Camino por un bonito casco antiguo, en una de aquellas antiguas villas que a finales del medievo rebosaban de actividad. Ahora convertidas en pequeñas ciudades de provincia, sus centros históricos son también pintorescos museos al aire libre.

En una amplia plaza, quizás ganada como ensanche cuando decidieron tirar las murallas que cobijaban el burgo viejo, se extiende una curiosa exposición: grandes bloques de acero oxidado se ordenan en filas y columnas, formando una especie de crómlech moderno. ¿Son esculturas? ¿Quizás obras de arte?

Me acerco, curioso, como algunos de los vecinos y visitantes que ya inspeccionan los extraños monolitos metálicos. No tardo en descubrir que son vastos expositores, dos por dos metros de moldura rojiza en acero corten que enmarcan fotografías en blanco y negro.

Reconozco aquella primera imagen que tengo ante mí: un blanco iceberg en el océano, en sus afilados acantilados las olas han labrado un arco de herradura y en su cima las ruinas de un torreón de hielo han sido talladas por el viento. Tormentosas borrascas cubren por completo el cielo sobre aquella montaña flotante de forma caprichosa, convirtiendo la fotografía en un paisaje romanticista que bien podría haber pintado Caspar David Friedrich.

Pero no es Friedrich, sino Salgado.

Sebastião Salgado es brasileño, hijo de un terrateniente de Minas Gerais. Tião, como lo llamaba su padre, no tuvo contacto con las fotografía hasta una edad relativamente tardía. Fue a los veintinueve años, siendo doctorando de economía en París, cuando cogió la pequeña cámara Pentax de su esposa Léila Wanick que por entonces estudiaba arquitectura, también en la capital francesa: “Fue la primera vez en mi vida que miré a través del visor de una cámara y a partir de ese momento yo empecé a tener otra relación, a través del visor de esta cámara, con todo en el mundo”, comentaba en una de sus numerosas conferencias.

Iceberg entre la Isla de Paulet y las Shetland del Sur, en el mar de Weddell. Península Antártica, 2005.
Iceberg entre la Isla de Paulet y las Shetland del Sur, en el mar de Weddell. Península Antártica, 2005.

Sus viajes como economista para la Organización Internacional del Café a diversos países del África Central, a los que siempre acudía con su cámara, terminaron por decidir el futuro de su carrera: “Las fotografías me daban diez veces más placer que los escritos económicos”.

Como fotógrafo, Sebastião trabajó para grandes agencias como Sygma(1974) o Gamma(1979), esta última fue su escuela de fotoperiodismo. Decidió dejar Magnum tras pasar en ella quince años y en 1994 fundó su propia agencia, Amazonas Images.

Su fotografía documental se centró durante aquellos años en los trabajos manuales (Workers, 1993), las migraciones (Migrations, 2000; Exodus, 2016), la pobreza, la miseria y el hambre (Sahel, 1986). Su cambio al paisajismo presente en esta exposición vino más tarde.

“Mamá, ¿por qué ese árbol está gordo?”, escuchó decir a una niña mientras señala la fotografía de una isla cuajada de árboles que parece emerger del mar en la costa de Madagascar. “Porque es un baobab, y se llena de agua como los cactus, por eso está hinchado”, responde la madre.

Sebastião Salgado siempre trabaja en blanco y negro, quizás por eso es un maestro del contraste: a veces claramente marcado entre la nieve y la oscura roca o en el plumaje de los pingüinos y alcatraces, otras veces da rienda suelta a toda una gama de grises en los cielos tormentosos o la niebla de los bosques y valles. Cierta lógica nos diría que es relativamente fácil hacer una fotografía en blanco y negro cuando tienes ante ti un paisaje de mar y hielo. Sin embargo, Sebastião nos demuestra que incluso las junglas de Madagascar, con toda la exuberancia cromática de su follaje, pueden también impresionarnos y mostrarnos la belleza en ausencia de colores. También por ello la imagen en blanco y negro abre la puerta a la imaginación de quien la contempla:

“Parece un fondo marino, ¿verdad? Creía que eran algas y corales”, comentan un par de jubiladas frente a la foto de la selva del Ruwenzori en Uganda, cuya exótica floresta le da un aspecto subacuático.

