Britania conquistada, de Harry Turtledove; El hombre en el castillo, de Philip K. Dick; Patria, de Robert Harris; Roma eterna, de Robert Silverberg; Tiempos de arroz y sal, de Kim Stanley Robinson; Alejandro Magno y las águilas de Roma, de Javier Negrete; En el día de hoy, de Jesús Torbado; Ada o el ardor, de Vladimir Nabokov. Son sólo algunos de los títulos -y autores asociados a ellos- que aglutina un subgénero que ha ido ganando una creciente popularidad con el paso de los años. Se trata de la ucronía.

El origen del vocablo «ucronía» se encuentra en la monografía homónima escrita por el pensador francés Charles Renouvier, quien en 1857 la definió como una «utopía en la Historia». La génesis de toda ucronía se halla en una pregunta condicional originada por nuestro conocimiento del pasado. Son preguntas clásicas ejemplos como los enumerados a continuación: ¿Qué habría ocurrido si el Imperio Romano nunca hubiese caído? ¿Qué habría sucedido si la Confederación hubiera culminado sus aspiraciones independentistas con la derrota de la Unión en la Guerra Civil Estadounidense? ¿Qué habría pasado si las potencias del Eje hubieran salido victoriosas de la Segunda Guerra Mundial? Esta divergencia es conocida como Punto Jonbar, un instante en el que la historia adquiere un rumbo distinto al que todos conocemos. A partir de ahí, el autor fabula acerca de qué pudo haber sucedido, de qué modo pudo haber afectado el cambio al futuro de la sociedad. Por norma general, el creador evita remontarse a un pasado muy remoto pues, al hacerlo, el interés de la cadena causal desarrollada por éste pierde el impacto que explica el gran atractivo que tiene el género entre los aficionados al mismo; en tales circunstancias, las historias se vuelcan en el drama humano, para el que el contexto espacio-temporal no es más que un telón de fondo.

Uno de los grandes riesgos que se corre al hablar de la ucronía es el de confundirla con lo que se conoce como historia contrafactual. Allí donde el historiador opta por el ensayo, el literato apostará por una narración de ficción cuya trama puede manipular a su antojo, amparado como está en la libertad creativa que le proporciona el ejercicio de la literatura. El primer contrafactual del que tenemos noticia fue propuesto por Tito Livio en Historia de Roma desde su fundación (Ad urbe condita), en donde se planteó qué hubiera sucedido si Alejandro Magno hubiera dirigido sus ejércitos al oeste en lugar de hacia oriente, empujándolo a un inevitable enfrentamiento con Roma. Livio sugiere que los romanos hubieran sido capaces de superar el desafío que habría supuesto la guerra con los macedonios pues, si bien éstos tenían por líder a un monarca excepcional, el pueblo romano acogía muchos hombres talentosos en su seno.

La novela Lo que el tiempo se llevó (Bring the Jubilee), escrita por Ward Moore y publicada en 1953, es tenida por un clásico dentro del género de la ucronía. Moore propone un escenario en el que los Estados Confederados de América se imponen sobre la Unión en la Guerra Civil Estadounidense o Guerra de Secesión (1861-1865). Los estados del Sur obtienen así su independencia frente a los del Norte, para los que las consecuencias de la guerra son desastrosas. La novela describe las vicisitudes que atraviesan éstos últimos tras su derrota, consistentes en un debilitamiento del poder federal, la imposibilidad de encauzar su expansión territorial hacia el Oeste, el precario desarrollo de la Segunda Revolución Industrial en el país y una creciente xenofobia de la que es víctima la población negra. La realidad alternativa retratada por Moore transporta al lector a un Nueva York en el que los automóviles funcionan a vapor, dirigibles surcan los cielos, personajes ilustres en nuestra realidad han tomado caminos muy distintos en su alternativa y el país conoce un estancamiento social y económico desalentador. Así pues, su protagonista es cada día más consciente de la resonancia que determinadas decisiones tienen sobre la vida del individuo y la sociedad.

Pero el corpus ucrónico no se agota en la literatura, en donde ha encontrado su mejor acomodo, con ejemplos de novelas clásicas como El hombre en el castillo (The man in the high castle), del maestro de la ciencia ficción Philip K. Dick, recientemente adaptada a la televisión. Por el contrario, ha ido colonizando progresivamente otras esferas de nuestra cultura, como la ya mencionada televisión, el tebeo y, muy en especial, el cine. Un buen exponente de ello es el cómic Watchmen, ambientado en unos Estados Unidos que habrían salido victoriosos de la Guerra de Vietnam y cuentan con superhéroes encargados de velar por su seguridad, adaptado al cine en 2009.

En estos primeros estadios en la vida de nuestra revista, el equipo de Amberes se ha propuesto hacer de la ucronía la temática en torno a la cual articular el primero de sus especiales, del que este texto es sólo una introducción. Para conocer esta cuestión en mayor profundidad, enumeramos a continuación una serie de artículos sobre la ucronía realizados por nuestros colaboradores y que examinan el fenómeno desde ámbitos tan diversos como la novela, el documental televisivo o la Historia:

La ucronía que debe ser contada (José María Navajas)

La América inóspita de Philip Roth (Keruin P. Martínez)

El oráculo de la historia (Alejandro Rebollo Roldán)

Para que todo siga como está… (José María Navajas)

La República Pneumática: Roma a toda máquina (Mario González-Linares)

La hora incógnita (Jorge Villasol)

Una ilustración original de Margarita Molina Fernández para Amberes.

 

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