Los libros de crónica negra son hoy una constante en los estantes de la mayoría de librerías. La popularidad de la que goza el género guarda una íntima relación con la de su hermana en la ficción, la novela negra. Pero la larga trayectoria que posee la crónica negra a sus espaldas puede constituir una asombrosa revelación para todos aquellos que no sean unos buenos conocedores de la literatura criminal e incluso para muchos de los que encuentran alguna forma de deleite en ella. En este sentido, El Calendario Newgate ocupa un lugar de excepción en la historia del género.

Aunque el título original de The Newgate Calendar parece no hacer otra cosa que contribuir a enmascarar el verdadero contenido de sus páginas, el subtítulo The Malefactors’ Bloody Register -es decir, El sangriento registro de los malhechores- expone a las claras la clase de individuos que las habitan, todos ellos notorios representantes del lumpen, como el antropófago Sawney Beane, el escurridizo ladrón Jack Sheppard o el despiadado bandido Richard “Dick” Turpin. Su nombre proviene de la prisión londinense de Newgate, erigida en el siglo XII y derribada a comienzos del siglo XX, adonde fueron a parar algunos de los más célebres -y en ocasiones celebrados- criminales de la historia de Inglaterra. Pese a que la obra ha conocido un gran número de ediciones impresas aparecidas bajo distintos títulos -ninguna de ellas completa-, de entre todas ellas merece la pena destacar la publicación clásica en cinco volúmenes del año 1774; a causa del elevado precio de estas antologías, la compra en este formato estaba sólo al alcance de unos pocos privilegiados, circunstancia que explica la proliferación de versiones más asequibles destinadas a los más humildes. Su éxito en el Reino Unido llegaría a ser tal que se convertiría en uno de los libros más populares del país junto con El Progreso del Peregrino de John Bunyan, El Libro de los Mártires de John Foxe o la misma Biblia, por mucho que sus historias tuvieran poco o nada de piadosas.

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Prisión de Newgate (Londres, Reino Unido)

Los orígenes de The Newgate Calendar se remontan a mediados del siglo XVIII. Todo parece apuntar a que sus primeros textos fueron deudores de la transmisión oral de todo un conjunto de historias criminales, las cuales habrían tenido por fuente primordial a los carceleros y al propio capellán de la prisión. Como miembros del personal de Newgate, habrían sido promotores de su redacción y publicación como boletines de periodicidad mensual. Con el paso de los años, las crónicas contemporáneas a los hechos irían ganando en importancia hasta imponerse definitivamente a los relatos del pasado. A decir verdad, resulta complicado contrastar muchas de las aseveraciones recopiladas en ellos, una problemática a la que se suma el desconocimiento existente en este momento acerca del nombre de sus sucesivos autores, cuya firma no acompaña a los textos.

Los crímenes recogidos en El Calendario Newgate son de lo más variopintos. Sus primeras ediciones pueden contemplarse como un testimonio elocuente de las preocupaciones de las clases populares del momento, como evidencia el interés puesto en referir robos -de los que daban a conocer su argot- perpetrados por rateros, carteristas o salteadores de caminos, los cuales recurrían en ocasiones al asesinato con el propósito de alcanzar sus fines. Pese a ello, esta inquietud inicial no tardó en verse eclipsada por una creciente predilección por los crímenes contra el cuerpo, tanto es así que se puede afirmar que la violencia homicida es la protagonista por antonomasia en The Newgate Calendar.

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Cubierta de una edición de The Newgate Calendar

No es de extrañar que sus textos insistan en moralizar al lector, ya sea al comienzo de la narración o poniendo punto final a la misma, siempre apelando a aquél de forma directa y advirtiéndole del precio a pagar por atentar contra la justicia; de hecho, y por chocante que pueda resultar, estas historias eran dadas a conocer a los niños desde muy temprana edad en un intento de disuadirlos de imitar estas conductas. No menos importante es tener en consideración que este recurso era también un modo óptimo de justificar la redacción y divulgación de semejantes textos, que de otra forma podrían ser tenidos por una depravada forma de entretenimiento. Al mismo tiempo, el relato, que terminaba con el ajusticiamiento de los condenados -habitualmente con su ahorcamiento en el cercano enclave de Tyburn-, podía servir al propósito de instaurar un discurso según el cual el triunfo final de la justicia sobre quien la transgredía era ineludible, factor que reforzaba la confianza -y el temor- de la sociedad en su eficacia.

Por norma general, los autores de estas narraciones se recrearon en la descripción de hechos cruentos directamente relacionados con la ejecución de estos sangrientos crímenes -como torturas y descuartizamientos, ilustrados por medio de grabados-, aderezándolos en ocasiones con ingredientes de tipo sexual. La importancia concedida a unos u otros sucesos venía determinada por el interés narrativo que éstos presentaran. No obstante, a partir del siglo XIX, la investigación del crimen comenzaría a robar protagonismo a su consumación y posterior condena al patíbulo. Esta evolución puede guardar relación con el paralelo abandono de la escenificación del castigo como espectáculo público, pues fue por este tiempo cuando aquél comenzó a ser aplicado en el interior de los muros de la prisión. El cambio tampoco fue ajeno a la posterior edición de los textos por parte de abogados, que pusieron un mayor énfasis en los aspectos de temática más estrictamente judicial.

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Grabado de una ejecución en Tyburn

Uno de los más claros exponentes de la relevancia cultural que llegó a alcanzar The Newgate Calendar fue la génesis y desarrollo de la Newgate novel, una tendencia literaria muy popular en la Inglaterra de las décadas de 1830 y 1840 que tuvo como inspiración los crímenes de los que El Calendario Newgate se hizo eco. Estas novelas fueron inicialmente publicadas por entregas en revistas como Blackwood’s Edinburgh Magazine, pionera en el género. Sus autores, entre los que se cuentan personalidades tan notables como William Harrison Ainsworth o Charles Dickens, fueron acusados con frecuencia de dotar al crimen de una épica indeseable que podía hacer de él una actividad atractiva.

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