Iba yo a comprar el pan cuando me crucé con Federico, viejo amigo y compañero de la facultad. No reparó en mí y pasó de largo. Yo no lo saludé, pero como hacía muchos años que no lo veía, quise saber lo que habría sido de él: en qué ocupaba el tiempo, si estaba enamorado o era rico… La clase de cosas, en definitiva, que da sentido a la existencia cotidiana de los hombres. Eché a andar tras él con el propósito de descubrirlo, siguiéndolo a una distancia prudencial para que no se diera cuenta de que lo espiaba. Su semblante distraído sugería, empero, que ni aun dándole golpecitos en el hombro o pisándole el tacón de los zapatos se habría fijado en mí, ni habría dirigido su atención a cosa distinta de la que acontecía en su cabeza.

Lo dejé tras una hora de infructuosa acechanza, al cabo de la cual constaté que paseaba sin rumbo alguno, de seguro poseído por una tristeza grande en la que yo no me quería inmiscuir. Me detuve, pues, tras una esquina que él acababa de doblar, di media vuelta y regresé a mi casa, donde imaginaba que mi esposa, bajo cuyo encargo había ido a por el pan, se estaría impacientando, si no enfureciendo ya.

Había recorrido poco más de tres manzanas cuando Federico se paró a mi lado; yo aguardaba junto a un semáforo.

            —¿Valerio? —me preguntó.

            —Hombre, Federico —fingí sorprenderme—, cuánto tiempo.

            —Siete años, por lo menos.

            —Siete años, vaya. ¿Qué es de tu vida?

            —No gran cosa: trabajando en lo de siempre y con un crío de cuatro años. ¿Tú?

            —Pues igual; también tengo un niño.

            —¿No me digas? ¿Cuántos años tiene?

            —Cuatro también.

            —Qué casualidad.

            En sus palabras se adivinaba la cautela. El semáforo se puso en verde.

            —Es extraño —comenzó a decir—, antes me ha parecido…

            —Oye, ¿tienes mucha prisa? —lo interrumpí.

            —Bueno, me esperan en un sitio, ¿por qué?

Que evitara mirarme a los ojos me inquietó más que su respuesta, la cual sabía mendaz.

            —Vaya, era por si te apetecía tomar algo, para ponernos al día y eso.

            —Hoy me es imposible, pero me encantaría en algún otro momento.

            —Cuando tú quieras. ¿Tienes mi número?

            —Sí, creo que sí. No lo has cambiado, ¿no?

            —Juraría que no; de todas formas puedes buscarlo en Internet si no te respondo.

            —¿En Internet, dónde?

            —No lo sé, pero seguro que estará por algún sitio.

            —Sí, tienes razón. Pues ya te llamaré.

            —Cuando tú quieras.

Nos despedimos con un apretón de manos y una sonrisa tensa. Federico cruzó el paso de cebra y yo me quedé quieto, esperando a que el semáforo volviera a estar en rojo. Traté de seguirlo con la mirada, pero se perdió en la marabunta de la gente. La luz roja volvió a encenderse y el tráfico se reanudó; al punto, giré en redondo y regresé por donde había venido.

Al llegar a casa, mi mujer me reprendió desde el sofá por haber olvidado el pan. Le pedí perdón y le hablé de mi encuentro con Federico, a quien ella no conocía.

            —¿Crees que se habrá dado cuenta?

            —Seguramente —caviló—; aun así, es todo un poco raro.

            —¿Verdad que sí?

            —¿Cómo lo encontraste?

            —Bastante mal.

            —¿De aspecto o de actitud?

            —De aspecto bien, muy bien, mucho mejor que yo —me reí para mis adentros—; mal de actitud, parecía triste.

            —¿Por qué no lo llamas tú?

            —¿Ahora?

            —En un par de días o así, o en una semana.

            —Tal vez lo haga.

            —¿No tienes ganas de hablar con él?

            —Sí, claro que sí, pero no sé; ha pasado tanto tiempo que, o bien nos recreamos en el pasado, o bien cada cual le narra al otro su novela, y yo tengo tan poco que contar.

            —Pues no lo llames.

            —Ya veré.

            Al día siguiente me llamó él:

            —Hombre, Fede, ¿cómo estás?

            —Bien, ¿y tú?

            —Bien, bien, muy bien.

            Se hizo un breve silencio.

            —¿Qué tal te viene esta noche para tomar algo?

            —¿Esta noche? Un poco mal, la verdad, siendo lunes. ¿Qué te parece el fin de semana?

Federico tardó un poco en responder. Noté su voz alterada.

            —Mucho mejor, tienes razón. Nos vemos entonces.

            Y colgó el teléfono.

            Fui al salón; mi mujer veía la tele.

            —Acaba de llamarme Federico.

            —¿Y qué te ha dicho?

            —Hemos quedado para el fin de semana.

            —¿Dónde?

            —No lo sé: ha colgado antes de concretar la hora y el lugar.

            —Qué raro. ¿Por qué no lo vuelves a llamar?

