«¡No soporto a esa gente con los ojos abiertos como platos! ¿No puedes decirle al encargado del café que los eche de ahí?»

Los ojos de los pobres, Charles Baudelaire

A pesar de presentarse como defensor y garante de la propiedad, el capitalismo es uno de los modos de producción más expropiadores de la historia. La acumulación originaria de capital, que dio paso a la revolución industrial y al capitalismo moderno, provino en buena parte de la enajenación de tierras al campesinado. En Inglaterra, por ejemplo, se produjo la enclosure o cercamiento de los terrenos comunales a favor de los terratenientes, que provocó el empobrecimiento masivo de los campesinos y la emigración forzada de muchos de ellos a la ciudad como fuerza de trabajo desnuda: el surgimiento del proletariado. Este fenómeno fue analizado por Marx en el capítulo XXIV de El Capital y recreado literariamente en la vertiente urbana de la industrialización por Dickens en novelas como Tiempos Difíciles. Es de recordar también la plástica descripción de los precedentes de este expolio que se encuentra en Utopía de Tomás Moro, donde se otorga un inquietante protagonismo a la extensión sin freno de la cría de ovejas:

«Vuestras ovejas, que tan mansas eran y que solían alimentarse con tan poco, han comenzado a mostrarse ahora, según se cuenta, de tal modo voraces e indómitas que se comen a los propios hombres y devastan y arrasan las casas, los campos y las aldeas… Los nobles y señores, y hasta algunos abades, santos, varones, no contentos con los frutos y rentas anuales que sus antepasados acostumbraban sacar de sus predios, ni bastándoles el vivir ociosa y espléndidamente sin favorecer en absoluto al Estado, antes bien perjudicándolo, no dejan nada para el cultivo y todo lo acotan para pastos; derriban las casas, destruyen los pueblos, y si dejan el templo es para estabulizar sus ovejas… Esos excelentes varones convierten en desierto cuanto hay habitado y cultivado por doquier».

La sed expropiadora del primer capitalismo no se limitó al campo y al campesinado. Otros espacios y otros pacientes sufrieron los efectos de este agente enajenador. A lo largo y ancho de las nuevas tierras y continentes que la Europa en expansión descubría y colonizaba se fue implantando esta ley implacable del más fuerte. Los ejemplos no faltan, por el contrario, abundan. El pillaje de la plata en la américa española que propició la revolución de los precios en Europa, la destrucción de la manufactura textil de la India para favorecer a la británica, la apertura a golpes de opio y cañonazos del mercado chino y los puertos japoneses, el reparto a tiros y a tiralíneas de África o la casi aniquilación de los indios en la conquista del oeste americano son botones de muestra e ignominia de esta enclosure universal.

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Nuevo y antiguo. | Ramón Qu.

TODO ES MERCANCÍA

Ahora bien, esta codicia desmedida, este acaparar las riquezas del mundo, ya no irá dirigido como en el pasado al consumo suntuario, al atesoramiento o a la guerra. Su destino será la producción masiva de mercancías, el nuevo dios del naciente Olimpo del capital. La búsqueda del beneficio dará lugar a la espiral que a partir de entonces arrastrará a todas las clases de la sociedad: dinero que será invertido en la producción de mercancías, las cuales, al ser vendidas, reportarán más dinero que, a su vez, servirá para la creación de nuevas mercancías, que al ser adquiridas en el mercado rendirán aún más dinero… y así sucesivamente en una incontenible corriente de mercancías y dinero, cuyo objetivo es una reproducción ampliada de capital continua y sin límite aparente. Frente a la producción artesanal del mercado no capitalista cuya circulación venía expresada por la fórmula: Mercancía – Dinero – Mercancía, el nuevo modo de producción se definía con la regla: Dinero – Mercancía – Dinero, donde se revela con nitidez que en el capitalismo la producción de bienes y servicios no es un fin, sino un medio para el crecimiento del capital y el dinero. No pretende, pues, con sus productos satisfacer necesidades, sino satisfacer su verdadera necesidad: el beneficio y la acumulación.  El capital se convierte en el gran demiurgo, la mercancía se enseñorea de todas las cosas, el valor de cambio rige las relaciones humanas, el dinero se transforma en el alcahuete universal. Como proclama el Manifiesto Comunista:

«La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes.  Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces.  Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás»

No se debe pensar, sin embargo, que el afán confiscador del capital es cosa del pasado. En la actualidad ese «vampiro» – como Marx lo calificó – continua sus vuelos nocturnos y diurnos sin que se haya descubierto ajo o espejo capaz de espantarlo. El interminable ciclo de crisis financieras durante los últimos decenios que han volatilizado los ahorros y planes de pensiones de innumerables personas en todo el mundo; el trasvase de fondos públicos a entidades privadas, en especial al sistema bancario, para su rescate como hemos podido comprobar en la actual crisis económica; las condiciones de trabajo propias del inicio de la revolución industrial que la política de deslocalización de las multinacionales ha propiciado; el pillaje, la destrucción ecológica, la aculturación, la dislocación de sociedades tradicionales, la proletarización masiva que ha abaratado la mano de obra, el surgimiento de nuevas clases medias entregadas al consumismo o el olvido de poblaciones enteras muriendo en áreas marginales son todas ellas muestras recientes de esa necesidad sistémica del capital de crecer, expandirse y acumular. La globalización es el nombre que en la actualidad se ha dado a esta sed del capital por chupar la sangre del trabajo vivo.

