«La mayoría de la gente andan enfermos en masa, afectados, como por una epidemia, por sus falsas opiniones acerca de las cosas, y van enfermando cada vez más, pues en sus empeños se contagian la enfermedad unos a otros, como sucede en los rebaños.»
(Diógenes de Enoanda)[1] 

1 

Surgió más allá de Egipto y en el verano del año 430 a. C. entró en Atenas por el puerto del Pireo. Los tripulantes de los barcos portaban una nueva enfermedad infecciosa que devastó una ciudad que no estaba preparada para luchar contra ella: los médicos desconocían sus causas, los habitantes no estaban inmunizados, las consultas a los oráculos y las súplicas en los templos no sirvieron de nada. 

La única fuente histórica contemporánea de aquella epidemia es el relato que hizo el historiador y militar Tucídides (c. 460-397 a. C.) en su Historia de la Guerra del Peloponeso. Tras dar cuenta del memorable discurso fúnebre de Pericles –homenaje a los atenienses muertos en el primer año de la guerra contra los peloponesios, y a los valores democráticos por los que dieron su vida–, Tucídides comienza la impresionante descripción de la epidemia de cuyas consecuencias fue testigo directo, y que él mismo padeció y superó. 

Una intensa sensación de calor invadía la cabeza, los ojos se enrojecían e inflamaban, la respiración se volvía irregular; después sobrevenían los estornudos, la tos violenta, los vómitos y los espasmos. La piel se cubría de ampollas y úlceras que hacían insoportable el roce de la ropa. En las primeras fases de la enfermedad el cuerpo estaba activo, se resistía al sufrimiento, lo que contribuía a impedir el descanso. Pero el mal se extendía por todo el cuerpo y, con él, la muerte. Ninguno de los remedios que se probaron resultó infalible: lo que resultaba beneficioso para unos, agravaba la enfermedad en otros. 

«Pero lo más terrible de toda la enfermedad era el desánimo que se apoderaba de uno cuando se daba cuenta de que había contraído el mal (porque entregando al punto su espíritu a la desesperación, se abandonaban por completo sin intentar resistir).» (II 51 3)[2] 

Los enfermos que no recibían visitas morían abandonados; y aquellos que, movidos por el deber (el caso de los médicos) o la generosidad, visitaban a algún enfermo, acababan sufriendo su mismo destino. Los moribundos se amontonaban en las calles; algunos fallecían impíamente en los santuarios; muy pocos eran enterrados como exigían los ritos funerarios. 

2 

Los atenienses, diezmados por la peste dentro de la ciudad, y por los peloponesios fuera de ella, se acordaron de un verso que se recitaba desde antiguo: «Vendrá una guerra doria y con ella una peste». Ese verso se hizo profecía, pero Tucídides revela con elegancia, sin énfasis, su naturaleza: 

«Por cierto que surgió una discusión entre la gente respecto a que la palabra usada por los antiguos en el verso no era “peste” [loimós], sino “hambre” [limós], pero en aquellas circunstancias venció, naturalmente, la opinión de que se había dicho “peste”; la gente, en efecto, acomodaba su memoria al azote que padecía. Y sospecho que si después de ésta un día estalla otra guerra doria y sobreviene el hambre, recitarán el verso con toda probabilidad en este sentido.» (II 54 3) 

En medio de la catástrofe algunos se entretenían discutiendo sobre profecías o sobre el sentido de la epidemia como supuesto castigo divino. Y también difundiendo rumores, como el que afirmaba que había sido causada por el veneno vertido en los pozos de Atenas por algún miembro de la enemiga Liga del Peloponeso. 

3 

Tucídides no especula con la causa de la epidemia, aunque sí deja claro que su origen no es sobrenatural (al contrario que Heródoto, él estaba convencido de que la inclusión de elementos míticos dañaba la verosimilitud de los hechos narrados). Aspiraba a dar una descripción precisa y fiel de lo sucedido para estar en condiciones de reconocerla en caso de que reapareciera. Por eso hace uso de una terminología que remite a la medicina hipocrática. 

