En Biografía del circo (Pepitas de Calabaza, 2014), el escritor y cineasta Jaime de Armiñán refiere la historia del asombroso Philip Astley, considerado el padre del circo moderno, un individuo único cuya existencia no fue menos excepcional.

Philip Astley nació en Newcastle-under-Lyme, Inglaterra, el 8 de enero de 1742. Desde muy temprana edad, Astley manifestó una inusual atracción por los caballos que colisionó con la tradición artesana familiar, que parecía abocado a prolongar con sus esfuerzos. Adolescente intrépido, abandonó su hogar a la edad de diecisiete años y se encaminó hacia la ciudad de Coventry. Durante su viaje, el joven prestó su ayuda a un campesino que se dirigía al mercado de caballos y que lo recompensó con un paseo a lomos de una yegua, de la cual le costó desprenderse para continuar su camino.

Por aquel entonces, Inglaterra estaba tomando parte en la Guerra de los Siete Años (1754-1763). Enfrentado con la poderosa Francia, el reino estaba necesitado de nuevos hombres en las filas de sus ejércitos. El épico relato de la victoria inglesa sobre los franceses en Minden, escuchado de los labios de un sargento de dragones en una taberna, sería decisivo en la trayectoria vital de Astley. Fue entonces cuando el redoble de un tambor interrumpió sus pensamientos, que se vieron desplazados por una oferta tentadora. Un sargento se hallaba reclutando soldados para el Regimiento de Dragones del coronel Elliot, ayudante de campo del monarca británico, y Astley se alistó de inmediato. Pero antes de partir hacia el continente, el joven debía ser instruido en el dominio de su montura. Astley demostró un talento innato para la equitación que causó pábulo entre sus espectadores, entre los que se encontraba el ilustre Lord Pembroke, a quien el portentoso jinete deleitó con sus trucos.

Dos años después, el regimiento partió de Tilbury en dirección a tierras germanas, en donde se estaban desarrollando las más importantes batallas de la contienda. Llegados a Hamburgo, soldados y caballos pudieron asistir a la primera de las hazañas de Astley. Con motivo del desembarco, una de las yeguas cayó al agua, y el joven se lanzó detrás de ella para nadar a su lado y conducirla a un lugar seguro. Semejante proeza fue recompensada con su ascenso inmediato al rango de sargento. Astley volvería a probar su valía en Emsdorf, en donde se hizo con un estandarte francés, y en Warburg, ocasión en la que salvó la vida del Duque de Brunswick. A su regreso a Inglaterra en 1760, tuvo el honor de depositar el estandarte arrebatado a los franceses a los pies del rey Jorge II, poniendo así el broche de oro a una brillante carrera militar.

Libre de las ataduras castrenses, Astley contrajo matrimonio con la amazona Miss Smith y adquirió un caballo al que llamó Billy. En 1768, alquiló un terreno en Lambeth, en donde puso en marcha un espectáculo de equitación consistente en desfiles, exhibiciones y paseos que, no representando ninguna novedad en la escena londinense, consiguió atraer tanto a la aristocracia como al mismísimo rey Jorge a causa de la destreza con que eran realizados los números. El precio inicial de las entradas se incrementó con rapidez y, de esta forma, el éxito permitió a Astley trasladarse a la orilla privilegiada de Westminster Bridge, donde cubrió su circo con una gran carpa que acogió no ya sólo sus alardes en materia de equitación, sino también a acróbatas, pirámides humanas, payasos -entre los que se contaba Burt, el primer clown- y sombras chinescas, sellando la génesis del circo moderno.

No obstante, el definitivo premio a sus esfuerzos le llegó en París, adonde su compañía se trasladó con frecuencia a partir de 1772. Allí recibió el reconocimiento de la corte de Versalles, incluido el de la reina María Antonieta, esposa de Luis XVI. El estallido de la Revolución Francesa lo llevó a tomar las armas hasta en dos ocasiones más, en las que volvió a destacarse entre sus camaradas con acciones como la del rescate de un cañón en Ribecourt, por el que fue obsequiado con los caballos encargados de su transporte. El fuego consumiría su circo de Londres por estos años, pero lejos de amilanarse, edificó uno nuevo de dimensiones aún mayores, el célebre Anfiteatro de las Artes.

Philip Astley falleció a la edad de setenta y dos años. Fue enterrado en París, en el cementerio del Pére-Lachaise, en el año 1814. De esta forma, la pista del circo, que tantas satisfacciones le había deparado a lo largo de su vida, quedaba huérfana del que fuera uno de los más grandes artistas circenses de todos los tiempos.

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