Lo intenté, pero me saltó el contestador. Me encogí de hombros; luego me senté en el sofá junto a ella, encendí el televisor y murmuré:

            —Volveré a intentarlo mañana.

            No lo hice.

Llegó el fin de semana sin recibir noticias de mi amigo. Cuando fui a salir del portal por la mañana, un presentimiento amargo me detuvo. Imaginé que Federico me esperaba afuera, apoyado en la pared, junto a la puerta, refugiándose de la lluvia que caía a borbotones. Pero al salir y volver la vista, me topé únicamente con una pareja de niñas que, sentadas en el suelo con las piernas recogidas, comían chucherías y se sacaban fotos. Al dejarlas atrás noté sus risas; me pregunté si se burlaban de mí.

Sábado y domingo transcurrieron sin percances.

La noche del lunes, al regresar a casa, me invadió una culpa sorda. Sentía el peso del móvil en el bolsillo, palpitando contra mi corazón. Al cabo de un rato no lo pude soportar y volví a llamar a Federico. Ocurrió lo mismo que la vez anterior. La preocupación sobrevoló momentáneamente mi cabeza como un nubarrón alto, ligero y gris; pero sentí que mi hijo me abordaba con una duda urgente sobre el funcionamiento del microondas, duda de inmediato remplazada por otras igual de prosaicas e irresolubles para mí; de manera que la angustia por la suerte de mi amigo se esfumó y no volví a pensar en él.

Hasta dos meses después, cuando mi teléfono volvió a sonar por fin.

            —Buenos días, soy el inspector H., de la comisaría de tal, ¿podría decirme si se llama usted Valerio?

            El corazón me trepó por la garganta.

            —Sí, soy yo, ¿qué sucede?

            —¿Le importaría darme su nombre completo y dirección, si es tan amable?

            Se los dije maquinalmente.

            —Gracias, caballero. Usted verá…

          —Oiga, pero ¿qué es lo que ocurre?, ¿por qué me llama? Yo no he hecho nada malo.

            —Pensaba explicárselo ahora, si me lo permite.

            Aguardó un par de segundos.

           —Hemos sacado un cuerpo del río —dijo al cabo—; un suicidio, por lo que sabemos. En el bolsillo llevaba un teléfono móvil; su número es el último en el registro de llamadas.

El inspector carraspeó; de fondo se escuchó un volar de folios.

       —Por la documentación que había en la cartera, lo hemos identificado provisionalmente como un tal Federico Sánchez Carrasco, ¿le dice algo este nombre?

Tardé en ser capaz de responder, y cuando lo hice, solo articulé unos bisbiseos.

                 —En la agenda usted figura como «Valerio Derecho», ¿sabría decirme por qué?

Balbucí la palabra «facultad» de manera ininteligible.

                —¿Disculpe?

                —Facultad.

             —Entiendo —el golpeteo de un teclado se colaba por debajo de su voz—. En el registro pone que llamó a su amigo ayer, ¿qué pensaba decirle?

                —Nada en particular.

                —¿Le extrañó que no le devolviera la llamada?

No me dio tiempo a hilar una respuesta negativa.

              —¿Se le ocurre algún motivo por el que su amigo podría haberse quitado la vida? ¿Depresión, problemas de dinero, etcétera?

Intenté contestar que no, pero la o se me resistía y solo proferí una larga n, que mi interlocutor, no obstante, pareció entender.

             —No le robo más tiempo —dijo al cabo—, pero voy a tener que pedirle que venga a identificar los restos.

             —¿Los restos de qué?

             —A corroborar que el cuerpo es en verdad el de su amigo —explicó—. La cosa está muy mal, se lo confieso: el agua causa estragos enseguida; pero se pasa en un momento, no se apure.

Fui a protestar.

          —Lo lamento, pero tiene que venir —zanjó la cuestión—. Hemos intentado contactar con más personas, pero nadie más que usted ha respondido. En breve recibirá un mensaje con los datos de su cita.

Colgó y yo me quedé como estaba, sentado a la mesa de la cocina, mientras un café se enfriaba ante mis ojos, el teléfono sonaba y los minutos pasaban a gran velocidad. Noté al cabo la presencia de mi hijo. Envuelto en una batita azulada, acudía a la cocina en busca del desayuno y me miraba extrañado por encontrarse la mesa vacía, a excepción de mi café.

Quise tomarlo en brazos y apretarlo contra el pecho. Él se quejaba y revolvía inútilmente.

           —Dame un beso —le pedía, haciendo caso omiso de sus protestas.

«¿Por qué?», se leía en su rostro enrojecido, presto a echarse a llorar.

           —Por favor.

Mi ruego lo tranquilizaba; sus manitas dejaban de revolotear para posarse en mis mejillas, y me daba un beso frío, sonoro y plano, beso con toda la cara, y me rodeaba el cuello con sus brazos regordetes.

           —Gracias —susurré a la oscuridad.

Me aferraba a él con más fuerza todavía para no dejarlo escapar… En esto oí la voz de mi mujer, que me llamaba de vuelta.

«Podría estar peor», barrunté para mis adentros, y se me escapó una sonrisa.

