«Cuando muchos días de oscuridad y dudas son taladradas repentinamente por imágenes resplandecientes en rojo y oro, la felicidad que inunda tu mente es abrumadora».

Roald Dahl, “Volando solo”

Otoño de 1938. Roald Dahl, un joven galés que trabaja para la Shell Oil Company en Londres desde que finalizó sus estudios, es destinado a la oficina de Dar es Salam, capital de la actual Tanzania. La Segunda Guerra Mundial está a punto de estallar.

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Dar es Salam en la década de 1930

Con apenas 22 años de edad y tres de contrato por delante, Dahl abandona el hogar familiar y emprende viaje en barco al África oriental, iniciando así una nueva etapa vital que se presenta llena de incentivos: un continente por descubrir, independencia a todos los niveles y todo ello desde una posición privilegiada, como representante de una multinacional petrolera de enorme poder en el país, miembro de la Commonwealth británica.

Más allá del exotismo, el safari y el choque cultural (incidencias con serpientes y leones aparte), con cocinero y asistentes personales incluidos, la vida para un europeo en África es plácida y relajada, hasta que se declara la II Guerra Mundial y todos los planes se reducen de repente a un ejercicio de mera y no fácil supervivencia. ¿Qué hacer cuando todo se viene abajo?

Dahl, como todos los jóvenes británicos en Dar es Salam, se ve obligado a dejar su trabajo y se convierte, de la noche a la mañana, en oficial provisional del ejército. No puede entender lo que le está pasando: no ha cogido un arma en su vida y sin embargo tiene a 25 soldados nativos a su cargo, con el objetivo de detener a todos los alemanes civiles en el país.

Acata las órdenes y encaja los golpes de su nueva situación hasta que decide dar un paso al frente y participar de forma activa en la guerra, como piloto de aviación. Estamos ya en noviembre de 1939 y sólo han pasado unos meses desde su llegada cuando comunica su renuncia a la Shell, trasladándose a Nairobi para alistarse en la Real Fuerza Aérea Británica (RAF). Para llegar a la capital de Kenia, pasará dos días viajando por carretera, en su viejo y pequeño Ford Prefect. Las sensaciones de peligro y soledad se acentúan, pero las ganas de lanzarse a la aventura están tan o más vivas que al principio: «Cuando uno está completamente solo en un viaje largo y algo arriesgado como este, se acrecientan de modo enorme las sensaciones de placer o temor».

Que una estatura de 1,96 metros no era la más adecuada para pilotar una pequeña avioneta parece claro. Que la guerra iba más rápido que la formación de los pilotos y que las circunstancias no permitían hacer muchas distinciones, también. Como parte del Plan de Formación Aérea de la Commonwealth, Roald Dahl inicia su entrenamiento en el Tiger Moth junto con otros quince jóvenes, todos ellos procedentes de grandes empresas inglesas y sin ningún tipo de experiencia previa en la aviación militar. Sólo tres sobrevivirán.

Nairobi (Kenia), 1939: Roald Dahl, en el centro, posa junto a dos compañeros de la RAF, Lac Bellantyne y Fabian Willis.
Nairobi (Kenia), 1939: Roald Dahl, en el centro, posa junto a dos compañeros de la RAF, Lac Bellantyne y Fabian Willis.

Siete horas y cuarenta minutos de entrenamiento después, está “preparado” para volar solo. En su diario de vuelo va registrando los tiempos, los destinos y el propósito de sus vuelos. Es enviado a Egipto y más tarde a Irak para completar su formación, en medio del desierto. Por fin, en agosto de 1940 obtiene su título de oficial piloto de caza y está listo para unirse al frente de batalla: su historia está a punto de volver a cambiar.

Es su primera misión: Debe integrarse en la 80a escuadrilla de la fuerza aérea, en la frontera entre Egipto y Libia, para combatir contra el ejército italiano. Tras varias horas de vuelo y a pesar de seguir las coordenadas indicadas, no encuentra rastro alguno de la escuadrilla. La noche se cierne sobre el cielo y la gasolina se agota, obligándole a realizar un aterrizaje forzoso que acaba en un tremendo accidente en tierra de nadie: su caza Gloster Gladiator queda destruido y Dahl gravemente herido. A pesar del impacto y movido por un increíble instinto de supervivencia, consigue salir del avión antes de que el fuego le condene a una muerte segura. Horas después, una patrulla británica le rescata y queda ingresado en un hospital en Alejandría, donde inicia una dura y lenta recuperación.

Cinco meses después del accidente, es dado de alta y, contra todo pronóstico, considerado apto para seguir volando y reincorporarse a la 80a escuadrilla. Atenas es su próximo destino, pero todo el poderío de la RAF en Grecia se resume a una veintena de aviones frente a centenares de cazas y bombarderos boches, término con el que se referían peyorativamente a los alemanes. La situación es más desesperada que nunca y una vez más Roald Dahl parece destinado a una misión suicida. Gracias a los consejos de su compañero David Coke, conseguirá esquivar los ataques de los temibles JU 88 y asimilar su nueva realidad: «Lo más importante que debes tener en cuenta es que aquí dependes totalmente de ti. Nadie va ayudarte, ni siquiera el jefe».

Pasan los días y la actividad en el aeródromo de Eleusis se intensifica cada vez más. Dahl vuela solo, unas veces persiguiendo a los JU 88 que bombardean los barcos del Pireo, otras apoyando al ejército en su retirada de Grecia. El 20 de abril de 1940 los Hurricane ingleses, tan sólo una docena, salen por primera vez juntos, elevándose en formación hasta que un centenar de cazas alemanes irrumpen en el cielo comenzando algo que más tarde sería conocido como la batalla de Atenas, un auténtico infierno del que Dahl consigue escapar una vez más.

Eleusis (Grecia), 1940: Pilotos de la RAF descansando junto a uno de sus Hurricanes
Eleusis (Grecia), 1940: Pilotos de la RAF descansando junto a uno de sus Hurricanes

El último reducto de los ingleses en Grecia dejará tan sólo un puñado de supervivientes. Aunque significó sólo un pequeño episodio dentro de la II Guerra Mundial, su importancia fue clave en Oriente Medio, ya que sin las tropas y aviones perdidos el ejército aliado tardaría dos años en rehacerse, hasta obtener la victoria en la batalla de El Alamein y hacerse así con el control de Oriente Medio durante el resto de la guerra.

Lo poco que queda ya de la 80a escuadrilla participará en la campaña de Siria, protegiendo desde el aire a las tropas británicas y australianas frente a las de la Francia de Vichy. Semanas después, Roald Dahl coge de nuevo su coche y se dirige a Haifa, atravesando el desierto de Sinaí por una carretera estrecha, dura y sin rastro de vida humana en cientos de kilómetros: ningún pueblo, ninguna cabaña, ningún puesto.

Un pequeño campamento de refugiados judíos acogerá al piloto antes del último viaje, el de regreso a casa: Haifa-El Cairo-Suez-Durban-Ciudad del Cabo-Freetown-Liverpool-Londres. La madre de Dahl, que en todo este tiempo sólo ha recibido la esporádica correspondencia de su hijo y los inquietantes telegramas del Ministerio de la Guerra inglés, aguarda el reencuentro durante horas en la puerta: «¿qué es una hora, o incluso tres, cuando se llevan esperando tres años?».

En  ‘Volando solo’ (Going solo, 1986), el espía, piloto de guerra, estudioso del chocolate y escritor Roald Dahl dio testimonio sobre una de las etapas más fascinantes de su vida.

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