A finales de los años 90, fruto de las duras experiencias que había contemplado y vivido en sus viajes a través de la miseria y barbarie humana, Sebastião entró en un profundo malestar psicológico que afectó también duramente a su salud física. Dejó la fotografía y se retiró a su tierra natal, de vuelta a la hacienda de su padre en Brasil que él recordaba como un bello paraíso tropical. Lo que encontró fueron unos campos yermos, devastados por la erosión y la sobreexplotación:

“Esta tierra estaba tan enferma como yo, fue una enorme decepción porque yo pensaba en dejar la fotografía y convertirme en agricultor. Y mi mujer tuvo una idea fantástica en ese momento: ¿por qué no replantamos la floresta?”. Tardaron diez años, dos millones de árboles de trescientas especies diferentes fueron sembrados, pero finalmente lo que era un desierto volvió a ser aquel bello paraíso tropical que recordaba. “Hasta los jaguares han vuelto”, suele decir orgulloso el fotógrafo.

Grandes dunas entre Albrg y Tin Merzouga en Tadrart. Sur de Yanet, Argelia, 2009.
Grandes dunas entre Albrg y Tin Merzouga en Tadrart. Sur de Yanet, Argelia, 2009.

El resultado de aquel trabajo es el Instituto Terra en Aimorés, organización dedicada a la restauración de ecosistemas, conservación, educación ambiental e investigación. Génesis surgió también de aquella experiencia de recuperación de la hacienda de su padre y que le dio renovadas fuerzas para volver a tomar su cámara. La naturaleza en su estado más puro sería el motivo de un nuevo proyecto fotográfico que le llevaría a realizar treinta y dos viajes a lo largo del mundo en un periodo de ocho años. El resultado de este trabajo son las fotografías que aquí describo.

Me detengo ante un nuevo expositor cuya imagen, desde la distancia, parecían telas que se ondulaban con el viento. Al acercarme descubro que en realidad son las dunas del desierto del Sáhara. Sebastião Salgado tiene a veces ese toque e influencia del arte abstracto, copa por completo la foto de arenas sinuosas o laderas surcadas por la erosión del hielo, sin dejar espacio o salida al cielo, dándole ese aspecto indeterminado y confuso. Pero una vez que aproximas la mirada, puedes ver cada una de las texturas antes imperceptibles: los granos de la arena, el pelaje de una foca, los líquenes de la roca volcánica o cada una de las brillantes escamas de un reptil.

Génesis es el nacimiento, la vuelta al mundo en sus orígenes, “el retorno a la naturaleza totalmente prístina, totalmente pura”, en palabras de Salgado, y no desde un punto de vista bíblico o teológico, sino ateo y fuertemente científico. Quizás por esa razón su primer viaje fue a las Islas Galápagos, el mismo lugar en el que trabajase Darwin. Allí se encontró con unos curiosos habitantes, las iguanas marinas, de las que tomó una de sus fotografías más icónicas:

“Fíjate, es como el guantelete de una armadura medieval”, señala un adolescente a otro mientras observan la mano cubierta de duras escamas de uno de aquellos reptiles. Éstos usan sus largas garras para aferrarse a las rocas mientras bucean en busca de algas, una adaptación evolutiva para aquel singular paraje isleño.

Iguana marina (Amblyrhynchus cristatus). Archipiélago de las Galápagos, Ecuador, 2004.
Iguana marina (Amblyrhynchus cristatus). Archipiélago de las Galápagos, Ecuador, 2004.

Recuerdo las palabras de Sebastião cuando una vez le preguntaron si la fotografía le había acercado a Dios. Él respondió con rotundidad que no era creyente, y tomó como ejemplo las iguanas de las Galápagos: “Realmente somos de la misma familia, y cuando volvemos atrás en la teoría de la evolución de las especies y partimos de la suposición de que provenimos de la misma célula de base… llegamos al mismo punto: yo podría ser la iguana y la iguana podría ser yo”.

Pero no es casual que estas preguntas surjan. En sus fotografías suele haber algo de religioso y sagrado en la luz que surge de los cielos rasgando las nubes o los rayos que atraviesan entre las montañas los valles. El fotógrafo brasileño muestra su dominio de la iluminación y en especial del contraluz tan característico en tantas de sus fotografías.

Miguel, el representante de Sebastião en España, me contó una vez que al pequeño Tião le colocaba su madre un sombrero de paja para evitar que el pesado sol de Brasil le dañase la piel. El niño educó su mirada a través de la protección que la prenda le proporcionaba. Quizás debido a ello el fotógrafo ya adulto tiene esa facilidad para observar el mundo con aquella luz.

Mientras contemplo la negra silueta de unos pescadores en canoa sobre un lago del Mato Grosso, una chica se me acerca. “En cinco minutos comienza la visita guiada de la exposición. Es completamente gratuita”, añade al final como incentivo. Se lo agradezco, pero he quedado con un amigo en una cafetería cercana.

Baobabs en una isla de la Bahía de Moramba. Madagascar, 2010.
Baobabs en una isla de la Bahía de Moramba. Madagascar, 2010.

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