«Je veux qu’on rie, je veux qu’on danse
Je veux qu’on s’amuse comme des fous
Je veux qu’on rie, je veux qu’on danse
Quand c’est qu’on me mettra dans le trou».
(Jacques Brel, «Le Moribond»)
«We had joy, we had fun
We had seasons in the sun
But the hills that we climbed
Were just seasons out of time».
(Terry Jacks, «Seasons In The Sun», letra adaptada por Rod McKuen)

 

1968 fue el año que terminó por certificar la fascinación que cierto segmento de la cultura anglosajona experimentaba por Jacques Brel, quijotesco (acababa de protagonizar L’Homme De La Mancha, tras retirarse de los escenarios el año anterior) y torrencial defensor de un cancionero apabullante. Después de la aparición de las primeras versiones en inglés de «Ne Me Quitte Pas», «Le Moribond» o «Amsterdam», traducidas –melifluamente, salvo contadas excepciones- por Rod McKuen, se estrenaba en el Off-Broadway un musical completo con las adaptaciones del repertorio de Brel que Mort Shuman, ayudado por el dramaturgo Eric Lau, convertía en Jacques Brel Is Alive And Well In Paris. Se trataba de una celebración extasiada de la obra del cantante de Flandes y su desgarrada visión del mundo y del fracaso doloroso de las relaciones humanas, que convirtió en standards en todo el ámbito anglófono las adaptaciones –canónicas, a efectos de influencia y uso- de maravillas del calibre de «Au Suivant» («Next»), «Tango Fúnebre» («Funeral Tango»), «Quand On A Que L’Amour» («If We Only Had Love»), «La Chanson De Jacky» («Jackie»), «La Mort» («My Death») o «Mathilde», además de una nueva traducción de «Amsterdam». Pensemos lo que pensemos sobre el rigor y la intensidad de estos volcados al idioma de Shakespeare, en justicia hay que decir que el autor no parece haberse sentido traicionado por sus fans transoceánicos: en la adaptación de la obra para la gran pantalla, dirigida en 1975 por Denis Héroux, el mismísimo Jacques Brel aparece entre la concurrencia, botella de Stella Artois en mano, mientras sentado al piano, Shuman interpreta su «Amsterdam» anglificado. Los cheques por derechos de autor seguían llegando hasta el lejano hogar de Brel en las Marquesas, por supuesto: un millón de versiones de «If You Go Away» no pueden estar equivocadas.

ScottWalkerSingsJacquesBrelEn paralelo a esta entronización más o menos highbrow, el ídolo juvenil harto del disfraz que era Scott (Engel) Walker, había incluido en sus primeros trabajos en solitario post-Walker Brothers varias interpretaciones del repertorio de Brel que usaban las traducciones de Mort Shuman, con el consentimiento expreso de aquel (aunque no llegaron a tratarse en persona, los dos artistas se manifestaron mutua admiración, y es difícil imaginarse la evolución, cada vez más europeizada y existencialista, de Scott sin la decisiva influencia del autor de «Voir Un Ami Pleurer»). Cuando el rarificado crooner norteamericano publica Scott 4 en 1969, no incluye ningún cover del que ha sido su referente más obvio en los tres discos previos. Las nuevas composiciones han absorbido el tono y la dramaturgia que necesitaba para expresarse, poseedor ya de la ansiada libertad creativa que, todo así lo indica, supo reconocer en Brel desde la primera escucha.

Otra de aquellas aproximaciones de Mort Shuman al universo Brel, la macabra y sugerente «My Death», llamó la atención de un joven artista londinense, que la incluiría en su repertorio desde 1969. Con ella iba a despedirse de su etapa como Ziggy Stardust, durante la serie de conciertos en el Earl’s Court de 1972. Sí, David Bowie, tan aficionado a encadenar las mudanzas de piel vitales y artísticas, seguirá fiel a su admirado Scott Walker y el vínculo de este con el maestro belga, y graba aquel mismo año 72 una versión de «Amsterdan» como cara B, que a la postre serviría a toda una generación como puerto de entrada al mundo y la obra de Jacques Brel. Las muchas conexiones posteriores de Bowie con la cultura centroeuropea, también en sus aspectos extra-musicales, está empapada de esa sensibilidad, en parte cabaret y en parte grand guignol, que  Brel usa como definitiva marca de identidad.

SensationalAlexHarveyBandAfilada y vitriólica, pero mucho menos reconocida, la adaptación que la Sensational Alex Harvey Band realizó en 1973 de «Next» («Au Suivant») exprime toda la sordidez del texto original expresado visceralmente en inglés rotundo, una descripción brutal de la guerra de trincheras y lo absurdo de las situaciones cotidianas que allí se dieron. Consiguió así trasladar la intensidad escatológica de Brel a una especie de art-rock entregado a la teatralidad más feísta, con el que el grupo escocés anunciaba transformaciones aún por llegar, pero necesitadas de materias primas así de excitantes. Más que una rareza de parentesco relativo con nuestro protagonista, un aviso con pedigrí: pistas sobre una vía inconclusa, necesitada de urgente revisión.

Desde los años ochenta hasta el presente, nuevos admiradores surgidos del post-punk como Momus o Marc Almond nos han recordado con sus trabajos entorno a Brel la importancia vital de esas canciones que, de forma siquiera soterrada, aportaron a la música popular anglosajona una más que bienvenida dosis de crudeza emocional e hiperrealismo desesperado pero humanista, el reconocimiento del formidable impacto, transformador y terapéutico, de unas composiciones que se niegan a envejecer, por memorables, perturbadoras, indestructibles. Incluso si los demiurgos a mano, tomando caminos harto discutibles, diluyeran o trivializaran en su momento buena parte de esa poderosa magia comunicativa que encontramos en los originales interpretados por su formidable autor.

JacquesBrelNextTributeALBUMEl debate está precisamente ahí: los mecanismos de apropiación cultural que filtran el elemento outsider de cualquier oferta considerada exótica y/o peligrosa, tan eficaces como de costumbre, consiguieron distorsionar el mensaje lo suficiente para hacerlo compatible con prescripciones destinadas a un entretenimiento mucho más neutral y domesticado. No es casualidad que Almond volviera a traducir del francés «Ne me Quitte Pas» para su interpretación, igual que Nick Currie (Momus) reinventó el «Jackie» de Shuman para convertirlo en su libérrimo (y muy enjundioso) «Nicky». Y es que las pasiones que suscita la obra de Brel entre gente mínimamente necesitada de experimentar su influjo no merecen subtítulos, ni tampoco solicitan muletas, a todas luces innecesarias, para sentirse conmovidos ante la grandeza de semejante inspiración. Incluso si Neil Diamond, Shirley Bassey, Engelbert Humpendick, o cualquier otro intérprete de fama mainstream, nunca llegaran a plantearse dudas sobre lo que estaban cantando.

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