Goza y padece el intelectual de amores y odios encontrados. Por un lado, se admiran sus conocimientos, su verbo, esa capacidad de ordenar el mundo en bellos y sólidos argumentos que convierten la selva de la realidad en un parque con sendas arboladas por donde el ignorante, con la boca abierta, puede pasear sin temor a perderse. Por otro lado, irrita su suficiencia, su tener palabras para todo, ese halo de superioridad que rodea el estrado desde donde arroja sentencias y diatribas.

Definido como aquel que cultiva preferentemente las ciencias y las letras, es visto ya como un horticultor que enriquece el mundo con sus productos, ya como un parásito tumbado a la sombra del porche del dueño de la hacienda. Sabio o charlatán, maestro o bufón, humus o florero, su verdadero papel no deja de ser puesto en cuestión por aquellos que, atados a la silla de la oficina o a la cadena de montaje, resaltan la situación de privilegio de la que gozan y la más que probable inutilidad de su tarea. Los de abajo no suelen perdonar que entre el decir y el hacer se abran fosas, o se eleven torres de marfil, poltronas y cátedras.

La fauna intelectual

Pero, justo es reconocer, que no todos los intelectuales son iguales. Muy por el contrario, en el amplio hábitat de las ideas hay una fauna variopinta. Así tenemos, por ejemplo:

El intelectual «hormiga». Disciplinado, voluntarioso y gregario, empeña su vida en la recolección de pequeños granos que va acumulando, con paciencia y tesón, junto a los que aportan individuos de su misma especie, para mayor gloria del hormiguero. Amante de la especialización, suele caminar en fila india, sin mirar a derecha ni izquierda, ni desviarse un milímetro del camino trazado por su predecesor. Su mayor aspiración es un despacho en una galería cercana a la hormiga reina.

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Minerva | Hendrick Goltzius

Está también el intelectual «águila». Individualista, desafiante y fiero, contempla la realidad desde una altura que, por encima de las nubes, sólo cede ante el sol, la luna y las estrellas. Observador agudo, rápido en las respuestas, crítico implacable, únicamente desciende al suelo para despedazar con sus garras y pico al incauto que pretenda trazar un interrogante bajo su mirada. Devorado el insolente, de inmediato se vuelve a elevar con un majestuoso batir de alas que tanto busca tornar presto a su insobornable altura, como desprenderse del asqueroso polvo terrenal que haya podido manchar sus aceradas plumas.

Otro espécimen es el intelectual «ratón». Tímido, huidizo y erudito, gusta de lugares apartados en donde pueda mover el hocico con total seguridad y corretear de un libro a otro con plena libertad. De esta guisa, roe y roe en soledad ideas, teorías y sistemas, desmenuzándolos de tal manera que en la mayoría de las ocasiones acaba por tener entre las patas tan sólo un montón de serrín. Pero no le importa: se acuesta sobre las virutas, duerme y, entonces, sueña que es un gato.

Tenemos también al intelectual «serpiente». Frío, resbaladizo y adulador, repta por pasillos, salones y tronos seducido por el brillo de los espejos, el tintineo de las lámparas de mil lágrimas y el vuelo de los cortinajes. Fascinado fascinador, es experto en hipnotizar a mamíferos débiles o despistados para lo cual emplea la blandura de la mirada, la flexibilidad de la lengua hendida y doble, el repicar de cascabeles de la cola y una sorprendente habilidad de erguirse un palmo sobre el polvo en el que normalmente habita.

Muchos más podríamos añadir a esta lista, pero sólo mencionaremos de pasadas algunos de ellos: el intelectual «búho», eterno observador, de vuelo sigiloso y nocturno, sumido en un profundo pesimismo histórico; el intelectual «gallo», vistoso, afable, dicharachero, amante de tertulias radiofónicas, conferencias y entregas de premios; el intelectual «buitre», rondador de cadáveres, introductor al pensamiento de grandes pensadores, pirata siempre dispuesto al abordaje y al plagio; el intelectual «león» que hace de la pluma otra manera de desenvainar espadas; el intelectual «oveja» que bala tristemente por unas verdes praderas que nunca existieron; el intelectual «jilguero» que canta a un amanecer que no acaba de llegar; el intelectual «topo» que hurga y hurga en la tierra haciendo cada vez más profunda la propia tumba…

Un aire de familia: la función prensil

Si es cierto que el hábito no hace al monje, no es menos cierto que el monje hace su hábito. Y si en la casa del herrero cuchillo de palo, no deja por ello el herrero de oler a fragua. Todo oficio imprime carácter, y éste no deja de manifestarse en señales visibles. No podía ser menos en los intelectuales y, así, a pesar de las diversas variantes que hemos recorrido y escogiendo aquellas que no hacen del oficio simple beneficio, podemos apreciar una serie de rasgos, costumbres o manías que los agrupan en una suerte de aire de familia. Veamos.

