Tenía cincuenta y tantos. Piel morena curtida por el sol. Un brillo ávido en su mirada. Entendía mucho, hablaba poco. Caminaba ligeramente encorvado. Siempre tenía prisa, como si le estuviesen esperando. Comía por tres hombres. No se reía mucho, pero sus carcajadas eran profundas. Escuchaba con atención. Sabía de todo.

Se llamaba Priyantha.

Sri Lanka es un país precioso, lleno de secretos. Existe un lugar pequeño, cerca de la capital, conocido como la ciudad de la sal, los barcos y la mar: Negombo. Unos pasos afortunados me llevaron hasta este hogar de pescadores, situado en la boca del lago del que toma su nombre. Su puerto bulle de actividad desde el amanecer hasta bien entrada la noche y, sentada en una de sus blancas playas, observo los métodos tradicionales de pesca que, aún hoy en día, siguen utilizando: canoas excavadas en los árboles, mallas de nailon extensas como ninguna que haya visto antes. Al lado de las playas hay pequeñas chozas de palma en las que viven los pescadores, y si te acercas con cara amigable eres bienvenido para tomar un té.

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Foto: Helena Torre.

Fue allí donde conocí a Priyantha. Sentado en una duna de arena, observaba el horizonte mientras un cigarro se consumía entre sus dedos. El clic de mi cámara le hizo levantar la mirada. Charlamos durante unos minutos, le regalé la foto tomada con mi polaroid, y me preguntó si quería colaborar con la pesca del día. Sonreí: había encontrado a mi guía en aquella aventura.

Apenas necesitas un par de horas para recorrer a pie Negombo. Sus edificios revelan la presencia colonial portuguesa y holandesa en el lugar; estando en manos de Portugal, en el año 1640 cayó bajo el poder de los holandeses, quienes posteriormente la perdieron y la volvieron a recuperar en 1644, destruyendo en la contienda el fuerte de la ciudad. Dominaron el lugar durante más de un siglo, hasta que lo portugueses la reconquistaron.

Se aprecian vestigios de estos tiempos en el llamado «Canal holandés», recorrido de más de cien kilómetros que constituyó la principal vía de abastecimiento para la administración colonial; asimismo, aún podemos observar el fuerte, con su imponente puerta, que, situado entre el lago y el mar, y contando con numerosos puentes levadizos, constituyó la principal defensa de la ciudad tras su reconstrucción en el año 1672. Actualmente es utilizado como prisión, tanto por Negombo como por las ciudades de los alrededores.

Foto: Helena Torre.
Foto: Helena Torre.

Caminamos uno junto al otro: yo tomo fotos, Priyantha fuma un cigarrillo. No revela mucho, pero descubro que perdió a su mujer por el cáncer cinco años atrás y a su único hijo el pasado otoño en un accidente de motocicleta. Le miro queriendo encontrar unas palabras de consuelo que me rehúyen. Intuyo que no son necesarias. Guardamos silencio.

Me sorprende la cantidad de iglesias que vamos dejando atrás. Negombo es conocida como «La pequeña Roma», la mayoría de la gente profesa la religión católica. Su mujer, me cuenta, era una fervorosa creyente; cada Navidad reunía a todos sus allegados para compartir la mesa; no importaba que Priyantha y su círculo fueran budistas, el sentimiento de familia está harto arraigado en la cultura esrilanquesa.

La Iglesia de Santa María destaca, con sus tres niveles de construcción y su ornamento de la era portuguesa, sobre otras iglesias como la de la Calle Grande, o la de Katuwapitiya. La más popular es la Iglesia de San Sebastián, en la calle de El mar, dedicada al patrón de la ciudad y construida a imagen y semejanza de la catedral francesa de Reims. No obstante, el budismo, el islam y el hinduismo también tienen una gran presencia en el lugar, por lo que visitamos el templo de Agurukaramulla, lugar de peregrinación para budistas de todas partes del país; varias mezquitas; y los templos hindúes Asapuwa y Sri Sudarsnanaramaya. Es curioso ver tanta diferencia en apenas unos kilómetros, y a la vez apreciar la misma fe en el rostro de las personas que acuden a rezar en los diferentes templos.

Foto: Helena Torre.
Foto: Helena Torre.

Me gustaría que sintieseis lo que es caminar por esta pequeña ciudad asiática: aun estando al resguardo de edificios, eres consciente de que te encuentras en medio de la más salvaje naturaleza. Si te olvidas de lo que se halla a tu alrededor y te concentras en tu respiración, puedes escuchar el latido de los árboles, inhalar el rocío de los helechos. Te sientes volar cuando visitas el santuario de pájaros Muthurajawela; te asustas ante la profundidad de los pantanos salinos; te quedas sin aire al bucear en los arrecifes de coral, impresionante escenario de centenares de naufragios; te pierdes en el parque Wilpattu, donde leopardos, osos y elefantes son los dueños del lugar. «Nos gusta recordar la majestuosidad de la naturaleza de vez en cuando –me dice Priyantha-, pone las cosas en perspectiva».

Cuando sentimos que el hambre acucia, nos montamos, con tímido respeto por mi parte, en un trishaw, un triciclo grande que constituye el método de transporte más común en la ciudad. Sé que nos dirigimos al mercado de pescado antes de siquiera verlo: el olor a sal, los perros merodeando en busca de restos de comida, las voces quedas que subastan la captura del día. Conocido como «Llelama», es imagen del Negombo más real: botas llenas de arena, barcos queridos con más pasión que algunas mujeres, hombres de mar.

Por poco más que la voluntad, te cocinan el pescado allí mismo si lo deseas y, mientras esperas, puedes pasearte por alguno de los numerosos puestos callejeros. Los productos más populares son las especias, la cerámica, incluso instrumentos musicales de viento. Todo ello, junto con la pesca y el turismo, constituye la base de una economía local que, si bien en algunos aspectos pareciera algo primitiva, permite que la ciudad crezca lenta pero constantemente.

Foto: Helena Torre.
Foto: Helena Torre.

Pescado, marisco, arroz al curry y frutas tropicales sin fin, todo acompañado de agua de coco. Priyantha sonríe y saca dos cervezas Lion de debajo de la mesa. Sobra señalar lo delicioso del asunto, ¿no? Hablamos de la historia de la ciudad, del carácter de sus vecinos, de las costumbres. Mientras le escucho me doy cuenta de que sus palabras conquistan. ¿Por qué? No fingen. No te pintan el cielo de rosa para que te sientas mejor. No te venden la mejor versión de sí mismos porque no creen en versiones. La naturaleza, las acciones y los sentimientos son lo que son. Los abrazan, se inundan de ellos y los dejan ir.

La vida es mar y a veces las olas te arrastran y te sientes ahogar: pero sobrevives. Descubres tu fuerza. Y aprendes que, a veces, lo natural es no estar bien. Ese es el secreto de este lugar: son capaces de sentir alegría aun cuando están tristes. Y eso… eso es oro.

Brindamos con arrack, el licor local. Saboreo el coco.

«Por Negombo, sal, barcos y mar. Como nosotros. Como la vida».

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