EL ORBE Y LA URBE

Pero si esta expropiación del tiempo y del espacio tradicionales a manos del metro y del reloj capitalista, esta conversión de las cosas y las relaciones humanas en mercancías, en «interés escueto», en «dinero contante y sonante», en «el agua helada del cálculo egoísta», pretendía a toda costa extenderse y abarcar el «orbe», no es de extrañar que de forma simultánea fijara su atención en las ciudades y quisiera transformar la «urbe» a su imagen y semejanza. Y así se hizo. La ciudad amurallada y laberíntica heredada del pasado medieval vio sus calles, sus casas, sus tiendas, sus talleres y sus horas contadas.

La que no tardaría en ser conocida como la «vía Haussmann» se erigió como una de las primeras y más radicales manifestaciones de esta entrada con calzador del espacio urbano en la modernidad.  El barón Haussmann fue encargado por Napoleón III de la renovación urbanística de Paris. Bajo sus órdenes se transformó el 60% de los edificios, se talaron parques y se abrieron avenidas. El París medieval y populoso desapareció. Dos fueron sus grandes transformaciones. Por un lado, el pueblo trabajador fue desplazado a la periferia y los antiguos barrios obreros del centro de París se transformaron en limpias y bien alineadas manzanas de edificios de apartamentos para la burguesía. Por otro lado, la construcción de avenidas amplias donde antes había un laberinto de calles estrechas tuvo como objetivo militar dificultar la creación de barricadas – como se había producido en las revueltas de los años 30 y 40 – y facilitar el rápido desplazamiento de tropas a lo largo y ancho del corazón del nuevo París – la eficacia de esta medida pronto se comprobaría en la Comuna de Paris – Este modelo de transformación urbana fue exportado a numerosas ciudades europeas. Y así, por ejemplo, Federico Engels – que estudió la evolución de la ciudad de Manchester –  hablaría del «modo bonapartista del Haussmann parisino» en estos términos:

«Entiendo por “Haussmann” la práctica generalizada de abrir brechas en los barrios obreros, particularmente en aquellos situados en el centro de nuestras grandes ciudades, ya responda esto a un interés por la salud pública o el embellecimiento, o bien a una demanda de grandes locales de negocios en el centro urbano, o bien a las necesidades de transporte… Cualquiera que sea el motivo invocado, el resultado es en todas partes el mismo: las callejuelas los y callejones sin salida más escandalosos desaparecen y la burguesía se glorifica con un resultado tan grandioso».

En definitiva, se trataba de una política de clase que compaginaba sabiamente el hacer pingües negocios con la implantación del poder burgués sobre la urbe. El reinado del capital con su mano invisible del beneficio tendría a partir de entonces dos consecuencias claves sobre la geografía urbana: una incontenible expansión suburbial y un inevitable desarrollo desigual dentro de las ciudades que crearía áreas residenciales, bien urbanizadas y cuidadas, barrios de aluvión, abandonados y marginales, y zonas intermedias entre el medro y el desclasamiento. La frontera entre la pobreza y la riqueza recorría la ciudad como una herida siempre a punto de abrirse.

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Hight Ashbury, San Francisco. | www. wikipedia.org

LA APARICIÓN DEL CONCEPTO DE GENTRIFICACIÓN

La creadora del término «gentrificación» fue Ruth Glass en 1964. El neologismo derivaba de «gentry», clase o estrato de clase social inglesa compuesta por la nobleza baja y los propietarios o terratenientes libres. Su homólogo español podría ser los caballeros o hidalgos. La socióloga británica definió el concepto así:

 «Uno a uno, gran parte de los barrios de la clase trabajadora de Londres se han visto invadidos por las clases medias – altas y bajas. Las degradadas y modestas calles flanqueadas por antiguas caballerizas, convertidas en viviendas, y las casitas – dos habitaciones arriba y dos abajo – fueron substituidas cuando expiraron los contratos de arrendamiento por elegantes y costosas residencias. Grandes casas de la época victoriana que se habían degradado en el periodo anterior o más recientemente – al ser utilizadas como albergues u ocupadas por varias familias – han subido nuevamente de categoría… Cuando este proceso de gentrificación comienza en un barrio, avanza rápidamente hasta que todos o la mayoría de los ocupantes iniciales, miembros de la clase trabajadora, son desplazados, así se modifica el carácter social del barrio».