Pero más que en la etiología médica, el interés de Tucídides se centra en la etiología política. Tras describir con precisión un hecho realizado o padecido por los hombres, Tucídides dedicaba penetrantes análisis a las consecuencias morales y políticas que se derivaban de él: 

«Ante la extrema violencia del mal, los hombres, sin saber lo que sería de ellos, se dieron al menosprecio tanto de lo divino como de lo humano.» (II 52 3) 
«También en otros aspectos la epidemia acarreó a la ciudad una mayor inmoralidad. La gente se atrevía más fácilmente a acciones con las que antes se complacía ocultamente.» (II 53 1) 

La epidemia se llevó consigo el respeto a las leyes, y también el decoro que exigían las costumbres. Si ricos y pobres morían por igual, ¿para qué acatar las leyes y esforzarse por conseguir algo si la fortuna puede arrebatarlo de golpe? Si los creyentes fallecían igual que los impíos, ¿por qué vivir sometido a preceptos divinos? La epidemia no solo acabó con la vida de más de un cuarto de la población de Atenas (unas 100.000 personas), sino que contribuyó a la desintegración de su unidad moral, social y política. 

4 

Según Tucídides, el que superaba la enfermedad ya no volvía a padecerla, o al menos ya no moría a causa de ella. Ese momentáneo triunfo originaba en algunos supervivientes la peligrosa vanidad del que cree que nada podrá acabar con él. Pero la emoción que predominaba era el miedo al contagio y a la muerte, multiplicado por el miedo que provocaba una guerra que había comenzado unos meses antes de la irrupción de la epidemia, y que duraría, en sus dos fases, más de 20 años. 

El monumental enfrentamiento entre la Liga de Delos, liderada por la democrática Atenas (la potencia política y económica dominante tras las Guerras Médicas) y la Liga del Peloponeso, dirigida por la oligárquica Esparta (que agrupó a los rivales temerosos del creciente poder ateniense), desembocó en la derrota de Atenas y en un cambio radical en el mundo griego. 

Tucídides finaliza su relato del primer año de la guerra con el discurso fúnebre de Pericles, en el que el gran estadista realiza el elogio definitivo de Atenas, de los ideales que regían su forma de vida, su cultura y su organización política. El relato del segundo año de la guerra comienza con la epidemia y su tremendo impacto moral, social y político en la ciudad. Tucídides contrapone esos dos hechos, el esplendor y la devastación de Atenas, para señalar que la epidemia y sus consecuencias están conectadas con el principal problema del momento: la guerra. Así, Tucídides subraya la dimensión política de una epidemia que marca el inicio del declive de Atenas, que finalizaría en el año 404 a. C. con su capitulación ante los peloponesios. 

Poco antes de morir a causa de la epidemia en el año 429 a. C., Pericles afirmó, en su último discurso a los atenienses, que 

«lo que es repentino e imprevisto y ocurre contrariamente a todo cálculo abate el coraje; y esto es lo que ha ocurrido entre nosotros sobre todo, encima de los otros males, con la epidemia». (II 61 3) 

La epidemia, en tanto elemento natural no humano, irrumpió con el carácter de lo imprevisible y reveló la esencial vulnerabilidad de la naturaleza humana. Y en los asuntos humanos, y esa era una de las convicciones de Tucídides, también hay algo inherentemente impredecible que nos puede llevar a destruir cualquier cosa que construyamos. 

5 

La conciencia de la crisis provocada por la devastación de la guerra y la epidemia impulsó la cultura panhelénica del siglo V a. C. Pero el final de la guerra condujo, ya en el primer tercio del siglo IV a. C., a una gran transformación geopolítica que disolvió el mundo de la polis entendida como sistema de participación ciudadana. Las continuas guerras fratricidas entre las debilitadas Atenas, Esparta, Tebas o Siracusa alejaron la posibilidad de una unión que les permitiera enfrentarse al enemigo común, Persia. 

Ese panhelenismo finalmente frustrado promovía una nueva forma de ver las relaciones entre las poleis: subrayaba la necesidad de dar un nuevo fundamento a los valores helénicos comunes erosionados por la guerra y la epidemia, llamaba a dejar de lado las particularidades, y resaltaba la necesidad de una solidaridad entre todos los habitantes de la Hélade. Quizá los griegos se olvidaron demasiado pronto de lo que la guerra y la epidemia pusieron de manifiesto: la inestabilidad de todas las sociedades y formas de gobierno, y la fragilidad e interdependencia de todos los seres humanos. 

NOTAS

1. Traducción de Carlos García Gual, recogida en su libro ‘El sabio camino hacia la felicidad. Diógenes de Enoanda y el gran mural epicúreo’ (Ariel, 2016).

2. Traducción de Juan José Torres Esbarranch (Gredos, 1990).

IMAGEN DE CABECERA

‘Athens, the Acropolis’, c.1832, por Joseph Mallord William Turner (1775-1851).

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