Todos los hijos de puta del mundo (¡Caramba!, 2016) es el segundo libro de Alberto González Vázquez, título que sale a la luz transcurridos cuatro años desde la publicación de Humor cristiano (¡Caramba!, 2012). Pese a lo que se pueda inferir de esta afirmación, sería un error hablar del fin de un prolongado período de silencio que nunca ha existido. Durante estos años, el autor ha incrementado su popularidad gracias a su frenética actividad en vertientes de la cultura.

Todo un veterano del sector audiovisual, Alberto González Vázquez -o Querido Antonio, su nombre de guerra- debe buena parte de su popularidad a los vídeos manipulados que produce cada semana para El Intermedio (La Sexta), pero también a laureados cortometrajes como Los Reyes Magos o videoclips como Ratonera -de Amaral-, que tuvo una gran repercusión mediática en 2014. No obstante, su actividad creativa no se ha circunscrito al cine y la televisión, ya que el humor gráfico ha ganado progresivamente en importancia dentro de su trayectoria. Por irónico que resulte, una de las frases más recurrentes del autor en las entrevistas concedidas a los medios es «yo no sé dibujar». González Vázquez salva esta dificultad de orden técnico calcando -y coloreando- fotografías tomadas por otros o por él mismo, una técnica que viene empleando desde sus inicios en el cortometraje. Del mismo modo que con los vídeos que realiza para El Intermedio, recontextualiza la realidad a través de sus viñetas para adaptarla a los intereses de un mensaje demoledor y sin concesiones. El texto se erige así en una de las claves fundamentales de su propuesta compositiva.

democracia

Todos los hijos de puta del mundo recopila sus mejores trabajos para las revistas digitales de carácter satírico El Mundo Today y Orgullo y Satisfacción. Esta circunstancia es determinante para comprender el contraste existente entre esta obra y su único precedente, Humor cristiano. Si bien es cierto que ambos títulos comparten un mismo tono, no lo es menos que abordan temáticas distintas. Humor cristiano fue el producto de un esfuerzo personal sin otra plataforma para su proyección que el blog mantenido durante años por el autor, un repertorio de comedia enloquecida en el que tenían cabida la tira cómica, el chiste gráfico o el microrrelato. Sus historias no guardaban relación directa con la actualidad inmediata, sino que consistían en fantasías inspiradas por motivos costumbristas. En este segundo libro, la naturaleza de las publicaciones a las que se encontraban destinadas sus nuevas creaciones ha favorecido que aquél se halle particularmente volcado en el escenario político de los últimos meses.

Quizá la elección de un título tan contundente y con tan clara voluntad de inclusión aluda a esta nueva realidad de su trabajo como historietista. En las páginas de Todos los hijos de puta del mundo se suceden con naturalidad un ex-presidente de tendencias necrófilas, un jefe de gobierno ansioso por probar la cocaína y candidatos a la presidencia víctimas de delirios mesiánicos. La clase política en su conjunto es ridiculizada a partir de sus rostros más conocidos, cuyas filias son hiperbolizadas hasta extremos grotescos. Tampoco están ausentes sus ya conocidas parodias de personalidades del deporte y la cultura -Juan Echanove parece ceder aquí el testigo a Ferrán Adriá- o de ciudadanos anónimos de cuestionable conducta y corazón de acero. El chiste en una viñeta pierde importancia frente a la secuencia narrativa de historias que son retorcidas hasta el absurdo y que en ocasiones adoptan el formato de la fotonovela, explorado ya en Humor cristiano. Su atención a la actualidad política dota a su comedia de un valor testimonial de este momento histórico.manuela

Candidatos de consenso, toreros heroicos, independentismo apocalíptico, contratos leoninos, terroristas vanidosos… El sello ¡Caramba! -ahora inserto en la estructura editorial de Astiberri-, nos devuelve la cruda mirada de Alberto González Vázquez en un volumen en cartoné con 136 páginas de contenidos a color. Y recordad: «Todos los hijos de puta que aparecen en esta obra son ficticios. Cualquier parecido con un hijo de puta vivo o muerto es pura coincidencia.»

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