Imagínate, lector, lo que supone para un artista la pérdida del sentido principalmente implicado en el desarrollo de su arte. Un pintor sin vista; un escritor manco, ciego o sordo; o un músico sin oído. No resultará difícil el ejercicio imaginativo, dado los incontables casos que nos da la historia en los que concurren tales circunstancias. Conocido es lo que ocurrió a L. van Beethoven, quien comienza a padecer sordera en torno a los treinta años de edad, en la plenitud de su carrera; conocida es la historia del gran Django Reinhardt, quien tras perder dos dedos de su mano izquierda hubo de ingeniárselas para continuar tocando la guitarra; conocido es el caso de J.L. Borges, quien a los 56 años se queda ciego y lo siguiente que escribió hubo de dictarlo; conocido es, en fin, el episodio central de la vida de R. Schumann, quien perdió su dedo anular derecho al tratar de dotarlo de más flexibilidad mediante un artilugio de su propia invención, frustrando su aspiración a pianista virtuoso. En todos estos dramas hay un trasfondo de superación de lo más inspirador, pues cada uno de los mencionados continuó con su empeño más allá de las dificultades sobrevenidas.

Imagínate ahora, lector, que en lugar de, como en los casos citados, se tratase de algo más grave, de más impacto, más global. Imagínate que en la plenitud de tu carrera, en el apogeo de tu fervor creativo no pierdes el oído, la vista, el tacto, un dedo o varios; imagínate que lo que pierdes es la memoria de quién eres, de qué has sido y aquello que hasta entonces has hecho. Para ponérselo fácil a la imaginación, otra vez tenemos un ejemplo. Lo que acabamos de describir fue lo que ocurrió a Pat Martino (Filadelfia, 1944), uno de los más grandes guitarristas de jazz. Su caso es tan extraordinario que ha llegado a ser objeto de estudios neuro-científicos.

Cuando ocurrió, Pat Marino contaba 36 años de edad. Las molestias y dolores de cabeza venían en aumento desde varios años atrás, obligándolo a someterse a diversos tratamientos psiquiátricos: electroshock, celda de aislamiento, medicación… Nada de esto pudo combatir los síntomas, que iban desde la manía a la depresión, aderezadas con convulsiones cada vez más recurrentes. Fue la primera vez que el suicidio asomó como posible «salida natural al dolor». En 1980 sufrió un fuerte ataque que llevó a su hospitalización. En las pruebas pertinentes se pudo ver finalmente cuál era la causa del problema: un aneurisma que obstruía el flujo sanguíneo del lóbulo temporal izquierdo. Se trataba de un defecto de nacimiento que había permanecido latente e ignoto hasta la llegada de las insufribles jaquecas. Era cuestión de vida o muerte, así que hubo que intervenir, con la subsiguiente extirpación del 70% del lóbulo. Los médicos se felicitaron por haber salvado la vida y porque el paciente no sufrió afasia -pérdida del habla-; sin embargo, fue inevitable la amnesia, que afectaba a su propia persona, a sus familiares y a su entorno más cercano, así como a sus capacidades musicales.

Martino lo había olvidado todo. Su hasta entonces exitosa carrera, iniciada como profesional de la guitarra a los 15 años; su participación en las orquestas de músicos como el singular Jimmy Smith, Richard Groove Holmes o el gran John Handy; también había olvidado su trabajo como líder de su propia banda, sus discos, sus investigaciones y su creciente interés por la fusión. Pat Martino había olvidado a Pat Martino. Tenía que empezar de nuevo, empezar de cero a reconstruir su vida, lo cual pasaba por reconstruir su carrera. Él mismo recuerda que fue un proceso duro y doloroso, plagado de incertidumbre, con una profunda sensación de soledad. Una vez más, el suicidio se presentaba como una salida inmediata del drama. Pero resistió, con ayuda de su padre y de otros músicos pudo ir recordando quién era y lo que había hecho.

Durante casi ocho años, poco a poco, fue reencontrándose con su juguete de la infancia, su guitarra, en parte para «escapar de la situación y para complacer a mi padre». Éste le enseñaba fotos, la carátula de sus discos, ponía sus canciones. Según cuenta, odiaba todo aquello, odiaba esa música y tan sólo quería paz. No tenía ni ganas ni intención de volver a la «competencia, a hacer currículo», que era como ahora, con perspectiva, veía su etapa anterior a la operación. Pero la vida se compone de momentos, y para Pat Martino el mejor momento del día era la mañana, cuando tomando el café, la guitarra, desde un rincón de la sala, llamaba su atención. Así fue como, progresivamente, fue reconectando con su música y con el instrumento, que llegó a ser una extensión más su cuerpo.

«Fue el gusto por ese momento de la mañana, ese momento de placer. Estoy hablando de sentimientos que te llenan por dentro. Disfrutar del momento es disfrutar de la vida, es todo lo mismo: vida, música, el cafecito… es plenitud».

Varios años después, hacia 1984, Pat frecuentaría el estudio de grabación más a menudo. Se ponía sus propios discos una y otra vez, tratando de reaprender sus propias canciones, reconociendo los acordes y sus características líneas melódicas. Hay que decir que, si bien la memoria costó varios años recuperarla, las habilidades físicas estaban intactas, aunque cierto es que recuperar su nivel musical anterior al suceso llevaría años. No obstante, en 1987 el proceso arduo de reconstrucción dio sus frutos: bajo el enfático y significativo título de The Return, Pat Martino volvía a la escena musical con un disco muy especial. Diez años habían pasado desde Starbright (1976), cuando empezó el calvario.

A pesar de las secuelas en formas de pérdida eventual de la memoria, que apenas afecta a la vida cotidiana de Martino, el músico está en perfecto estado. Desde su retorno, ha publicado una veintena de títulos y ha rodado por medio mundo. Hoy no hay dudas de que es de los guitarristas más grandes de la historia del jazz.

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