Pasaron las horas. No me llegaba el mensaje al que se había referido el policía. Al cabo de dos días de ansiedad creciente, me cansé y me presenté en la comisaría. Me recibió una mujer bajita, con unos quince años de tinte a las espaldas; me miró raro mientras me acercaba a ella.

        —¿En qué puedo ayudarle? —me preguntó con voz trémula cuando alcancé el mostrador.

           —Pues mire, estaba pendiente de recibir una citación para reconocer un cadáver, pero han pasado ya dos días y nadie me dice nada.

             —¿Qué quiere decir con una citación?

           —Un mensaje al móvil. El otro día me llamó un señor para decirme que tenía que reconocer un cuerpo y que me enviarían unos datos al teléfono.

             —¿Era un policía ese señor?

             —Eso entendí yo.

             —¿Cómo se llamaba?

             —No me lo dijo.

             —¿Está seguro?

             —Muy seguro.

             —¿Sabe al menos el nombre de la persona que debía reconocer?

             —Federico Sánchez Carrasco, un viejo amigo mío.

Tomó nota y me pidió que aguardara allí.

Regresó en cuestión de un par de minutos, acompañada por un hombre que no vestía uniforme. Su mirada se me hizo tan invasiva como la de la mujer.

         —¿Es usted Valerio? —preguntó al tiempo que me ofrecía la mano—. Soy el inspector H., hablamos antes por teléfono. Perdone, juraría que me había presentado.

         —No se preocupe.

         —Me alegra decirle que ha venido en balde.

          —¿Cómo?

         —Nada más colgarle a usted nos han devuelto la llamada desde otro número. Resulta que el móvil era robado. Por lo que sabemos, el cuerpo debe de ser el del ladrón, aunque estamos pendientes de confirmarlo.

         —De modo que… —murmuré decepcionado.

         —Su amigo está perfectamente.

Me zumbaba la cabeza.

         —Pero ¿por qué no me avisaron?

        —He vuelto a llamar cuatro veces —se excusó torciendo el gesto—; como no lo cogía, pensé intentarlo esta tarde.

        —¡Pues qué bonito!

        —¿Disculpe?

        —¡Menudo susto que me han dado!

La mujer amagó con retirarse, pero el inspector la detuvo con el codo.

        —Lo sentimos mucho, caballero. Por lo menos todo ha sido para bien.

        —¿Para bien?

Zapateé con impaciencia y miré a mi alrededor. Los presentes hacían la vista a un lado.

       —Bueno —carraspeé—, entonces ¿me necesita o no?

       —¿Necesitarle para qué?

       —Para identificar el cadáver: ha dicho que están pendientes de confirmación.

El inspector guardó silencio unos segundos.

      —Creo que no sería de mucha ayuda.

      —Vaya.

      —Además, no queremos hacerle perder más tiempo.

      —Desde luego —repetí unas cuantas veces—. Buenos días, pues.

      —Buenos días —se despidieron el inspector y la mujer.

Semanas después, vagando sin destino por las calles, una voz me salió al paso.

      —¡Valerio!

Al girarme me encontré con Federico, quien, con una mujer a un lado y un niño diminuto al otro, me hacía gestos con la mano.

     —Hombre —suspiré al llegar junto a él—, el resucitado, cuantísimo tiempo.

Fingió reírse de algo.

    —Oye —dijo al fin—, vaya susto te has llevado por mi culpa, lo siento muchísimo. Intenté llamarte, pero…

      —No te preocupes —le quité importancia—, todo ha sido para bien.

      —Y menos mal —sonrió—. Os presento: esta es mi mujer, Catalina, y este nuestro hijo, Luis.

Analicé al chiquillo de soslayo; llevaba mirándome raro desde que me había visto a lo lejos. Asustado, volvió el rostro y buscó a tientas la mano de su madre, que lo riñó con un gesto.

      —Encantado.

Subsecuentes silencios, a cada cual más incómodo, se impusieron pese a los esfuerzos de Federico. Cuando hacía ya ademán de despedirse, pareció recordar algo y añadió:

      —Todavía tenemos pendiente esa puesta al día.

      —Desde luego.

      —¿Por qué no lo convertimos en una cita a cuatro? —propuso—. Así nos presentas a tu mujer.

          —Claro —titubeé—; lo tengo que consultar con ella, pero claro, por qué no.

        —Fenomenal —y apoyando la mano en mi hombro, apostilló—. Me alegra mucho verte, de verdad.

            —Y a mí que estés tan bien.

Nos dijimos adiós y cada cual siguió su camino. El niño giró la cabeza para dirigirme una última mirada.

Junto al portal de mi casa encontré a las niñas de la otra vez. Volví a escuchar sus risas al cerrar la puerta.

La luz se había ido mientras yo no estaba, pero me dio pereza subir los plomos. Me tumbé en la oscuridad, en el sofá junto a mi mujer, y me dejé arrastrar por el sueño hasta perderme en su regazo.

Fotografía: Keruin P. Martínez, Revista Amberes.

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