No es raro salir de ver Truman preguntándose cómo un relato fílmico sencillo, apoyado en un guión conversacional, nada sesudo en apariencia, puede calar tan hondo. Esta película, aun teniendo un tema de fondo delicado, no nos conduce a la conmoción extrema en la que nos sumen películas como Amour, de Michael Haneke –que trata un tema parecido al de Truman–. A diferencia de la primera, esta consigue sacarnos más sonrisas que lágrimas.

La explicación no es otra que el enfoque y el tratamiento de un tema tan delicado como la despedida definitiva de dos amigos cuando uno de estos, enfermo terminal, va a morir.

En esta reseña, vamos a relacionar cine y literatura, pues las constantes de un arte y otro se entrelazan y superponen constantemente. Previamente, sin embargo, hay que decir que hace unos días la película ha conseguido cinco de los seis premios Goya a los que optaba: mejor película, director, guión original, actor principal (Ricardo Darín) y de reparto (Javier Cámara).

La primera genialidad de Truman quizá resida en que su título es el nombre del perro del protagonista: enseguida se entiende que no se trata de los dos amigos como personajes principales: Julián y Tomás (interpretados respectivamente por Darín y Cámara), sino tres: estos dos humanos y uno animal. Troil, que era el nombre auténtico del perro protagonista de la película. El animal estaba entrenado para trabajar con niños autistas, así que establecer relación con Darín fue sencillo y el perro y el actor conectaron de forma entrañable: esto se refleja muy bien en pantalla. El director, Cesc Gay, afirmó en una entrevista que no fue él quien dirigía al perro, sino Darín. La complicidad perro-amo se hace patente en cada escena de Truman y desde un principio nos hace relegar a un segundo plano el tema de la muerte para priorizar el tema de la amistad y la fuerza del vínculo que esta crea.

En la primera mitad de la película, vemos al protagonista muy preocupado por con quién va a dejar a Truman cuando él ya no esté, consciente del poco tiempo que le queda: visita a su veterinario y le pide consejo psicológico, pues quiere saber cual es el impacto que la pérdida de su amo puede tener en el canino. Le pregunta, por ejemplo, si es recomendable dejarle una camiseta o algo con su aroma para que el animal le recuerde. Esta es tan solo una de las sorpresas que el guión nos ofrece: no estamos acostumbrados a pensar en el bienestar de un animal por encima del humano, y, en este caso el amor que Julián siente hacia Truman es más fuerte que su estima personal.  Al salir de la clínica Tomás le pide a su amigo Julián que la próxima vez que vaya a ocurrir algo así (que Julián hable de su muerte como algo tan natural e inminente) le avise, para estar preparado, a lo que Julián responde:

J: Lo único que importa en la vida son las relaciones, el amor, la familia, vos y yo, Truman y yo…

El resto de la historia se desarrolla en las calles de Madrid, por las que los protagonistas pasean mientras charlan. Van a visitar a una familia adoptiva, después se dirigen a la consulta médica y Julián dice que quiere dejar la medicación. Parece que la cámara deja de existir, no hay filtro ni enfoque preciso, tan solo dos amigos hablando, riéndose, aceptando el dolor de la despedida inminente, pero empleando este sufrimiento como pretexto para crear algo más: es este un “acompañamiento creativo”. La intención del director parece ser mostrar, contar, y nunca justificar nada más allá, el retrato se vuelve documental, anecdótico.

Resulta  interesante relacionar el interés que suscita esta exaltación valor de lo pequeño, del gesto, de la amistad, con lo que grandes escritores de la literatura hispanoamericana, hace ya casi un siglo, llamaron lo real maravilloso. Autores como Alejo Carpentier, emprendieron la búsqueda de lo extraordinario sin salir de los límites de lo cotidiano. Aunque es cierto que este autor se refería fundamentalmente a la realidad americana como algo maravilloso, introduce Carpentier la idea universal de que en lo cotidiano es en lo que más únicos podemos volvernos, en lo que, al fin y al cabo, podemos diferenciarnos: nuestra experiencia vital más íntima y auténtica se vuelve interesante, lo extraordinario ya lo es per se.

Vamos a hablar también del escritor mexicano Enrique González, a colación de la película. Cuando este escribe su poema “tuércele el cuello al cisne del engañoso plumaje”, no solo da comienzo a las vanguardias, criticando el preciosismo lingüístico de los modernistas –atacando en particular a Rubén Darío y sus cisnes y princesas–, sino que además habla de la importancia de no adornar el sentimiento y de adorar la vida, tratando de evitar ecos quejumbrosos y melancólicos:

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje 

que da su nota blanca al azul de la fuente;

él pasea su gracia no más, pero no siente 

el alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Este poema podría ser el subtexto de la película, el autor recomienda a los escritores de su generación y de las venideras que no busquen formas que no van acordes al contenido que se quiere transmitir, estas han de ser inherentes al “ritmo latente de la vida profunda”. Del mismo modo apreciamos que Julián detesta la falta de naturalidad de la gente, la falta de humanidad: “La gente no sabe lo que decirme, huelen a muerto y no quieren acercarse”, le dirá a Tomás cuando descubre que dos conocidos le han visto en el restaurante en el que están y no le han saludado.

