«Para qué llamar caminos a los surcos del azar», Antonio Machado.

 

«Prohibido olvidar» es un aserto utilizado con frecuencia en los discursos políticos que hacen de la recuperación de la memoria histórica uno de sus ejes fundamentales. En líneas generales, «prohibido olvidar» también podría resumir la obra del guionista, dibujante e ilustrador de cómics español Paco Roca. Obras como Arrugas, La casa, El invierno del dibujante o Los surcos del azar dan buena cuenta de ello, pues es común en estos títulos el intento de conjurar al olvido, la dignificación del recuerdo y, como decimos, la persistencia de la memoria, la individual y la colectiva.

En España, las heridas que dejó la Guerra Civil no se han cerrado. Se cauterizaron a la fuerza en el año 1939 y durante una larga posguerra que dejó cientos de miles de asesinados, torturados y presos, además de un profundo dolor, jamás reparado. El miedo atenaza todavía a los pocos que sobreviven de aquella generación que se enfrentó a la pérdida de la libertad, mientras que la desmemoria afecta a las generaciones más jóvenes, a las que estas cuestiones parecen quedar muy lejanas, si bien no lo son tanto.

Una de estas heridas la encontramos en la damnatio memoriae sufrida por todos aquellos hombres y mujeres que lucharon contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de ellos refugiados y antiguos soldados del ejército republicano. Españoles y españolas que se dejaron la sangre y la vida en los ejércitos Aliados o en la lucha partisana con las esperanzas puestas en la futura liberación de su patria con ayuda de aquellos países que lucharon contra la Alemania nazi y sus aliados. Pronto recibieron un duro golpe, la realpolitik de los gobiernos occidentales y sus intereses por terminar con la guerra en Europa convirtieron en humo las ya muy frágiles promesas de acabar con el régimen de Franco, que en un futuro cercano, ya durante la Guerra Fría, se convertiría en uno de los aliados clave en la lucha contra el comunismo y la URSS.

Bajo el título Los surcos del azar y publicado por la editorial Astiberri, el autor Paco Roca nos narra a través de los recuerdos del anciano republicano español Miguel Ruiz, las desventuras sufridas por los exiliados españoles tras la huida de España antes de la victoria del ejército golpista. Desde el horror de los campos de trabajo franceses en el norte de África, convertidos en campos de concentración tras la instauración del Gobierno de Vichy, a la lucha en la Segunda Guerra Mundial como soldado en la ya mítica Novena Compañía a las órdenes del capitán Dronne integrada en la Segunda División Blindada del general Leclerc, y formada mayoritariamente por republicanos españoles. Una historia sobre la contribución española en la Segunda Guerra Mundial que ha sido olvidada.

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Los surcos del azar. Imgen: Astiberri

Para presentarnos este relato, Paco Roca elige una técnica similar a la que usaba Art Spiegelman en Maus: mezcla la trama histórica con el presente en la que él mismo entrevista al protagonista de los hechos. No sólo esta división ayuda en gran medida a darle verosimilitud y agilidad a esta historia, sino que también se ve reforzada por la diferencia cromática entre ambas partes de la obra. La línea neutra, sencilla y sin color del presente resalta con la estética ‘cinematográfica’ del pasado, más detallada y con un cromatismo ocre, parecido al de los documentales antiguos, que hace muy atractivo el relato.

Como en el resto de la obra de este escritor, gran enamorado de Tintín, nos encontramos con la influencia palpable de la escuela de Bruselas de Hergé: la línea clara. Con un estilo gráfico muy característico basado en el uso de colores planos, sin apenas matices. El trazo muestra unos personajes que están a medio camino entre la caricatura y la realidad, enclaustrados en unos escenarios cargados de detalles.

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Los surcos del azar. Imagen: Astiberri.

Es en definitiva, una obra de valor, de sufrimiento, muerte y olvido. Un relato ficticio pero muy riguroso basado en acontecimientos reales. No es una historia bélica al uso, no ensalza la épica de la lucha. Más bien ejemplifica lo injusto de la muerte en el frente, la crueldad de la derrota, el fanatismo en el que puede caer el ser humano. Ya desde las primeras páginas, la crudeza del relato visual de un puerto de Alicante lleno de refugiados esperando un barco que les aleje de la barbarie fascista nos deja con el corazón en un puño y lágrimas en los ojos.

Desde este cuadro tan actual y a lo largo de algo más de trescientas páginas, nos encontramos con varias conversaciones del propio autor de la novela gráfica y Miguel Ruiz -personaje de ficción-, un exiliado republicano que reside en Francia. Ambos reconstruirán la vida de Miguel entre 1939 y 1944, cuyos recuerdos pertenecen verdaderamente a un personaje real: Miguel Campos, desaparecido cuando realizaba una incursión en solitario contra el ejército alemán.

Este viaje entre el pasado de lucha y un presente de olvido servirá no solamente como defensa de la memoria histórica de todos aquellos que vieron su futuro robado sino que servirá para dar un poco de paz y reconocimiento a la generación de Miguel, que lo dio todo, incluso la vida, por defender el sueño de democracia y libertad que significó la Segunda República en este país.

Como dijo Victoria Kent en su obra Cuatro años en París, «lo que yo quiero es no olvidar, y como nuestra capacidad de olvido lo digiere todo, lo tritura todo, lo que hoy sé quiero sujetarlo en este papel».

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