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Man is But a Worm | Punch

Le guste o no, el intelectual pertenece a la especie humana; y la especie humana, le agrade o no, desciende del mono. Este molesto hecho filogenético tiene sus repercusiones en la labor del intelectual. Se podría pensar que me estoy refiriendo al amor de los intelectuales «por las alturas» o a su querencia por «andarse por las ramas». No cabe duda de que estas dos características se dan entre los intelectuales y que es posible relacionarlas con el pasado primate del Homo sapiens. Sin embargo no es de ellas de las que quiero hablar. Mi interés se dirige a la «prensilidad», es decir a la capacidad de asir o coger. Me explico.

Nuestro querido tatarabuelo mono está sentado en una rama. Con su visión estereoscópica y cromática observa su rededor. De pronto, descubre entre el mar de hojas el preciado fruto. Alargará entonces el brazo, agarrará el plátano con la mano, se lo llevará a la boca y se lo comerá con indudables muestras de satisfacción. No otra cosa hace  -o cree hacer- nuestro querido tataranieto el intelectual.

Sentado a su mesa de estudio observa con su penetrante mente la realidad. De pronto, en el mar siempre cambiante de los fenómenos, descubre el fruto de la causa eficiente, la razón última, el dato empírico, la suculenta verdad o la apetitosa certeza. Estremecido, alargará su brazo, formará un cuenco con la mano y aprehenderá la «cosa». De la vista ha llegado al tacto, y el tacto se resuelve en el gusto. Se lleva el fruto  -causa, razón, dato, verdad o certeza- a la boca, lo mastica, lo paladea y lo engulle. Su metabolismo hará el resto: vivificará el cuerpo asimilando el alimento en teoría u obra de arte, y despreciará lo inútil en forma de excrementos.

Claro que esta imitación no deja de ser un remedo, pues el primate ve, coge y se come el fruto de verdad, mientras que al intelectual siempre le queda la duda de si ve o se engaña, si coge la «cosa» o simplemente ase un objeto creado por su mente, si mastica realidad o ficción y, por último, si en el fondo sus teorías o sus obras de arte no tendrán el mismo valor que sus excrementos. Dudas todas ellas inquietantes y que a ciertos intelectuales les lleva a darse de cabezazos contra la mesa o la rama, a otros a dar un corte de mangas definitivo al bosque entero, y a unos terceros a atiborrarse de frutos, imaginarios o no, sin miedo a indigestiones y diarreas, imaginarias o no. Pero sea cual sea su reacción siempre acabarán contemplándose las manos que, ajenas a su voluntad y a sus dudas, continuaran tercamente abriéndose y cerrándose en un irreprimible deseo de agarrar.

Horizontes lejanos

Otra de las características del intelectual es el «anhelo de horizonte». Aclaremos esta denominación  que entre otras desventajas tiene la de parecer misteriosa y sonar poética.

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Le Penseur | Auguste Rodin

Cuando un intelectual contempla el horizonte, no se limita a mirar con delectación o arrobo esa línea aparente en la que el cielo y la tierra simulan juntarse. Tal actitud no lo diferenciaría del turista que se acoda en la barandilla de un paseo marítimo o del enamorado que desea ver en los colores del atardecer las vívidas pinceladas de su pasión o de su despecho. Cuando un intelectual contempla el horizonte sencillamente se muere de envidia. Y es que su anhelo, su íntimo anhelo, sería estar «allí» y desde ese «allí» observar la panorámica total y privilegiada de este «aquí». El intelectual ama y quiere la distancia. Al poner tierra, aire o mar de por medio se extrae de sí y de aquello en lo que está inscrito, se autoconstituye en sujeto y constituye la realidad como objeto. Impresionante operación cuyo paradigma máximo sería la mirada de Dios o, menos teológicos, la lente del microscopio revelando la vida íntima de los microbios. Y así, desde ese «allí» del horizonte, sus piernas en el agua y su cabeza en las nubes, el intelectual puede observar a sus anchas lo que considera materia de su interés… Claro que este distanciarse tiene sus desventajas. Señalemos dos.

Primera, siendo el horizonte por definición inalcanzable, el intelectual, cualquiera que sea el punto de distancia al que haya llegado, sabe que más allá existen lugares cuya mayor lejanía ofrece una superior potencia panorámica y, por ende, las observaciones que haga desde su actual atalaya siempre serán parciales o, lo que es peor, erróneas por haber sido realizadas desde una excesiva cercanía. Sin un límite a sus espaldas nunca podrá saber si los límites que establece son ciertos o, al menos, probables.  Sólo le queda conformarse con el límite alcanzado o correr eternamente hacia ese horizonte inalcanzable.

Segunda, el intelectual, colocado en un punto cualquiera de la distancia, consciente de la imposibilidad de atalayarse en el horizonte, quiere deshacer la extracción, volver a ese «sí mismo» que ha convertido en sujeto y a esa realidad de la que ha hecho objeto, pero, aterrorizado, comprueba que sus manos se han transmutado en bisturíes, sus ojos en lentes y el mundo en materia fría e inerte. La distancia se ha transmutado en exilio. Y sobre el intelectual, las piernas en el agua, la cabeza en las nubes, cae la noche.