La palabra tuvo un indudable éxito tanto en la lengua inglesa como en la española, a pesar de algunos intentos de castellanizarla como el de «elitización». Triunfo terminológico que no tenía nada de extraño, pues la palabra respondía con agudeza a un fenómeno que se estaba produciendo en la mayor parte de las grandes ciudades del mundo ya desde la década de los 50, pero de manera progresivamente acelerada en los 60 y 70: la reforma de los barrios obreros y pobres situados en los centros de las ciudades a manos del capital privado para resituar en ellos a sectores de la clase media y/o alta tras desalojar a sus anteriores habitantes. Voz, por otro lado, que aparte de aguda, parecía conllevar una crítica apenas velada a esta remodelación urbana que traía consigo el desplazamiento de población y la pérdida de identidad de los barrios afectados.

LAS CAUSAS DE LA GENTRIFICACIÓN

Sea como fuere, el caso es que a partir de los años sesenta en las principales ciudades del mundo la gentrificación no solo se hace un fenómeno normal, sino que se convierte en una estrategia del capital y en una política de las autoridades. Nueva York, Londres, Oslo, Sídney, Baltimore, Glasgow, París, Madrid, Edimburgo… sufren procesos sistemáticos de gentrificación. Las causas de esta reconfiguración ciudadana global hay que buscarlas en las propias transformaciones profundas que en el sistema de explotación y dominio del capital en las sociedades avanzadas se estaban operando. La crisis del modelo fordista con su drástica reducción de mano de obra industrial; el crecimiento desmedido del sector financiero con su demanda de trabajadores de cuello blanco; la creciente importancia del sector servicios con su necesidad de profesionales; la jerarquización, precarización y feminización de la clase trabajadora; la búsqueda de sectores de inversión y reproducción de capital con tasas de ganancias rentables frente a la saturación de la determinadas ofertas en el mercado; la «turistización» de los centros urbanos y su conversión en parques temáticos burgueses y «neozocos» de firmas y franquicias, dibujaban una nueva geografía humana en nuestras sociedades que, como no podía ser de otra manera, tenía su repercusión en la geografía de las ciudades. La gentrificación era un factor entre otros más de una reestructuración urbana mucho más amplia. La continuación de la expansión suburbial y la recentralización gentrificadora no se oponían, se complementaban en aras de la construcción de la ciudad postmoderna y neoliberal.

Ciertamente la crisis en general y la explosión de la burbuja inmobiliaria en particular han tenido un efecto paralizador en muchos procesos de gentrificación. Por un lado los inversores, ante el apalancamiento, la escasez de créditos y la contracción del mercado inmobiliario, se han retirado a sus palacios de cuadrar números y de inversiones más seguras, a la espera de tiempos mejores; por otro lado, la clase media ha sufrido en sus estratos bajos un proceso de proletarización, en sus estratos altos una reducción del consumo y en su totalidad una mayor tendencia al ahorro, lo que ha supuesto lógicamente una retracción en su demanda de viviendas gentrificadas. Sin embargo, es de esperar que en cuanto la crisis pase – y siempre que no se produzca una situación a la japonesa –, los proyectos de gentrificación se reanuden – como así ya está sucediendo en algunas partes de país, por ejemplo, en el barrio de Lavapiés en Madrid –. El capitalismo actual vive de burbujas.

En lo que a nosotros más de cerca nos atañe, podríamos considerar como procesos de gentrificación en ciernes las actuaciones que por acción u omisión se están llevando a cabo en barrios de Santander como: el Cabildo de Arriba, el Pilón del Alta o el Prado de San Roque.

Cabildo de Arriba
Cabildo de Arriba, Santander. | Ramón Qu.

LOS DEFENSORES DE LA GENTRIFICACIÓN

Pronto surgieron voces que trataron de acallar el posible carácter clasista y especulativo de la gentrificación. Voces que comenzaron a destacar los beneficios que las mejoras que se realizaban reportaban a los barrios degradados; reformas que, a su parecer, suponían para estas áreas pauperizadas la revitalización, cuando no el renacimiento. Además, argüían, la oferta de viviendas remozadas en antiguos barrios céntricos deprimidos no hacía sino responder a la demanda de una nueva clase media, joven, dinámica, creativa, que había cambiado sus costumbres y decidido abandonar las áreas «bien» suburbiales para retornar a un centro urbano reformado, limpio y pleno de iniciativas, comercios, actividades y «vida».

