Siempre le había encandilado el despertar de la ciudad en domingo, los restos deslavazados del sábado, como ascuas que chisporrotean sin gana, la luz rosácea que intenta sumir las calles bajo una capa, que recorta las esquinas y asalta a los transeúntes, a los que se abandonan al sueño y a los que —a Iván siempre le habían parecido héroes— toman las primeras horas del día enérgicamente, con las gotas del agua de la ducha aún perlando sus frentes, el periódico y el pan bajo el brazo, regresando también a casa, en otro estado, sí, o yendo a tomar el segundo café al bar, irrumpiendo entre el mugido de la cafetera y las voces de los tertulianos de la radio que también, a cada palabra que disparan, a cada chispa de cafeína que irá buscando su destino en sus cuerpos, van adquiriendo ritmo, dándole intensidad y brillo a lo que tengan que contar, que para ello les pagan.

Iván se arrastra por las calles, tropieza, siente una urgente caricia en la espalda, repiqueteando en los párpados. La noche, otra más, a ratos insulsa, otros momentos profesa de sensaciones intensas, miradas hechizantes que buscan otros ojos en el fragor de la música, la necesidad de la carne o la necesidad de ponerle fin a la soledad por unos minutos, horas, lo que dé de sí el contacto. Las luces cambian de color, se entornan, la oscuridad los sume, entonces vuelve ese vacío en el pecho, la soledad, como si le extirpasen la garganta, el corazón, es una ausencia, pero pesada, es una losa también. Lo que más miedo le produce es la mezcla de sensaciones, no saber si, entre la vorágine de cuerpos que parecen despedazarse bajo la música, que reinventan el concepto articulación, que se desengranan en posturas inverosímiles, la tristeza que siente —no hay causalidad tristeza-soledad, aunque lo ignora— se debe a un estado basal o a las drogas que se ha metido en el baño, tras la puerta del WC, soportando el peso y los incesantes golpes de quienes se mean,  ¿te falta mucho?, acaba, joder, con ese temblor que le desata el miedo a ser descubierto —qué tontería, piensa ya en casa, como si fuese el único que me drogase—, sustancias que le ayudan a recomponerse, a reforzar el espíritu, aunque luego se quiebre más fácilmente y a mediodía, cuando algún claxon, el grito de un padre llamando a su hijo, las carreras de los críos del piso de arriba, lo despierten e intente recomponer la noche, los fragmentos reminiscentes de la noche, y se vea en aquel cubículo sucio y encharcado, doblando un billete de 10 para respirar un poco de necesidad, de valor ufano, que le ha vendido un colega el martes con esperanzas de que la semana sea más llevadera, para vencer ese miedo al miedo, para que te vengas arriba como nunca, tío, para soportar el peso del mundo: los treinta y cuatro, trabajo de mierda, sin pareja, casi sin amigos, con el ritual de sábado como única certeza, con las decepciones del mismo como único corolario.

Así que observa, parado en un semáforo, erigirse a su lado hombres henchidos de pretensiones, la barra de pan rezumando aún calor, espolvoreada por harina, salpicando el periódico. Intenta leer la portada, pero el sopor se lo impide, el semáforo pasa al verde, incluso pita la señal para ciegos, retoma sus pasos, se deja caer por la boca de metro, pasa el torno, llega el metro, se abalanza, se deja morir en el frío asiento, un colombiano toca la guitarra, pide guita, pero Iván se duerme, son doce paradas, la certeza —también— de la periferia, otro sórdido domingo, se despierta justo a dos estaciones, prepara ya las llaves, arrastra la melancolía como la chaqueta que no se ha puesto desde que entró en la última discoteca, donde su mirada impávida acechaba cuerpos, compañía, algún gesto que delatase que la soledad estaba por terminar, que el domingo sería distinto, el fin de una sucesión de domingos en la cama, remordiendo los fracasos de las últimas horas que todavía le escocían la nariz, pero con más fuerza en la cabeza.

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