Ruhe in dir
Mein Haupt auf deine Brust geneigt…
INA SEIDEL

 

Una cabeza cae al regazo templado del metropolitano.

Una cabeza rueda entre las máquinas, las que expenden billetes o diarios,

entradas de teatro, botellines de malta, licor, patatas «Yobo» o noches de relax.

Una cabeza baja y se deja arrullar por las espitas del aire de los túneles.

Se deja enamorar el hombre, esa cabeza, por las bocas de tránsito, por el susurro afásico

que espolea las palas de algún ventilador.

Se yergue unos momentos la cabeza, se escora hacia la órbita

del futuro inmediato, del único futuro hacia el que puede bascular sin cuidado.

Y piensa esa cabeza, una fracción de instante, en lo que pueda traer ese futuro.

La muchacha que lee reposará con mimo el marcapáginas a mitad del artículo.

La pareja de floggersincoloros cerrará un poco más el anillo entre sí.

Él quisiera ceñirse en ese cíngulo, oprimir sus motivos, silbar su melodía

como la silban ellos sellándose en el pomo de sus envergaduras.

Como la silban ellos redimidos del duelo, del pesado gravamen de sus bultos de viaje.

Esa cabeza eleva sus ojos a lo alto. El cielo es una nube expandida de vaho.

El cielo son seis lanzas tubulares

haciendo ángulo en L. Esa cabeza espera de algún cielo una señal de aliento.

Hay rescoldo de madre, de terrores calmados, de mangas de jersey

mordidas con empeño hasta hacerse muy dulces.

Hay un temor a todo cuanto ha quedado arriba de la rendija seca de los respiraderos.

Su madre mecería la extenuada cabeza, su tranquila gramática le hablaría al oído.

Su madre, de haber una, ahormaría el pecho a la exhausta dolencia de ese hijo.

Pero sólo hay resuello de convoyes que pasan, siseo de pisadas

y de hombros clavados en la cruz de su escápula.

Sólo hay calor de guantes de cordero, gabardinas estáticas; de cuellos reclinados

en el saliente incómodo de un banco de plástico gris neutro.

Esa cabeza piensa en el regazo de algún fluido filtrándose.

De algún gas que pudiera liberarse desde la rota válvula de cualquier tubo en L.

Esa cabeza rueda entre mensajes, indicaciones, notas, advertencias, consejos

que no permiten pausa ni demora a ninguno.

Un niño pisa un trozo de galleta. Su mamá le regaña porque quiere tomarlo.

La muchacha ha situado, lo sabía, con mimo el marcapáginas a mitad de un artículo.

Él deja a su cabeza desviar la mirada hacia el negro de humo de la bóveda.

Si los cielos se abrieran, no podría reprocharse haber ambicionado una señal de aliento.

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