«Tengo 89 años. Y nunca nadie me ha dado un premio así. Tampoco nunca me he presentado a ninguno. Es algo que considero que, si viene, ha de venir por sí sólo». Con esta frase rompía el silencio un agradecido Jesús Pardo el pasado diciembre al recoger el Premio Honorífico de las Letras de Santander 2016, en la II Gala de las Letras de esta misma ciudad, celebrada en el Teatro CASYC. Los asistentes, ensimismados, le escuchaban. «Esto es muy bonito», añadió, admirando la elegante estatuilla compuesta por letras que se le entregaba. «Prometo no usarlo como pisapapeles», bromeó divertido.

Todo el mundo rió.

Me atrevería a decir que todos los allí presentes fuimos receptores de un regalo: ante nosotros, una persona extraordinaria. De ésas que lo son tanto, que actúan como si nada. De las que van de aquí para allá expeliendo lucidez sin ni siquiera darse importancia. En su caso, desprendía autenticidad, vivencias acumuladas y mucha naturalidad. La naturalidad de quien vive tranquilo consigo mismo y cómodo con lo que es y lo que tiene que decir. No es para menos, teniendo en cuenta el camino recorrido.

Su dilatada carrera como periodista dejó en él un característico estilo claro y conciso, así como un profundo rechazo a la retórica. No en vano se caracteriza por una desgarradora sinceridad a la hora de empuñar la pluma. Sus memorias, en tres volúmenes, han sido tildadas de corrosivas.

Autorretrato sin retoques (1996), Memorias de memoria (1974-1988) (2001), y Borrón y cuenta vieja (2009) son sus títulos. En ellos desmitifica lugares y personajes, utilizando la tinta a modo de estilete, y pone en evidencia la mediocridad de la vida cultural de la España de posguerra, que conoció a fondo.

El primero de estos tres tomos tuvo un especial éxito, y una buena acogida por la crítica, poco acostumbrada a tal derroche de franqueza. Cabe destacar que, a diferencia de lo que suele ocurrir con demasiada frecuencia, su juicio crítico no recae sólo en los demás, sino que también se posa con la misma lente sobre sí mismo sin muchos miramientos. En sus páginas tienen cabida nombres como Camilo José Cela, César González Ruano, Marcelino Menéndez Pelayo, Emilio Romero y Antonio García-Trevijano, entre otros. Uno de los lugares que retrata de uno- o varios- plumazos es el famoso Café Gijón, que frecuentaba. Lugar por excelencia de la tertulia literaria y reunión de intelectuales y artistas de la época del régimen de Franco y la Transición española.

Anécdotas personales, propias y ajenas, desfilan por sus páginas, levantando en su momento, como es natural, no poca polémica. El propio escritor declaró no haberse puesto otros límites que no fueran los artísticos. «En unas memorias no se dice la verdad sino lo que recuerdas que es la verdad, que no siempre es lo mismo. Lo vergonzoso habría sido maquillar la verdad para quedar bien con los amigos». Así lo cita Javier Pérez Senz en un artículo publicado por El País en 1996.

Jesús Pardo tiene una trayectoria capaz de dejar boquiabierto incluso al menos impresionable de la sala. Nació en Torrelavega, en 1927.  Aunque él se define a sí mismo como «sardinerino», ya que fue allí, en el Sardinero de Santander, donde se crió y pasó la mayor parte de su infancia. Diplomado en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid, se trasladó a Londres en 1952, donde trabajó durante 20 años como corresponsal de los diarios Pueblo y Madrid, corresponsal volante de Cambio 16, y como redactor de la agencia EFE. Más tarde fue delegado de la misma agencia en Ginebra y Copenhague. De vuelta a Madrid fundó la revista mensual Historia 16, en la que ejerció unos años de director ejecutivo. Desde 1987 se dedicó plenamente a su labor literaria.

Además del género memorialista, también ha cultivado la novela, el ensayo, ha publicado un libro de viajes, de cuentos, y varios de poemas. Habla y lee, además, la friolera de quince idiomas, y ha traducido más de doscientos libros. En 1994 recibió el Premio Nacional de Traducción de Finlandia.El título de su última novela, Rojo Perla (El Desvelo Ediciones, 2014) hace referencia, según el propio autor, a la búsqueda de lo imposible: «La perla, por mucho que la mires, no tiene más color que el blanco».

Efectivamente, no se puede encontrar el color rojo en ninguna perla corriente. En cambio, las personas están plagadas de matices, y algunas incluso nos deslumbran desde lejos. El blanco precisamente, tan sencillo y complejo, que contiene en sí todos los colores, parece encajar a la perfección- a pesar de su apellido- con este excepcional y auténtico sardinerino.

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