Teje que te teje

Una tercera característica de los intelectuales es su pasión por tejer. Ya se declaren idealistas transcendentales o materialistas dialécticos, ya proclamen la muerte de la razón o traten de buscar una renovada senda para el Iluminismo, ya sean analíticos, hermenéutico-fenomenólogos, neoempiristas, pragmáticos, racionalistas críticos, postestructuralistas o postmodernos, ya partidarios del pensamiento débil o añorantes del pensamiento fuerte, ya sociólogos o novelistas, ya historiadores o poetas, ya científicos o músicos, a todos ellos les une su espíritu de tejedores.

Quizás sea porque en su niñez vieron al emperador desnudo y, perseguidos por tal experiencia, traten durante el resto de su vida de confeccionar un traje que cubra visión tan desoladora; o quizás, por el contrario, su infancia fue mecida por demasiados cuentos y busquen una narración que no los destierre a una eterna cuna. Sea por lo que fuere, el caso es que los intelectuales se empeñan día y noche, inclinados sobre su telar, manejando incansables la trama y la urdimbre, en formar una tela que haga inteligible e incluso dotado de sentido un universo que, por lo demás, parece poco dispuesto a dejarse tomar las medidas y a vestir traje alguno.

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Efervescencia | Radio Numancia

En este empeño por fijar lo móvil, por ordenar el caos, por extraer un argumento de la maraña, cuentan con la inestimable ayuda de unos duendecillos, bastante revoltosos, ciertamente volubles y por lo general muy creídos, a los que podemos llamar palabras, números, volúmenes, sonidos o colores, pero que, a efectos de la brevedad, los englobaremos con el apellido de representaciones. Siendo como son pura imagen, tratan de ocultar esta su íntima naturaleza presumiendo de que su semejanza es pura identidad. Vanidosos, nada les ofende más que se les diga que la sombra de un hombre no es un hombre o que el reflejo de un rostro en el espejo no es ese rostro. Callarán ante estas aseveraciones y, astutos, esperarán a que la noche avance.

Y cuando, cercana la madrugada, nuestro tejedor, vencido por el cansancio, cabecee en estado de duermevela, susurrarán en su oído que son copia de la realidad esencial de la cosa. Entonces, nuestro tejedor, en el umbral del sueño, podrá creer que el vestido que confecciona se adapta a la realidad como una segunda piel, aún más, como la propia piel. Pero tras el sueño viene la vigilia, y nuestro adormecido intelectual, debido a lo incómodo de su postura, despertará sobresaltado. Mirará a su alrededor y dirá: «Ésta es mi mesa», «esto es el ordenador», «eso un paquete de folios», «aquello la librería repleta de libros». Más calmado se levantará y se irá a la cama.

Al día siguiente cogerá el traje tejido la víspera y lo irá probando sucesivamente en su mujer o marido, en sus amigos, en su lugar de trabajo, en las calles y sus gentes, en la ciudad, en cada uno de sus pasos, acciones y pensamientos. Cuando vuelve a casa, el vestido es ya sólo un guiñapo. Entonces caerá la noche, se sentará a la mesa, encenderá el ordenador, comenzará a tejer y se preguntará si las palabras son sólo palabras, si el pensamiento meros juegos del lenguaje, un engañoso reflejo de la gramática, si está despierto, si está dormido o si simplemente todo es un sueño de su mente que teje, teje y teje…

Entre tántalos y titanes

Llegados a este punto fácil es concluir que la labor del intelectual tiene más de tantálico que de titánico. Y no parece propio de personas lúcidas permanecer sumergido hasta la barbilla en el agua y verse imposibilitado tanto de agacharse para beberla, como incapaz de ponerse de puntillas para alcanzar los frutos que penden unos centímetros más arriba de los labios. Y todo ello como condena por la soberana tontería de haber revelado a los mortales secretos divinos. No es pues de extrañar que, ante tal panorama, la mayoría de los intelectuales decidan abrazar la fonética del nihilismo, la fonología del relativismo, la morfosintaxis del mercado y la semántica del poder, ya sea metamorfoseándose en hormigas, águilas, serpientes o en cualquiera otra de las formas zoológicas anteriormente reseñadas. Después de todo, si estamos presos en la jaula del lenguaje, mejor es pintar los barrotes de purpurina que precipitarse puntos suspensivos abajo…

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Castores construyendo sus diques | Herman Moll

Existe sin embargo una variante de carácter más bien titánico que merece mención especial: el intelectual «castor». Inteligente, vivaz y laborioso dedica su vida a tratar de contener y canalizar una realidad siempre amenazadora, en perpetuo movimiento, indomable, regida por inundaciones, accidentes y catástrofes. Con hojas, ramas y barro construye diques y barreras que, en su fragilidad, caen para tener que volver a ser levantados. Trata de este modo, incansable, consciente de los límites pero también de la imperiosa necesidad, de mantener en pie un mundo habitable dentro de un universo caótico e indiferente a sus esfuerzos.

Lo malo es que es una pieza muy apreciada por los cazadores debido a la calidad de su piel. Y una cosa es tejer y otra acabar convertido en prenda de vestir. ¿O no?

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