¿Qué tiene de bueno olvidar?
¿Adónde van los recuerdos encerrados con los candados del silencio?
¿Cómo se curan las heridas de la memoria?

 

Hace unos cuantos años alguien al que conocí en la República Checa me llevó a visitar el campo de batalla de Austerlitz, muy cerca de la ciudad de Brno. Desde un promontorio, donde, tal vez, el mismísimo Napoleón contemplara en otro tiempo los ingentes movimientos de tropas francesas que acabaron con los ejércitos de rusos y austriacos, lo único que vi fueron unos bucólicos trigales que se extendían hasta el horizonte. Ninguna emoción se superponía en mi memoria a los relativos conocimientos históricos que pudiera yo tener en aquellos momentos sobre las pugnas imperiales que, a comienzos del siglo XIX, marcaban el devenir de la vieja Europa. Aquel lugar, al menos para mí, no tenía o se había desprendido de cualquier referencia que lo identificara con un pasado luctuoso y cercano. Era simplemente un campo de trigo.

                                                                 A la memoria se la lleva el tiempo.

 

Por el mar de Santiago de Cuba asoman a la superficie, a pocos metros de la playa, como testigos impertérritos, los barquitos de la retirada. Proas, quillas y chimeneas parecen náufragos silenciosos a los que una pátina oxidada va despojando de vida ante la mirada indiferente de los que por allí pasan. En 1898, los próceres de la patria perdieron una de sus últimas colonias, la más querida, ante el empuje de un nuevo imperialismo que ha llegado hasta la actualidad y que dejaba en mantillas lo conocido hasta entonces. Y ahí, en esa orilla extrema de la Cuba perdida, los soldados de las levas, con sus pobres uniformes rayados, comprendieron que no había más gloria que la de cruzar de nuevo el mar e intentar volver a casa.

                                                                                     La memoria dividida.

 

Asciendo a la Collada por primera vez, con ojos nuevos. En el trayecto, mi compañera me muestra un objeto metálico, irregular y herrumbroso que se oculta bajo una piedra a la vera del camino. Aprovechamos para hacer una parada técnica que me permita recuperar el resuello. Abajo queda su pueblo, una aldea dormida y silenciosa del norte de León. Por encima, una serranía de montes ondulados que a la derecha se ve sorprendida por una sucesión de peñascos en estado salvaje.

¿Qué es?, le pregunto.

Ella me dice que se trata de un pedazo de obús de los muchos que se lanzaron en aquellos andurriales en plena guerra civil y que lleva escondido bajo la piedra más de cuarenta años. Lo dejó allí su padre cuando era niño y pastoreaba por aquellos riscos. De cuando en cuando, su padre sube por allí y cuenta su historia; la de un hombre que comenzó a trabajar a los siete años de motril y que desde entonces no ha parado. El trozo de proyectil se ha convertido en un secreto de familia. Y también en una contraseña para iniciados.

                                                                               Es la memoria escondida.

 

En el pueblo, en los días anteriores, me he leído casi de un tirón la novela titulada Luna de lobos. De vez en cuando detenía la lectura para contemplar las montañas cercanas y cerciorarme de que allí, frente a mí, estaban las cumbres, las señales topográficas, que se mencionan en el relato: La Collada, Peña Morquera, Peña Negra…

La Collada es el paso natural hacia el otro valle. Llegar hasta arriba es como contemplar la hermosura, como despojar del velo a unos ojos misteriosos. Sin embargo aquí, ruina entre la belleza, estuvieron una vez los límites del Frente Norte, como atestigua el cordal de trincheras que se desparraman por todas las cumbres. Y por aquí, una vez perdida la guerra, combatieron “los del monte” como lobos acosados hasta que perdieron la esperanza.

                                                            La memoria es el sol de los muertos.

 

A las afueras de la ciudad de Munich se encuentran los restos del campo de concentración de Dachau. A medida que te acercas a sus muros y a sus alambradas el tiempo se para. Es la sensación física de que entras en un territorio maldito: no se mueven las ramas, no vuelan los pájaros, las briznas de hierba están quietas. Una luz mortecina ha ocupado el espacio del sol del verano.