Los «daños colaterales» que la gentrificación acarreaba, como los ya citados desplazamientos de la población con menos recursos y la pérdida de identidad de los barrios, eran si no negados sí minusvalorados y considerados como un precio no muy alto, triste pero necesario, para la mejora de las ciudades. El progreso tenía estas cosas, pero a la larga todos saldríamos beneficiados. ¿Acaso no estaríamos aún cazando bisontes, si no hubiésemos opuesto al avance de la agricultura y la domesticación de los animales con el argumento de que los cazadores perderían el importante papel que tenían en las sociedades cazadoras y recolectoras?

En definitiva, la gentrificación supondría, según sus defensores, una revitalización de las ciudades que conllevaría una mejor habitabilidad, el aumento de los ingresos vía impuestos para las arcas municipales y la reducción del desempleo, la precariedad y la miseria. Pero poca evidencia empírica hay en los estudios realizados de esta milagrosa lluvia de dones proveniente del cuerno de la fortuna de la gentrificación.

LA LUCHA SIMBÓLICO POLÍTICA

En la mayoría de los casos estas explicaciones, que atribuían la gentrificación a la existencia de barrios degradados y a la aparición de una nueva demanda, aunque tenían su momento de verdad – en efecto: había barrios profundamente deteriorados en los centros urbanos y había surgido una nueva clase media que deseaba vivir en los cascos históricos remozados –, eran utilizadas, sin embargo, de forma tendenciosa para ocultar el vuelo especulador del capital inmobiliario sobre la geografía urbana y ciertas prácticas oscuras como el abandono intencionado de las autoridades municipales de las zonas a gentrificar o la introducción en ellas de elementos conflictivos que provocasen la desvalorización de las propiedades y la marcha de los vecinos.

A pesar de ello, la gentrificación y su mantra de «hacer más habitables las ciudades» ha tenido y tiene una gran eficacia. Muchas son las gentes que se dejan seducir por estas proclamas y creen que la ciudad gentrificada es la ciudad anunciada y prometida por la propaganda de los inversores inmobiliarios y las autoridades municipales, esto es, la ciudad limpia, ordenada, cómoda y bella, que garantiza su habitabilidad para todos: pobres, ricos y mediopensionistas. Pero a juzgar por los datos y los resultados de las gentrificaciones acometidas, la realidad parece ser diferente de estas promesas de una ciudad ideal. Las urbes gentrificadas no son para todos; las urbes gentrificadas excluyen a la clase obrera; las urbes gentrificadas son ciudades para las clases medias y altas. Como dice Neil Smith en su libro La nueva frontera urbana:

«Desde la década de los 70, la reestructuración económica que siguió a la economía política de la posguerra ha alcanzado todos los rincones de la actividad política y social. Tanto a través de la gentrificación como de los recortes de servicios, el desempleo y los ataques a la asistencia social, la reestructuración de las comunidades de clase trabajadora – la reproducción de la fuerza de trabajo – ha sido atacada en sí misma como parte de una reestructuración económica más amplia. Durante la década de los 70 y, tal vez, nuevamente en los albores de la de 1980 surge, cada vez con mayor claridad, el hecho de que la lucha por el uso y la producción de espacio se encuentra fuertemente inscrita en la clase social (tal como sugiere la nomenclatura “gentrificación”) y en la raza, así como en el género. La gentrificación forma parte, por lo tanto, de la agenda social de una reestructuración más amplia de la economía. Así como la reestructuración económica a otras escalas (bajo la forma del cierre y traslado de fábricas, del recorte de los servicios sociales, etc.) es llevada a cabo en detrimento de la clase obrera, también lo es el aspecto espacial de la reestructuración a escala urbana: la gentrificación y la reurbanización».

Prado San Roque
Prado San Roque, Santander. | Ramón Qu.

A MODO DE CONCLUSIÓN

La clase perdedora, la clase que es arrojada fuera de las murallas invisibles, pero no por ello menos altas e inexpugnables de la ciudad neoburguesa de la postmodernidad, es la clase obrera. El pacto político y económico que se dio entre la clase obrera y la clase media después de la Segunda Guerra Mundial y que significó la base social y de legitimidad para el estado de bienestar se está rompiendo también en la geografía urbana. Ruptura peligrosa que puede separar y enfrentar a ambas clases, lo cual supondría un serio obstáculo para cualquier salida progresista de la actual crisis económica, pues dicha alianza es imprescindible para crear la masa social necesaria para un cambio hacia una sociedad más libre, igual y fraterna.

Derribadas las murallas medievales de nuestras ciudades no permitamos que el capital eleve nuevas murallas de clase en nuestras urbes. La ciudad debe ser de y para todos, pero esto solo será posible si comenzamos a considerar el destino de nuestra ciudad parte de nuestro propio destino y exigimos participar y decidir en la gestión y solución de sus problemas.

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Varsovia. | www.wikipedia.org

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