Le conocí una noche de verano.

Manos suaves.

Sonrisa tímida.

Sin saber cómo, me encontré en medio de una transitada calle de Kuala Lumpur. Miré a mi alrededor. Cientos de personas, puestos de comida, el olor a gambas y soja, el calor de las parrillas, las prisas de la gente deseosa de llegar a casa, ver a unos amigos, o simplemente dejándose llevar por el frenesí de la ciudad. Tragué saliva, completamente perdida, sin saber adónde dirigirme en ningún aspecto.

¿Sabes lo que es sentir la derrota? Esos momentos en los que la decepción contigo mismo y con el mundo te cala hondo en cada fibra de tu ser. La energía se evapora, las cosas pierden el sentido y tu vida se relativiza a sí misma. Aquella noche estaba derrotada. Vagué por ese frenético anochecer asiático. Traté de encontrar algo de claridad en mis errantes pensamientos. Y entonces le vi.

Sazali era un alma vieja, su curiosidad joven, su hambre infinita. De su mano viví una de las noches más inolvidables de mi vida, y descubrí una ciudad cuya huella permanecerá indeleble en mi corazón. Apenas si recuerdo su rostro. ¿Extraño, verdad? Tampoco recuerdo qué ropa llevaba, nuestras primeras palabras… Pero recuerdo sus manos. Se movían al ritmo de sus palabras de una forma suave, elegante. Sentida. Sus rasgos se acentuaban con cada palabra que pronunciaba, y la luz del anochecer se reflejaba en su piel morena cada vez que se giraba para cerciorarse de que entendía todo lo que me explicaba.

Kuala Lumpur Helena Torre
Kuala Lumpur| Helena Torre.

Su moto recorre una ciudad dormida; el viento en mi rostro, mis manos alrededor de su cintura. Sus ojos me revelan la esencia de la mayor urbe de Malasia; me habla de Gombak y Klang, los ríos que constituyeron el origen de la ciudad cuando, a mediados del s.XIX, Raja Abdullah, miembro de la familia real de Selangor, abrió el valle de Klang a casi un centenar de mineros chinos para explotar las minas de estaño. Desde entonces, la presencia de dicha población en Kuala Lumpur ha sido altísima, siendo el chino mandarín y el cantonés lenguas predominantes en el país.

Chinatown es grande, colorida, te traslada de lugar en apenas unos segundos. Sin saber cómo, Sazali aparece con una orquídea fresca escondida entre sus manos. En la cultura china este regalo significa respeto y admiración entre amigos; la pone con delicadeza entre mi pelo y se aleja unos pasos para apreciar el resultado. Sonríe.

Seguimos nuestro camino hacia la parte antigua de la ciudad. Conduce rápido, temerario, desafiante ante un tiempo que se nos agota. Dejamos atrás cientos de calles repletas de típicas casas taller de dos plantas, en cuyas paredes se pueden apreciar varios grafitis de personajes populares con el songdok, la gorra popular de aquí, y el kris, una alargada daga. Nos paramos delante de lo que parecen unas ruinas apenas visibles entre nuevas construcciones, y me explica que allí se fundó el primer burdel de la ciudad, cuando la reconstruyeron tras el incendio que la asoló justo después de ser nombrada capital de Selangor en 1880.

Kuala Lumpur Helena Torre
Kuala Lumpur| Helena Torre.

Le pregunto sobre la independencia del país y me cuenta que fue en 1957 cuando la Federación Malaya, unida en 1896 bajo el mando de Frank Swettenham, logró la independencia del Imperio británico; después de la liberación de la ciudad por parte del ejército japonés tras los bombardeos de Nagasaki e Hiroshimael territorio creció económica y socialmente, marcando una senda progresista que mantuvo con la formación de Malasia en 1963 con Kuala Lumpur como capital.

El planetario, lo parques, los museos de arte, las imponentes Torres Petronas obra del argentino César Pelli, los nuevos edificios abanderados de la arquitectura postmoderna… Pasamos de largo una ciudad que está descubriendo cómo aunar de una manera especial la tradición pasada con los nuevos tiempos. Me adormilo, dejando que el rumor de la ciudad me acune, hasta que de repente nos paramos. Hemos llegado.

Alzo la mirada y descubro la enorme estatua dorada de la deidad hindú Karttikeya, en las llamadas cuevas Batu. Tomándome de la mano, me guía hacia la escalera de piedra que se pierde en las entrañas de la montaña, y tras una ardua subida descubro un precioso templo hindú, religión de gran presencia tras el dominio del Islam. Escondido entre rocas y maleza, es un lugar privilegiado: las últimas luces de la noche se cuelan por las naturales aberturas del techo, iluminando a los dos únicos seres que se encuentran allí. Nos miramos. Huele a rocío.

Dominando la ciudad desde la cima, observamos cómo Kuala Lumpur comienza a despertar. Y hablamos. De las palabras de Sazali se desprende su amor por esta tierra, pero también su frustración por no poder lograr un mejor futuro aquí; la corrupción, la falta de buenos trabajos, el caos en el que gran parte del mundo está sumergido hoy en día, hace que la mayoría de jóvenes se marchen a Singapur en busca de un mejor porvenir. Pero, aunque está convencido de que sus pasos le guiarán hasta otras fronteras, él quiere volver, participar en la mejora de lo que él considera su hogar.

Kuala Lumpur Helena Torre
Kuala Lumpur| Helena Torre.

Comienza a clarear.

Le miro. ¿Es posible enamorarse de un momento? Siento su mano, cierro los ojos y nos veo tomando café bajo las primeras luces del alba, hablando de arquitectura, compartiendo un silencio cómplice. Y, sin embargo, lo sé; hay cosas que terminan antes de comenzar. Bocanadas de aire puro, un toque de libertad, necesarios para revivir y regresar a la realidad diaria. A la búsqueda del sentido, del amor. Recuerdos breves, perdidos en la memoria, indelebles en el tiempo.

Nos despedimos una noche de verano.

Tristeza, alegría, serenidad.

Y mientras me alejaba a paso lento comprendí: nunca dejemos de buscar. Jamás. Porque en cada nueva ciudad, cada nueva sonrisa, cada nuevo rostro, podría revelarse como el extraño que nos ayudará a superar la derrota.

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Texto y fotos de Helena Torre.

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