«Las bayonetas del ejército de Napoleón encontraron el camino ya allanado por un ejército invisible de libros, de opúsculos, derramados desde París a partir de la primera mitad del siglo XVIII y que habían preparado a los hombres y las instituciones para la necesaria renovación».
 Antonio Gramsci, «Socialismo y cultura», en Il Grido del Popolo, 1916.

Un fantasma recorre Europa, ¿Marx?, no, Antonio Gramsci. Actualmente la obra de Gramsci ha recobrado renovado interés, bien sea a través de nuevas antologías de sus obras o sencillamente por medio de una nueva visión de su pensamiento, por ello nos ocuparemos en este artículo de algunos aspectos de la actualidad de su filosofía.

Gramsci desarrolló el concepto de hegemonía desde dos fuentes: por un lado, los estudios filológicos, donde unos dialectos se imponen a otros a causa de su prestigio; por otro lado, a partir de la imposición del liderazgo bolchevique de los proletarios urbanos sobre otros colectivos explotados, más concretamente los campesinos. Básicamente es la capacidad de un grupo social para ejercer la función dirigente, coaccionando o consensuando con otros colectivos una nueva configuración del sentido común.

Volviendo a la cita que encabeza el artículo y poniendo en práctica el concepto de hegemonía gramsciano, la Fenomenología del espíritu, obra cumbre de Hegel, fue terminada en la noche posterior a la batalla de Jena, batalla que resultó ser el principio del fin de Prusia. Hegel celebra la entrada de Napoleón en Jena creyendo ver al «espíritu absoluto a caballo». En realidad, lo que dice Hegel es que los ideales ilustrados y el predomino burgués entran a caballo en los países estamentales de Centroeuropa. Napoleón expande la hegemonía francesa y burguesa, pero primeramente ya habían penetrado culturalmente con los principios ilustrados, mediante un ejército de libros y opúsculos que, renovarán tanto al tejido productivo como la estructura jurídico-política, lo que luego se consideraría el capitalismo incipiente.

Gramsci_1922En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci establece dos formas de hegemonía: la hegemonía por coacción y la hegemonía por consentimiento. Estas dos clases de hegemonía se dan simultáneamente, aunque siempre predomina una sobre la otra. La hegemonía por coerción sería la aplicada por la vía del sometimiento y el dominio. En este caso, una clase social se sirve del Estado para dominar a las demás clases sociales; Gramsci considera  que este tipo de hegemonía es la más costosa y por lo tanto más difícil de mantener en el tiempo. Ahondando en el ejemplo anterior, el estado liberal resultante de la revolución francesa, la revolución industrial y la concentración de capital en las naciones occidentales reflejan una hegemonía de coacción sustanciada en sus aparatos represivos correspondientes, el derecho liberal, la policía y el ejército. Prueba de ello son las represiones de los movimientos obreros del siglo XIX y de principios del siglo XX.

Pero la clase dominante burguesa no puede ejercer solamente el sometimiento desde la coacción, precisa de cierto consentimiento general que le dé legitimidad. Los dominados deben vivir los intereses de la clase dominante como suyos. La visión del mundo de la clase dominante precisa de ropajes de lo que Rousseau llamó voluntad general. Por lo tanto, la hegemonía también sería consensual, es decir, los estados liberales burgueses tejen un enorme entramado de pautas culturales, ideológicas y políticas que apagan y cercenan cualquier disenso o correlato al ideario dominante. El entramado se repite y restablece continuamente. La primacía de la clase burguesa debe de parecer y de ser lo normal, a fuerza de afirmación, repetición y contagio. El dominado debe de aceptar lo que hay, bien como carga, como engaño o ambas.

GRAMSCI HOY

Tras la crisis del 2008, el neoliberalismo sufre una mutación; una vez más, las propias contradicciones del sistema no conducen a la caída del mismo, sino a una transformación. William Davies escribió al respecto lo que sigue:

«La transferencia de deudas bancarias a los estados contables públicos, lo cual justificó la austeridad, ha suscitado la tercera fase del neoliberalismo, que opera con unos valores de castigo fuertemente moralizado (a diferencia del utilitario). Lo que distingue el espíritu de castigo es su lógica post jure, es decir, la sensación de el momento del juicio que ya ha pasado y que las cuestiones de valor o culpa ya no están a deliberación. Por eso mismo es postcrítico. En el neoliberalismo punitivo, la dependencia económica y el fracaso moral se enredan en forma de deuda, produciendo una afección melancólica en la que gobiernos y sociedades liberan el odio y la violencia sobre miembros de su propia población». W.  Davies. «El nuevo neoliberalismo», (en New Left Review, 101, 2016)

El neoliberalismo anterior a la crisis del 2008 ofrecía cierto consentimiento de rostro amable, consenso ofrecido con un consumismo fomentado por la financiación a través del crédito barato y posterior endeudamiento. La financiación vía crédito-deuda no sólo era individual, sino que también era colectiva. Es decir, los países también se financiaban en el mercado de deuda. La hegemonía del consentimiento se resumía en el «España va bien, la estabilidad económica es un hecho, no se preocupen y consuman aunque para ello deban hipotecarse de por vida».