Enrique González cierra la segunda estrofa del poema clamando: «que la vida comprenda tu homenaje». Continuadores de esta tendencia serán los versos de escritores como Vicente Huidobro, autor chileno que inició la denominada tendencia creacionista. Su poesía está cargada de esta frescura y vitalidad, imágenes novedosas e insólitas que aluden, sorprendentemente, a escenas cotidianas y responden a una necesidad absoluta por innovar y renovar los cánones modernistas y sacar al poeta de su “torre de marfil”. Hay mucho de esto en los dos amigos, que confirman este dicho de que “el que es joven una vez lo es para siempre”.

Lo que encontré en esta película, al fin y al cabo, se asemeja a lo sugerido por estos autores: un homenaje a la vida, una lección de coraje, vitalidad y humildad.

La potencia expresiva de Truman, como estamos viendo, reside en la pureza del sentimiento, en las emociones desnudas de los personajes. En la escena de la librería, cuando los dos amigos van a mirar libros de psicología animal, en un momento que parece de debilidad, Julián le pide a su amigo que le compre una guía para morir: “Ayudar a morir” se llama la que le enseña. Justo después le convence para que se la compre, quitándole hierro al asunto, diciéndole a Tomás que simplemente necesita una guía porque va a emprender un viaje.

Esta película, aunque de manera indirecta introduce la idea no muy extendida del acompañamiento creativo, que antes mencionábamos, creada por el psicoanalista Rubén Bild dentro el campo de la Psicología de los cuidados paliativos. Existen psicólogos, médicos, trabajadores sociales y demás especialistas se dedican de lleno a este último estadio vital y en cómo aceptar la muerte para convertirla en una  etapa más y sublimar, en la medida de lo posible, el dolor.

El acompañamiento creativo consiste, como Bild señala, en «saber estar con» y ayudar de este modo a desbloquear miedos, controlar la angustia y transformar la última etapa de la vida. Quizá dedicamos poco tiempo a reflexionar sobre la propia muerte, como algo que inevitablemente llega, y demasiado en cambio a pensar en su cariz dramático, lo que nos imposibilita combatir la desesperanza ante el anuncio de la muerte.

Julián, el protagonista, presenta gran fortaleza y esto está muy bien retratado: los momentos de debilidad están contados y producen una empatía clave en el espectador. A lo largo de la película nuestra mirada se dirige a lo diminuto, que es lo ensalzado: al instante, al gesto. De hecho, el clímax proviene, bajo mi punto de vista, de tres momentos muy concretos: el primero es cuando Julián duerme en la habitación de hotel con Tomás y los dos amigos se dan la mano, de cama a cama, hasta que se quedan dormidos. La segunda el abrazo que Julián y su hijo se dan en Amsterdan y la tercera cuando, en el aeropuerto, Julián deja al perro con Tomás y se despiden. Dejaré símbolos y demás imágenes evocadoras de la película a los expertos en cine.

Lo amargo de una despedida definitiva se suaviza, como podemos apreciar a lo largo de toda la película, con golpes de humor. Ahí es, precisamente, donde radica el éxito de Truman: en el enfoque vanguardista, moderno, que no cae en el hermetismo pero que en ningún momento roza lo banal.

Estamos ante un retrato impuro, como la poesía que proponía Neruda: impura «como un traje, como un cuerpo con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos […], la entrada en la profundidad de las cosas en un arrebatado acto de amor y el producto poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro».

 Truman cuenta la historia de dos amigos, no de un enfermo terminal. Habla de una vida a la que se quiere rendir un humilde homenaje. Recurriendo a una etapa vital dura, que no puede considerarse bella o agradable en ningún caso, se genera, sin embargo, una belleza de la que somos testigos: la despedida definitiva de un hombre de su perro y su mejor amigo se vuelve una situación, que, si bien no es positiva de por sí, genera optimismo y pureza. Esto nos enseña que es importante acudir los sitios que pueden generar belleza, más que aquellos ya considerados bellos, no huir de lo humano por feo que pueda parecernos a veces, pues tenemos un compromiso con ello y, como ya dijo Neruda: “quien huye del mal gusto cae en el hielo”.

Un texto de Ángela Arambarri Ateca

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