Me pierdo entre las calles de la ciudad antigua de Dhaka, sin saber hacia dónde me dirijo. No puedo ver entre tanta gente que se mueve a mi alrededor, apenas si cruzo las calles sin golpearme contra los cientos de coches que se amontonan en carreteras de tres carriles convertidos en seis. Todos me miran, nadie me responde.

Bueno, no todos los amores son a primera vista ¿verdad?

Situada a orillas del río Buriganga, en el delta del Ganges, Dhaka es una de las urbes más densamente pobladas y una de las más pobres del mundo. Investigando acerca del origen del nombre del lugar, descubrí cómo, tras ser gobernada desde el siglo VII por el reino budista de Kamarupa y el Imperio Pala, tomó el poder la dinastía Sena, siendo Balal Sena el que estableció en el siglo XII un templo a la diosa Dhakeshwari, de la que posteriormente tomaría el nombre la ciudad.

Dhaka Helenqa Torre
FOTO: Helena Torre

Saltando sobre los charcos que la lluvia ha dejado, y sorteando los muchos rickshaws, el medio de transporte típico de aquí, que inundan las calles, mis pasos se dirigen al fuerte de Aurangabad. Recordándome vagamente al Taj Mahal, recorro un estrecho y largo pasillo bordeado de hermosas y cuidadas flores para descubrir al final un gran cuerpo arquitectónico inacabado, conocido desde hace dos siglos como Lalbag. Se comenzó a construir en el año 1678 por el hijo del emperador Aurangabad, mas fue abandonado por su sucesor, Shaista Khan, debido a la muerte de su adorada hija Iran Dukht, conocida como Pari Bibi, en el complejo, que se sumió en el olvido sin más tarea que velar por los restos de la princesa allí enterrada.

Muchos vecinos visitan diariamente el lugar; vistiendo sus mejores galas, Lalbag es frecuente escenario de enlaces y celebraciones, pues de alguna manera la expansión que la entonces conocida como Jahangir Nagar, la ciudad de Jahangir, vivió bajo el dominio mongol, momento en el que fue construido el fuerte, es considerada como el inicio de la andadura que desembocaría en la consolidación de Bangladesh como país independiente.

Y, como no podía ser de otra manera, son varias las leyendas que circulan sobre estos muros, especialmente acerca de la joven princesa Pari Bibi; cuentan que fue tomada como tributo de manos de Ahom Raja, uno de los enemigos del emperador. Son muchos los que afirman que la princesa, que contaba con apenas nueve años cuando falleció, aún juega en fuerte con los grupos de niños que visitan el lugar a diario, quienes se divierten con ella ignorando su identidad. ¿O no?

Dhaka Helena Torre
FOTO: Helena Torre

Cuando visitas la parte antigua de la ciudad intuyes los esfuerzos que está llevando a cabo el actual alcalde Hossain Khoka con el fin de disminuir la criminalidad y la mortalidad ocasionada por diversas infecciones. Con tal objetivo, está llevando a cabo varios proyectos para mejorar el sistema de canalización del agua y la trata de desechos industriales. Asimismo, pretende mantener en buen estado el Palacio de Bangahhbau, residencia del actual presidente del país, Abdul Hamud, así como Ahsan Manzil, el precioso palacio residencial y sede de la familia Nawab convertido en Museo Nacional; este ejemplo del renacimiento indo-sarraceno es enteramente ¡rosa!, una explosión de color que, prometo, hace sonreír. Para entender un poco más sobre la arquitectura de Dhaka, merece la pena visionar el documental “Mi arquitecto: el viaje de un hijo”, de Nathaniel Kahn, quien ganó el premio de la Academia hace dos años al narrar la historia de su padre, Louis Kahn, creador del Parlamento de la ciudad.

Es toda una aventura descubrir los cientos de pequeños locales que se agolpan a orillas de la carretera, pudiendo vislumbrar retazos de los quehaceres diarios de los vecinos de la zona: fruterías, carnicerías, peleterías… un constante bullicio comercial que no cesa a pesar de la lluvia. Siempre a cambio de una propina, pues siguen la popular pauta de anhelar aquello de lo que se carece, los vecinos me explican muy amablemente sus labores, como cocinan el pollo al curry y la sopa de lentejas que comen en sus descansos, y dejan entrever una mentalidad emprendedora que coincide con mi experiencia al conocer a emigrantes de este país en otras partes del mundo: siempre afirman estar ahorrando para regresar al hogar y abrir su propio negocio.