Siguiendo el análisis de Davies, en 2008 terminaría esta fase del neoliberalismo y acontecería una mutación del mismo en la cual estamos inmersos. Esto es, el neoliberalismo europeo ya no opta por la hegemonía consensual amable, la troika no necesita justificar su corralito a Varoufakis, simplemente amenaza y luego ejerce el bloqueo financiero desde el BCE. España cambia su constitución de la noche a la mañana para controlar su déficit interno con el artículo 135. Los «hombres de negro» visitan los países de la Europa periférica para asegurar que las políticas de austeridad se llevan a cabo cueste lo que cueste. Dicho con Gramsci, se trata de la hegemonía de la coacción en su máxima expresión.

Por esto también lleva consigo un necesario entramado ideológico y político, no basado ya en el consumismo desatado de la fase anterior a la crisis, sino más bien se trata de un entramado basado en el castigo. Es decir, no se trata de que el consumismo haya muerto, sino que más bien el individuo ahora se siente culpable por haber consumido, por haber derrochado vehementemente y por consiguiente debe ahora purgar sus pecados, debe aceptar el castigo y resignarse a vivir peor que la generación anterior, su puesto de trabajo será precario y con menor retribución que ese mismo  puesto  tiempo atrás, el instrumento estatal esgrimido para tal coacción se expresa en la nueva reforma laboral y en la ley mordaza. Ambas leyes forjan un doble control, primero en el puesto de producción y segundo en las libertades políticas, que cierran el sistema de dominación neoliberal español.

La resignación del individuo tiene por objetivo que la sociedad civil no sea capaz de reconstruir un correlato contra-hegemónico al establecido, se debe de inocular vía medios de comunicación un sentimiento de culpa («vivimos por encima de nuestras posibilidades»), y que por tanto precisamos de las actuales medidas de austeridad. Digamos que las clases más humildes consensuan tácitamente su culpabilidad, tal y como afirman y repiten los medios de comunicación al servicio del stablishment.

La hegemonía en los estados neoliberales se ejerce mediante la lucha por el sentido, mediante la tensión entre lo normal y lo anormal. Lo normal antes del 2008 era una cadencia consumista imparable vía crédito, ahora lo normal es la austeridad y los necesarios recortes en el estado de bienestar. Lo anormal por tanto estriba en mantener las garantías del estado de bienestar, lo normal será bajar los impuestos, las privatizaciones y liberar el mercado laboral («medidas necesarias», «lo que hay que hacer»).

En esta lucha por el sentido, la izquierda europea todavía no ha confeccionado una respuesta organizada, de ahí la actualidad de Gramsci:

«Es un error creer que las reivindicaciones inmediatas y las acciones parciales lo pueden tener carácter económico. Pues al profundizarse la crisis del capitalismo, las clases dirigentes capitalistas y agrarias están obligadas, para mantener su poder, a limitar y suprimir la libertad política y de organización del proletariado». «La situación italiana y las tareas del P.C.I.», (1926).

El deber de la izquierda está en introducir conflicto en la lógica del sentido común dominante, es decir, construir un relato beligerante y sólido en favor de las clases más afectadas por la crisis. Y este relato, dentro de los estados modernos, no se construye mediante una guerra de maniobras que acabe con la hegemonía establecida rápidamente, sino mediante una guerra de posiciones.

La guerra de posiciones se refleja en un camino largo atravesado por una guerra cultural, la cual se desarrolla en los medios de comunicación, en la escuela, en el cine y en la calle, espacios en donde se deben resignificar políticamente los problemas de la población. De este modo, un desahucio ya no será un problema privado, sino público y por tanto político. Rosa no muere por no pagar el recibo de la luz, muere por culpa de las puertas giratorias que han impedido hacer políticas sociales para mitigar o eliminar la pobreza energética.

Está guerra cultural según Gramsci recibe el nombre de camino largo y obedece a una lógica de guerra de posiciones, de guerra de trincheras. El concepto de guerra de trincheras, inspirado en la experiencia de la Primera Guerra Mundial, ejemplifica el avance de la resignificación social en pos de la conquista del sentido, que se entiende que es precisamente así, largo, difícil y tortuoso. Pero se puede decir, para concluir que, en esa larga guerra, Gramsci y su artillería conceptual sustanciada en el concepto de hegemonía ha venido para quedarse. antonio_gramsci_stencil_by_brianjzug

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