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El papel de las mujeres en la Historia y el Arte, no solo en Occidente ha sufrido un olvido generalizado, sino también en Asia y Japón. Debido a las peculiares normas sobre el derecho a firmar las creaciones (solo podían hacerlo aquellos autorizados por su maestro, obviando a las alumnas), es posible que muchos de los nombres de esas artistas no puedan conocerse. Sin embargo, otras sí lograron hacerse un hueco en la Historia y dejar no solo su obra, sino también su nombre como testigo. Son mujeres cuyas vidas poco encajan en su contexto y podría decirse que incluso algunos aspectos destacarían en la sociedad japonesa actual. Los tres ejemplos a continuación reflejan la culminación de esto, cuyas dificultades reflejan los avances conseguidos por las mujeres japonesas en la segunda mitad del siglo XX.

De Ike Gyokuran (1727-1784) podría decirse que tiene una historia semejante a otras que hemos visto en Occidente en el s. XX: la pareja de artistas que retroalimentan su creatividad con la actividad artística del otro (como Nikki de Saint Phalle y Jean Tinguely).

Gyokuran aprendió poesía de su madre y su abuela, reconocidas poetisas. Su familia regentaba una casa de té muy popular entre los literatos de la ciudad. Uno de ellos, Yanagisawa Kien, vio su potencial siendo niña y se convirtió en su maestro de pintura. También era maestro de Ike Taiga, su futuro marido, uno de los más destacados artistas de Kyōto, además de maestro y compañero de taller. Ella, por su parte, le introdujo en el waka, un poema de estilo japonés. La pareja era conocida por pasar horas escribiendo, tocando música, dibujando y pintando en su desordenado taller, recibiendo ambos renombre y respeto por parte de la comunidad creativa. Las sinergias surgidas de la convivencia y la enseñanza mutua hacen que no se distingan las pinturas y waka de una y otro. Una pareja extraordinariamente moderna para el Japón del siglo XVIII de la que la historia prácticamente ha ignorado a Gyokuran. Sin embargo, su obra pictórica está al mismo nivel que la de su marido, algo que queda patente a simple vista.

La obra de Gyokuran se centra en paisaje, que suele combinar con waka. También es muy característica la decoración de abanicos, en los que, solo empleando tinta negra, realiza esquemáticos paisajes reales con un trazo rápido. Tomando como ejemplo las barcas, es fácil identificar los elementos básicos e, incluso, al navegante. Sin embargo, se pueden ver que están pintadas de un solo trazo con la destreza de los grandes calígrafos. Son piezas que destilan tranquilidad y refinamiento.

La escuela Nanga se diferenciaba de otras escuelas por aceptar mujeres, ya que las consideraban semejantes al hombre y tampoco tenían en cuenta el trasfondo social. Así, nombres como el de Gyokuran aparecen en el listado de artistas más importantes de Kyōto llamado Heian jinbutsu shi, “¿Quién es quién en Kyōto?”, una publicación anual que constituye uno de los documentos principales para conocer e identificar nombres de artistas de finales del s. XVII y primeras décadas del XIX. Tal fue el número de mujeres Nanga, que se dedicó un listado de 160 artistas en el Heian jinbutsu shi.

Bahía de Akashi. Abanico, detalle y firma |MIA  Bahía de Akashi. Abanico, detalle y firma |MIA
Bahía de Akashi. Abanico, detalle y firma | Foto: MIA

Okuhara Seiko (1837-1913) es una de las artistas más peculiares de la historia del arte de Japón. Nacida en una familia samurái, se formó en artes de forma privada, ya que, exceptuando la Escuela Nanga, no se permitía que las mujeres fueran aprendices en los talleres tradicionales. Fuera de cualquier convención social, se cortó el cabello, tomó ropas masculinas, practicó artes marciales y cambió su nombre, Setsuko, por uno neutro, Seiko. Su caligrafía y pintura, por temática y características, también fue catalogada como masculina. Vivió sola gran parte de su vida y su casa-taller fue lugar de reunión de los círculos artísticos y literarios de Edo. A pesar de tenerlo todo en su contra en la capital, logró hacerse un nombre sin una vinculación familiar con el mundo cultural de la antigua Tokyo, llegando a ser la primera mujer artista en tener una audiencia con la Emperatriz.

