No me pregunten cómo, pero él sabe.

Sabe cuáles son los indicios que me mueven.

Durante unos instantes, en su mirada

se dibuja una señal de alerta,

una dulce interrogación de silencio,

que tenuemente se va difuminando,

mientras cobra rastros con la pericia cazadora

de quien prestó la atención debida

a la ciencia de sus abuelos.

Si me pongo una chaqueta ladea la cabeza,

si tomo una mochila su nariz

se sitúa al nivel de las baldosas,

si me calzo unas u otras botas

la cola se transforma en un banderín de mensajes,

como si las costumbres fueran signos

que cerraran en su entendimiento

mis posibles y livianas decisiones.

Él sabe, pero confirma lo que intuye

cuando se acerca dignamente

y olisquea la tierra adherida

en las suelas de mis zapatos.

Si la tierra hiede a rutina y desamparo

o a triste patria de hombres grises,

él se aleja con la misma malherida gravedad

con la que yo me marcho a mis asuntos.

Pero, ay, si él husmea la hierba fresca,

el torrente de la nieve o una nube en el calzado,

o, quizá, los restos olvidados de la última galerna,

entonces él ya sabe que es la hora y lo celebra,

saltos y gemidos que son risas y promesas.

Y nos vamos raudos, porque él sabe

que al otro lado de la puerta y para nosotros

hay aventuras, mares de hielo,

bosques oscuros e infinitas estepas.

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