Lo que más recuerdo de mi infancia, los momentos por los que siento mayor nostalgia, son las comidas familiares que hacíamos los domingos en la aldea.

Las recuerdo como si mirase al pasado con un caleidoscopio. Porque cambiaban las estaciones, el color de los manteles, el aspecto de los comensales… pero siempre éramos los mismos: Papá, Mamá, Abuelo, Abuela, Tía, Tío y Yo.

Hablábamos y nos reíamos mucho.

Era muy divertido.

Había muchos chistes e historias graciosas.

Abuelo siempre contaba la misma, mi favorita: iba de un perro y una jirafa. Ya no sé por qué me hacía tanta gracia, pero debía de ser muy buena.

Abuela era la mejor cocinera del mundo mundial.

Lo mejor eran las tripas. Tripas con patatas y grelos.

No era un plato fácil. Papá y Tío debían de levantarse muy, muy temprano para ir a buscarlas. Antes también iba Abuelo pero la edad no perdonaba, y había que soportar bastante peso. Eso le ponía de mal humor porque le encantaba participar. Pobre.

Yo también quería ayudar pero poco podía hacer siendo niño. Cuando crecí y tuve fuerza para cargar, la cosa cambió. 

Volvían ya de noche, y Abuela inspeccionaba el resultado: tenía que dar su aprobado, o no cocinaba. Siempre fue una mujer testaruda. La echo mucho de menos.

Hay que ser meticulosos para que las cosas salgan. Siempre.

Si las tripas pasaban el control de calidad se limpiaban bien. Esa parte la hacía Yo, desde niño. Era un trabajo de mucha responsabilidad, no podía quedar ni una gota de sangre ni un rastro de mierda.

No soportaban la sangre. 

Mientras tanto, Mamá pelaba las patatas y Tía cortaba cebollas y hablaban entre ellas de mis estudios, o del vecino caradura que nos seguía robando las hortalizas. También se quejaban de que cada año era más difícil encontrar las tripas, y que iban a peor.

A partir de aquí, Abuela tomaba el control. Las tripas debían de cocerse durante cuarenta y cinco minutos, ni uno más, ni uno menos. Y cambiar el agua dos veces, porque el olor era bastante desagradable, y “e así saben mellor”, decía.

Qué sabia era Abuela. La echo mucho de menos.

Estaban increíbles, sin exagerar. Todos repetíamos una o dos veces, reclamábamos más de esas tripas tan ricas, tan sabrosas. Tenerlas en la boca era como masticar el cielo. El sabor de la cebolla se juntaba con el de la víscera y uno no podía ya dejar de

comer,

comer,

comer, 

y comer.

Cuando le preguntaba por su secreto para que la comida supiese tan bien, Abuela sonreía y no decía nada. Nos miraba con expresión benigna, de pura dulzura.

Nunca tuve una respuesta, pero quiero pensar que en realidad era el amor que le ponía, y las ganas de unirnos a todos alrededor de una buena comilona.

Y si no, mejor; que quede como un secreto familiar, no vaya a ser que la gente lo descubra.

Y ya no sea algo especial.

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