Una de sus más importantes aportaciones fue la creación en 1870 de una escuela de arte femenina, para aprender fuera del hogar y las que tuvieran aptitudes pudieran desarrollarlas. Entre sus alumnas, que llegaron a 300 y casi todas de clase alta, se encontraban numerosas geishas.

En 1891 dejó Tokyo para trasladarse a una cabaña en una aldea de Saitama con su pupila Watanabe Seiran, quien la ayudaba tanto en las tareas de enseñanza como de creación. Aunque sus piezas tienen un aire siniestro y misterioso, los paisajes, realizados con su pincelada característica de trazos intermitentes como si de puntillismo se tratara, ofrecen un contraste entre minuciosidad de la línea fina de los detalles, la mancha de tinta y el trazo rápido de los elementos naturales, lo cual le otorga de gran fuerza. No obstante, en sus últimos años predominaría el detalle en detrimento de la mancha y la pincelada rápida.

Continuó su actividad creativa hasta un año antes de morir gracias al apoyo de sus mecenas, entre los que se encontraban algunas de las mayores figuras de la Restauración Meiji. Se cuenta que un día colgó un cartel delante de su casa anunciando que no volvería a aceptar encargos, falleciendo a los pocos meses.

"Two moor hens"|Foto: Philadelphia Museum of Art
“Two moor hens”, de Okuhara Seiko |Foto: Philadelphia Museum of Art

Uemura Shōen (1875-1949) es considerada la más importante artista nihonga del s. XX. Entre sus logros destaca que desde 1941, fue miembro de la Academia de Arte Imperial y tres años más tarde, nombrada pintora de Corte. Esta distinción, solo al alcance de unos pocos, supone haber sido la segunda mujer en lograrlo. Además, recibió en 1948 la Orden de la Cultura, siendo la primera mujer en recibirla. En 2000, su obra Jo no mai(1936) fue la primera en ser protegida como Propiedad Cultural Importante realizada por una mujer.

A pesar de que su vida profesional se sitúa en los albores del s.XX y, de la gran reputación de la que gozó, su modo de vida, desde el mero hecho de decidir dedicar su vida al arte, fue objeto de gran controversia. Desde que tuvo capacidad de pintar se vieron las grandes aptitudes para el dibujo de la figura humana y, justo después de acabar los estudios básicos, decidió ser artista. Su madre, quien al enviudar era cabeza de familia y regentaba una tienda de té, la animó a formar parte del taller de Suzuki Shōnen. Con quince años participaba en exposiciones y ganaba concursos a nivel nacional. Fue madre soltera y, con su consecuente escándalo, amante de su primer maestro hasta la muerte de este.

"Jo no mai" de Uemura Shoen | Foto: Wikimedia Commons
“Jo no mai” de Uemura Shoen | Foto: Wikimedia Commons

Mientras que otras artistas representaban paisajes y naturalezas, en Uemura predomina la figura de la mujer japonesa vestida al modo tradicional y de gran belleza, o bijinga. Son mujeres delicadas, cuyos rostros de pocos detalles contrastan con la minuciosidad de los tocados y los estampados de los kimono. Sintetizó, además, este género con otro muy característico de la tradición japonesa, pero representado por hombres: el teatro noh. Fue con lo que recibió mayor reconocimiento y es la temática en la que se encaja Jo no mai (una danza de introducción y se caracteriza por ser silenciosa, tranquila y elegante protagonizada por  mujeres –actores caracterizados-, tres espíritus y ancianos).

La gran figura del arte japonés tradicional del s. XX, es una de las pocas mujeres artistas reconocidas por los japoneses, cuya obra, delicada, minuciosa, y cuya vida, un paso por delante de lo que era normal en la época, es un referente del arte asiático que, sin embargo, no ha llegado a Occidente.

El presente texto es una adaptación de la conferencia en la Semana de Japón de la Librería Gil en agosto de 2017 y posteriormente publicada de forma ampliada en el blog Ret(r)azos 

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