Ese sentimiento de hogar es muy profundo en las gentes de aquí. Reflexiono sobre ello y sin apenas darme cuenta levanto la vista para descubrir docenas de barcos que se agolpan en Sadarghat, el dinámico puerto de Dhaka. Tras mostrarme como viajan las personas a bordo, agolpadas en círculos en torno a platos de comida que venden a bordo, cual picnic colectivo, me suben a la cubierta de uno de los barcos; la vista hace que contengas la respiración. Sintiéndome en otra época, con la brisa acariciándome el rostro, cierro los ojos y comienzo a entender ese orgullo bengalí que vengo descubriendo desde que llegué.

FOTO: Helena Torre
FOTO: Helena Torre

Para comprender el alma de esta ciudad hay que retrotraerse al año 1765, cuando cayó en manos de la Compañía Británica de las Indias Orientales, tomando Dhaka la vereda de la modernización, mejorando los sistemas eléctricos y de abastecimiento de agua. Empero, tras la división de la India, los musulmanes decidieron separarse formando el estado de Pakistán; este se dividió en la parte occidental, y en la Bengala oriental, siendo Dhaka la capital. Pronto fue palpable que la religión como único nexo entre ambas partes no era suficiente para unir a dos poblaciones de lengua, cultura y tradición harto distintas, quedando Bengala cada vez más rezagada. Cobraron importancia numerosos problemas de infraestructura, escasez, falta de higiene, etc., creándose un clima de tensión que explotó cuando el gobierno central impuso en todo el país el urdu como lengua oficial.

Levantando la voz como nunca hasta la fecha, la población bengalí quiso defender su lengua y se unió en el llamado Movimiento de la Lengua de 1952 (de ahí el nombramiento por parte de la UNESCO del 21 de Febrero como Día Internacional de la Lengua Madre), creando un sentimiento nacionalista que fue creciendo a lo largo de los años hasta la celebración de una reunión, encabezada por el bengalí Mujibur Rahmanm, en Marzo de 1971, que declaró la independencia de Bangladesh.

Cuando hablas con los locales acerca de este proceso, puedes vislumbrar como la memoria de la cruenta posterior represión por parte del ejército pakistaní aún les duele en el recuerdo. Empero, alzan la cabeza orgullosos de los avances de los que la ciudad ha sido testigo desde el periodo de postindependencia; unido al crecimiento económico, se ha producido un alce de la clase media y el comercio de los bienes de lujo, con el consiguiente auge inmobiliario y emigración de las áreas rurales al centro en busca de mejores oportunidades.

Paseo por Banani, un barrio nuevo consecuencia del mencionado crecimiento económico, y miro alrededor: hombres vestidos con pantalones y camisas o lungui, mujeres con coloridos sari; puestos ambulantes donde degustar deliciosos sandesh; flores frescas olvidadas en algún rincón tras las celebraciones locales del día anterior. La arquitectura, la música, el arte, las artesanías que venden en el mercado, los cuentos populares que te cantan en las calles por apenas cinco takas… todo denota influencias musulmanes, hindús, budistas, cristianas. El patrimonio de esta ciudad es riquísimo para el que busca queriendo hallar.

Abandono la ciudad sintiendo que algo en mí ha cambiado. Dhaka enseña humildad; muestra la necesidad de entender cada situación en su contexto, porque la circunstancia lo es todo. El devenir es cambio constante, y este país ha sabido adaptarse a escenarios radicalmente opuestos entre sí, buscando siempre ese cambio.

Dhaka es orgullo frente a la represión; es curiosidad en una rutina hostil; es hospitalidad aun en la pobreza. Dhaka hay que sentirla. Y como decía Cortázar:

Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento.

Pero que te quise, y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser. 

FOTO: Helena Torre
FOTO: Helena Torre

P.D. Observe la última foto. Detenidamente Tómese su tiempo.

 Ahora dígame: ¿reconoce a Pari Bibi?

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