semana del descubrimiento me acerqué a una tienda de segunda mano, y aun sabiendo que las probabilidades de hallar un libro suyo eran muy escasas, lo encontré. Así es como llegó a mis manos Carta a un niño que no llegó a nacer, un libro en el que Fallaci, en base a una experiencia personal, trata de forma monologada la maternidad siendo madre soltera y periodista:

«La maternidad no es un oficio y tampoco un deber, sino un simple derecho entre tantos otros. Te cansarás de gritarlo. Y, a menudo, casi siempre, perderás. Pero no debes desanimarte. Batirse es mucho más hermoso que vencer; viajar, mucho más divertido que llegar: cuando has llegado o has vencido, adviertes un gran vacío. Y para superar ese vacío debes emprender viaje nuevamente, debes crearte otras metas».

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Oriana Fallaci | Foto: AP

Oriana Fallaci comienza a escribir su libro desde el inicio en el que descubre que está embarazada. A partir de ahí, redacta una especie de carta y manifiesto hacia su futuro hijo, en el que le advierte de los peligros del mundo y a lo que deberá enfrentarse durante su crecimiento. Le explica los motivos por los cuales ha decidido emprender su camino de madre soltera y recalca la importancia que para ella tiene su profesión. En la época en la que escribió el libro, Fallaci, que ya tenía un renombre como periodista, se expone ante una infinidad de obstáculos una vez se conoce su embarazo. Por ejemplo, muchos compañeros de profesión le recomiendan que no haga tal viaje para escribir tal cosa debido a su estado, ya que el embarazo podría impedirle realizar el trabajo con la suficiente profesionalidad. También doctores le aconsejan que no sería lo adecuado tener un hijo siendo madre soltera y que lo mejor sería elegir entre su hijo y su profesión. Todas estas vivencias, Fallaci se las expone a su embrión y le va comentando el proceso social de críticas al que se ve sometida.

«Soy una mujer que trabaja, y tengo muchos otros compromisos y curiosidades; ya te dije que no te necesito. Pero, de todos modos, llevaré adelante tu gestación, te guste o no».

La periodista navega entre sus pensamientos y, diariamente, le dedica a su futuro hijo unas palabras, relatando sus dudas e incertidumbres sobre si en realidad debería tenerlo o no. Elegir entre el continuar con la vida profesional o la maternidad es algo a lo que la mayoría de mujeres de cualquier profesión se tienen que enfrentar, así como plantar cara a un sinfín de preguntas sobre la elección de no ser madre. Fallaci se centra en su profesión, que implica pisotear aeropuertos, viajes prolongados a cualquier rincón del mundo. Largas horas sin dormir, tecleando en su máquina de escribir, y siempre con libros debajo del brazo. Carta a un niño que no llegó a nacer pone en relieve la realidad de las mujeres periodistas, de necesaria lectura -o recomendación al menos-, en cualquier facultad. Sin embargo, nunca lo hicieron, nos ocultaron a ellas.

Oriana Fallaci no llegó a tener a su hijo, un aborto natural impidió que el feto se gestara en su cuerpo con normalidad. Fue muriendo poco a poco, en su interior, su hijo y su maternidad. Este libro es el legado para esa partícula minúscula, una pizca de literatura y un grito, de ese mundo interno en el que crecen semillas a la vez que se pudren y mueren; un aullido de loba frente a una sociedad que se sustenta bajo el yugo del patriarcado.

Un artículo de Aurora Díaz Obregón. Todo lo que escribo sale de mi útero. Periodista con pasaporte de pájaro. Por ahora resido y construyo mi nido en Moldavia, pasado mañana quién sabe.
Twitter: @adiobre Instagram: @aurediobre WordPress: https://lamadriguerrablog.wordpress.com/

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