Entro al campo acompañado de un amigo cubano que ha viajado por primera vez a Europa. Él parece ajeno a esa especie de engrudo que me está estrechando los pulmones. Alardea de que en su país ellos están informados de todo esto desde la escuela, han visto hasta la saciedad reportajes educativos para que nunca se repita el horror. Incluso se permite una broma vivaz respecto a unos turistas norteamericanos que nos preceden.

No es hasta más tarde, al acercarnos al pequeño museo, al observar demudado las fotografías de las montañas de zapatos, al adentrarse en uno de los pocos barracones que aún se encuentran en pie, cuando mi amigo empieza a encerrarse en un silencio desconsolado que por fin acompaña a mis angustias.

                                                                             Es contagiosa la memoria.

Oradour-sur-Glane es un pequeño pueblo cercano a la ciudad de Limoges. Para llegar allí has de circular por una pequeña y recoleta carretera que atraviesa la cuidada campiña francesa. Oradour-sur-Glane, en realidad, al igual que Belchite, está formado por dos pueblos: uno vivo y otro muerto.

Al más antiguo lo mataron las tropas alemanas el día 10 de junio de 1944 junto a 642 de sus habitantes, hombres, mujeres y niños, fusilados, ametrallados y quemados, mientras mucho más al norte se combatía en las playas de Normandía.

Paseo por sus calles, contemplo las vías del pequeño tranvía que cruzaba el pueblo, observo los carteles pintados en la piedra de las diversas tiendas y oficios que allí hubo. En la plaza, en las travesías, en los garajes, se pudren cada día un poco más una infinidad de esqueletos de automóviles. Se me cae el alma cuando llego a la iglesia en la que encerraron a las mujeres y a los niños antes de prenderla fuego.

En Oradour-sur-Glane, en cada uno de los solares de cada casa hay una máquina de coser.

                                                      La memoria es el hilván de la esperanza.

Al memorial de Les Camposines, en medio de los escenarios de la Batalla del Ebro y al amparo de la soledad, llevan todavía los lugareños de la Terra Alta los huesos que se encuentran cada vez que remueven la tierra para labrarla.

Allí, no lejos del río y con las sierras de Pàndols y de Cavalls como mudos testigos, la memoria ha edificado un lugar para el recuerdo de la muerte, donde la trinchera se pierde entre matorrales y años de silencio. La guerra es un mal augurio sobre la necedad de los hombres, pero el olvido es la señal inequívoca de su locura.

Cuando me siento, a la caída del sol, sobre el lugar en el que se depositan los pobres restos de los que un día se partieron el cuerpo y el alma por un puñado de tierra inútil, su dolor es mi dolor, su fatiga es la mía y el miedo nos hermana. Miro la llanura frente a mí, que un día fue campo de batalla, y respiro con ellos la orfandad de las noches.

                                                           La memoria es una herida sin tiempo.

Estoy en mi pueblo y tengo dieciocho años. Es verano y mi abuelo aprovecha el sol del mediodía sentado en un poyo a la puerta de su casa.

Abuelo, para el otoño voy a ser universitario, le digo con un deje de orgullo en la voz. Él me mira y, con una sorna que oculta apenas su satisfacción, me contesta que si creo que soy el primero de la familia en ir a la universidad que me vaya olvidando.

Entonces me habla de la guerra, de combates en los límites con la provincia de Burgos, de la derrota, de la retirada y de los campos de concentración. Me habla del tiempo que pasó encerrado en la Universidad de Deusto doctorándose en silencios.

Ni antes ni después de aquel día volvió a romper su mutismo.

                                                                                      La memoria dormida.

Camino entre tumbas por el cementerio viejo de Reinosa. Busco una percepción, un indicio, algo que me señale lo que no está escrito, lo que el tiempo y el silencio de los hombres se han empeñado en callar. Busco lo ignorado.

Allí nace este poema:

Los muertos

El pasado está hecho con el aire espeso

que dejan los muertos sobre sus tumbas.

Sobre ellas tejen las hojas del otoño

un hervidero de silencios

lleno de memoria,

se agitan los nombres vacíos,

se disuelve en cobre

algún retrato.

Las flores perdidas nacen de nuevo

como un milagro al son de mis pasos,

leves como el musgo,

intangibles como un vuelo de almas.

Lejos de mi, con la tierra por hermana,

camino entre ellas

bajo la lluvia y el tiempo suspendido.

                                                                                  La memoria silenciada.

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